Drive My Car
Cine

Drive My Car

El arduo manejo de las emociones internas

Drive my car es el décimo largometraje del prolífico director japonés Ryūsuke Hamaguchi. Fue parte de la competencia oficial del pasado Festival de Cannes donde se llevó el FIPRESCI y el premio a mejor guion. Además de conseguir cuatro nominaciones en los premios Oscar donde solamente se adjudicó la estatuilla a mejor película extranjera.

Recientemente llegó a streaming por parte de Mubi, después de algunas proyecciones esporádicas de festivales o muestras en salas mexicanas. El film cuenta la historia del actor maduro Yūsuke Kafuku (Hidetoshi Nishijima) quien se traslada a Hiroshima dos años después de la muerte de su infiel esposa Oto (Reika Kirishima) para hacerse cargo de una adaptación multilingüe del Tío Vania de Chejov. El único requisito que tiene que cumplir es el aceptar un chofer personal que lo traslade de su hotel a los ensayos.

Uno de sus hábitos usuales es repasar los diálogos de la obra con un casete que contiene la voz de su esposa mientras conduce, por lo que no quiere aceptar la imposición. Sin embargo, luego de dar una vuelta con la conductora Misaki (Tōko Miura), acepta.

Poco a poco, chofer y pasajero se conocerán al grado de reconciliarse con sus traumas personales.

MURAKAMI COMO MATERIA PRIMA

El guion del propio Hamaguchi y de Takamasa Oe es una adaptación del relato homónimo de Haruki Murakami del libro Hombres sin mujeres. En esta versión, se toman la libertad de cambiar algunos aspectos del relato para conseguir, con apenas cincuenta páginas del material original, una cinta de casi tres horas de duración. Entre las diferencias se advierte un mayor desarrollo a Misaki, el motivo por el cual se le asigna un chofer al protagonista e incluso el color del coche. De esta manera se otorga nuevas dimensiones a las historias que se están contando y da nuevos enfoques que dotan de complejidad a la obra sin hacerla incomprensible, pero si más llena de emociones.

Entre los cambios de relato y película, se agrega un prólogo que ocupa los primeros cuarenta minutos para desarrollar más la historia de Kafuku y Oto. En este, se plantean los conflictos del protagonista, se establece el estilo y se dejan ver las principales temáticas de la obra. Para empezar, el matrimonio, aunque pareciera convencional, se dejasaber que no es del todo cierto; hace años perdieron a una hija afectándolos tanto a nivel emocional como profesional.

Aún así, los diálogos que intercambian son acerca de sus cotidianeidades, nunca sobre aquello oculto que los carcome. Cada quien lo lidia a su manera, uno actuando en obras donde cada personaje habla un idioma diferente, mientras que el otro puede estar escribiendo guiones exitosos, cuyo argumento surge al tener encuentros sexuales, o involucrarse en relaciones extramaritales con los actores que protagonizan esas historias. Esto último lo sabe Kafuku pero prefiere ocultarlo.

VALOR AL SILENCIO

Los espacios vacíos y los silencios abundan dentro de la cinta, y aunque los diálogos son una de sus mayores virtudes, esas ausencias son las que sostienen la mayor parte de la película. Durante una escena en un bar, Kafuku dice acerca de Chejov que “Cuando pronuncias sus líneas, sale tu verdadero tú”; y es que en los personajes del ruso al igual que los del japonés es más importante lo que no dicen que lo que si expresan. Aquí el director de la cinta encuentra su juego, usar los diálogos de la obra para representar los sentimientos que sus personajes no exteriorizan. En las obras de ambos autores las interacciones están sobrepuestas sobre el argumento de la historia. Los momentos climáticos de la película surgen de charlas entre dos personajes, que en muchas ocasiones, aislados por la cámara comienzan a narrar historias que esconden la naturaleza de quien lo cuenta.

Drive my car contiene esos elementos de Chejov debido a que cuenta con paralelismos con Tío Vania, principalmente en sus personajes. El más evidente es Kafuku con el Vania del título. Con él comparte una visión de decepción hacia la vida, además de ser el personaje que suele interpretar y sus líneas son las que practica diariamente dentro de su coche.

Incluso en la primera parte de la película se le ve sobre un escenario encarnando a Vania, la escena que representa lo supera y lo obliga a abandonar. También a Misaki la podemos unir a Sonia, por la naturaleza de la relación con Kafuku, quien ve en ella reflejada aquella hija que perdió. Otro personaje que se puede identificar es Takatsuki con Astrov, ultimo amante de Oto y ahora protagonista del montaje de Kafuku. Durante una audición lo encarna en una escena donde trata de seducir a la esposa insatisfecha de un hombre mayor, Kafuku exaltado decide cortar de manera tajante la escena.

El Saab 900 rojo que conduce el protagonista es especial. Un modelo actualmente complicado de encontrar y con un diseño especialmente atractivo que sirve de reflejo para la singularidad de quien lo conduce. Una extensión de sí mismo, donde ocurre reflexiones y meditaciones, un espacio de intimidad. Incluso las escenas dentro de él, aísla del exterior siendo el único sonido apreciable el suave zumbido del motor. Un lugar pequeño donde puedes mantener todo controlado a tu modo. Un contenedor donde pueden salir las emociones durante algunos momentos para luego volver al individuo.

TRASFONDO

El título Drive my car no es porque este presente la canción de los Beatles, sino porque el protagonista tiene que ceder el control a alguien más. Por eso es tan complicado para él soltar el volante de su almacén de dolor. Pero al cederlo también lo comparte y hace más llevadero todo lo que se guarda. Entablar el diálogo sobre ello para, en algún momento, quizás lejano, liberarse de él. El auto es el elemento no humano más importante dentro de la historia, debido a que es el reactor donde las emociones emergen y donde los personajes irán transformándose poco a poco. Los diálogos primero nulos y luego un poco más frecuentes entre Misaki Y Kafuku se manifiestan en la intimidad del coche, donde se relacionan los dolores que sienten.

Y no sólo sucede con Misaki, también con Takatsuki, quien revela al protagonista la última pieza de aquella historia que su esposa nunca término de contarle. Son momentos catárticos aunque no explosivos, donde la contención de los actores reafirma el punto central de la obra, el dolor almacenado y la incapacidad de soltarlo.

PUNTO DE COMPARACIÓN

La película ha sido comparada en varias ocasiones con Burning (Lee Chang Dong, 2018) no únicamente por tratarse de dos adaptaciones extensas de un relato corto de Murakami con una atmósfera similar a un sueño, sino en la manera en que el proceso creativo se va entretejiendo en la trama, y llegar al momento donde dos líneas narrativas se crean: la ficción creada o representada, y la real donde los personajes lidian con sus propios conflictos. Al final la primera es un reflejo mucho más interesante de la segunda.

Precisamente el proceso creativo es otra manera de expresar lo que no se dice, de exorcizar los demonios (obvio sin decir que es una terapia). Al igual, narrar historias ya sea en el asiento trasero de un auto, un bar, un escenario o en un orgasmo también se comparte parte del interior del autor o la autora, lugar en el que se guardan los traumas. La película transcurre de manera muy estable y tranquila al igual que la manera de conducir de Misaki.

Recuerda en momentos el cine de Yasujirō Ozu, donde suceden muchas cosas pero el poco movimiento del plano hace creer que no sucede nada. La estabilidad de la cámara hace que sea apenas perceptible las transformaciones en los personajes, emulando de cierta manera la realidad. Hay momentos de catarsis que se manejan con un plano fijo sobre los actores sin necesidad de cortes bruscos en el montaje de Azusa Yamazaki, o explosiones de sobreactuación para manipular al espectador. Las actuaciones de todos los intérpretes son calmadas. Sus rostros se mantienen sin perturbaciones, pero aun así dejan ver que sus personajes sufren. Abundan los primeros planos sostenidos, donde se les aísla de sus acompañantes para dar una sensación de soledad, también lograda en los planos generales donde el personaje ocupa solamente una pequeña porción del espacio vacío.

La fotografía de Hidetoshi Shinomiya es de colores fríos, que en momentos sutiles y sencillos logran captar una belleza increíble. Uno sucede en un bar donde dos hombres conversan sobre la misma mujer que ambos amaron y perdieron, una luz azul cubre sus rostros para representar la melancolía del momento, aunque en los diálogos se nota que tratan de ocultarla. Y quizá las imágenes que más queden en la memoria del espectador sobre la película son las luces artificiales del paisaje urbano que suplantan a las estrellas del cielo mientras los protagonistas transitan por las carreteras de Hiroshima.

El road movie es el género donde es más habitual ver el desarrollo de una historia dentro de un coche, pero el tratamiento muchas veces es el mismo. Drive my car no es un relato de un sólo viaje donde todo cambia al final (el engaño más grande de la ficción) si no que va y viene. Los altibajos emocionales es el comportamiento real del ser humano, y los cambios no son tan estrepitosos, pero aun así es suficiente para que las personas puedan seguir adelante al igual que un coche.

Tío Vania” termina en un monologo desperanzador sobre soportar el sufrimiento esperando que después de la muerte pueda mejorar. En la película ese monologo está presente en tres ocasiones, en la primera adopta el mismo significado que en la obra original, pero casi al final Hamaguchi la usa en dos ocasiones para hacer algo que ni Murakami ni Chejov hicieron, dar esperanzas a sus personajes. Y de esta manera también dárselas al espectador.

Le dice que a pesar de todo el dolor que estemos guardando “Hay que vivir”, y esto sólo es posible soltándolo. Drive my Car es una película que sin sobresaltos trata el tema del dolor contenido de las personas y sus maneras de liberarlo. A pesar de no ser del todo realista por su atmósfera ensoñada, su manera de abordar el tema es verosímil y hace que el espectador se involucre emocionalmente, sin necesidad de sentimentalismos.

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