A las orillas del ring me paré y luché
Nuestro mundo

A las orillas del ring me paré y luché

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¿Por qué se lucha? ¿Para qué? Hay muchas razones. El luchador sabe las más obvias. Nunca he pensado esas preguntas que me hacen a diario. Porque no pienso, ¿sabes? Yo lucho. No me pongo a darle vuelta a las entrevistas. Para derribar a un oponente necesito de mis brazos y piernas. Nada más. La cabeza es para dar cabezazos. No para pensar. Si piensas demasiado te parten la madre. ¿Agarras la onda? Porque luchar sobre el cuadrilátero es una manera de estar en el mundo. Pero yo qué sé. Hablemos de la vida. De los verdaderos chingadazos. Lucho para ganar dinero. Lucho porque me atrae la fama. Lucho porque no quiero ser burócrata ni profesor ni taquero. Lucho porque yo aprendo como los albañiles. En la obra. Lucho para enamorar a las fanáticas.

La lucha satisface necesidades que tienen que ver con uno. ¿Agarras la onda? En el ring uno se revuelca con sus contrincantes como en la vida. ¿Por qué lucha? ¿Por qué lucha alguien que también es delincuente, incluso sin saber si va a ser lastimado? ¿Hay razones distintas de las que encontraría cualquiera que se dedique a la lucha?

La arena siempre ha sido un lugar de rivalidad, de confrontación, donde quedan de frente dos enemigos. El ring es para castigar al oponente. Cuando estuve en la cárcel pelear estaba prohibido, pero era la única manera de sobrevivir. Quien lucha en esas condiciones de hacinamiento con presos enfermos y desesperados lo hace por puro instinto de supervivencia. ¿Agarras la onda? A los guardias les daba rabia que un preso luchara. Luchar es defenderse. La primera pelea que me aventé en el reclusorio fue contra una bolsa. Un guardia la utilizó para asfixiarme.

Mi deseo es que mi nombre sirva a los músicos. Quisiera que me escribieran un corrido. Quien lucha también se crea un personaje propio, lejos de uno mismo, alguien a quien los demás no pueden lastimar. La personalidad que se elige es la identidad de quien carece de ella. El luchador actúa a su gusto, decide su carácter y es protagonista de su propia historia.

Cuando estuve preso asistía a un grupo de lectores. Eso me salvó del enfado y la desesperación. Leer sobre otras vidas, apropiarme de ellas como si fueran de verdad. Algunos escapaban de la realidad hasta con plumones aquacolor, yendo a las barras del patio o en algún taller para mantener la mente ocupada. Yo leía en el grupo de “La Ley”. Se autodenominaba así porque él dictaba las reglas del círculo de lectura. Y sus reglas eran simples. Leer hasta que sonara la campana. Como en la arena, ¿agarras la onda?

Nadie es ley para sí mismo, eso decía Pancracio cuando le preguntabas por su apodo. Cada quien es culpable de sus pendejadas. Y no es fácil vivir con la sensación de haberla cagado, aunque se admita el error, se busca una manera de evadirlo. En mi caso, la evasión siempre fue a través de la lucha y la lectura. Curiosamente, los luchadores que he conocido durante mi carrera jamás hablaron de su situación, se esforzaron en esconder lo que padecían. No ha habido luchadores que tengan un corrido. Y si existe alguno es totalmente desconocido. No sé muy bien por qué he contado todo esto. Dudo que sirva de algo. Allá afuera están los espectadores, como en la arena. Los chingadazos emocionan, pero recibirlos es duro, y es probable que pocos aguanten más de uno. Y sin embargo casi todos recibimos golpes sin darnos cuenta. La lucha suele ser, más que una confrontación, una forma de ser respetado.

Luchar, batallar contra la propia vida, revolcarla, darle de raquetazos en el pecho como a un contrincante. Algunos eligen convertirse en rudos y otros en técnicos. Yo traté de ir más allá. Si quería mi propio corrido era necesario hacerme un personaje de leyenda. Así nació mi personaje. De aquél grupo de lectura que me subió al ring en el reclusorio. En honor al profe Pancracio me puse “La Ley”. Lo de “Exótica” vino después. Un luchador exótico vende más que uno técnico. Si hubiera escrito un libro con ese título habría sido best seller. Pero yo no quise convertirme en escritor. Mis lecturas superaban a mis delitos y el tiempo que pasé encerrado me convertiría en luchador. Aunque sea uno mediocre. Pero mi nombre trascenderá el encierro. Como será también un éxito mi corrido interpretado por Natanael Cano, La ley exótica. ¿Agarras la onda?

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