Hércules en el desierto
Nuestro mundo

Hércules en el desierto

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Conformado por doce crónicas, Hércules en el desierto (NitroPress, 2021), de Carlos René Padilla, es un libro que puede ser leído en al menos dos niveles. Primero, como ejemplo de las formas en que un reportero creativo puede darle la vuelta a los lugares comunes del oficio, y segundo como un valioso testimonio sobre las dificultades de ejercer el periodismo a nivel de cancha en nuestro país.

Nacido en Agua Prieta, Sonora, en 1977, Carlos René fue reportero por muchos años. Ha dedicado la última década a construir una sólida carrera literaria: así ha obtenido el Premio del Libro Sonorense en cuatro diferentes géneros: ensayo, crónica, cuento y novela. En 2016 fue reconocido con el prestigioso Premio Nacional de Novela Negra “Una vuelta de tuerca” por su libro Yo soy el araña. También es autor de las novelas Un día de estos, Fabiola y Amorcito Corazón, además de los volúmenes No toda la sangre es roja y Los crímenes de Juan Justino y Rodrigo Cobra.

Hércules en el desierto dialoga con ciertos pasajes de la mitología griega: cuenta la leyenda que Hércules debió desarrollar un conjunto de doce tareas, cada una más compleja que la anterior, al servicio del rey Euristeo. Carlos René asocia el objetivo de cada uno de esos trabajos con alguna de sus crónicas. Así, por ejemplo, cuando se propone acompañar en su labor a los trabajadores que recogen la basura en el municipio, vincula ese trabajo con el reto en donde Hércules debe limpiar en un solo día los establos del rey Augías, que no habían sido aseados antes. A lo largo del libro Carlos René investiga en una docena de ámbitos inusuales: lo mismo se disfraza de agente de tránsito, que se hace pasar por un adicto para indagar cómo se vive al interior de un centro de rehabilitación, e incluso se asoma a los laberintos de la prostitución masculina para exhibir los vacíos legales y la doble moral que suelen rodear al fenómeno.

Como adelanté, Hércules en el desierto puede ser leído también como un testimonio sobre las dificultades de ejercer el periodismo en nuestro país. Sin almidón, y con mucho sarcasmo, Padilla nos planta frente a crudas realidades del oficio. Como ejemplo, un botón: no es secreto que con frecuencia a quienes trabajan en una sala de redacción se les exige una determinada cuota de notas diarias, lo que va en detrimento de la calidad informativa. Dicho de otra forma, se obliga a reporteros y editores a trabajar a destajo. Ante la pregunta, muchas veces planteada en salas de redacción y aulas universitarias, de qué tan factible es que medios periodísticos de los estados apuesten por crear equipos de investigaciones especiales, Padilla responde con su propia experiencia: cuando el reportero sugiere a su jefe armar una serie de reportajes trabajados a profundidad, el jefe accede de mala gana; puede escribir todas las crónicas y reportajes que desee, con la condición de que siga cumpliendo, además, con su cuota diaria de notas. Si como parte de la investigación necesita tomarse libre algún día puede hacerlo… a cuenta de vacaciones. De estas líneas se desprende que en muchos diarios y revistas del país los reportajes y las crónicas de inmersión son vistos como trabajos demasiado elaborados que vuelven a los reporteros “menos productivos”.

El periodismo es un oficio que muchos sueñan con ejercer alguna vez, romantizado por películas que nos venden en Hollywood, pero que al momento de empezar a patear las calles bajo un clima inclemente (…) no todos soportan”, observa el autor antes de desgranar, en tono desenfadado, una serie de útiles consejos para moverse con fortuna en un entorno laboral que puede ser poco amigable.

Por su voltaje literario y por la manera en que retrata el periodismo a ras de suelo como oficio, como literatura y como industria, este libro merece estar en todas las bibliotecas, y sobre todo en los programas de estudio de todas aquellas facultades en donde se cursen carreras como periodismo, comunicación y afines.

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