Alberto Chimal: la literatura de la imaginación fantástica
Entrevista

Alberto Chimal: la literatura de la imaginación fantástica

Durante diez años, el secretario del Viajero del Tiempo redactó las aventuras de su personaje por medio de Twitter. El resultado: una novela por entregas cibernéticas, o mejor dicho, fantásticamente imaginadas. Así como el héroe de la historia, un holográmico Alberto Chimal comunica desde su estudio la divertida odisea de su proceso creativo. Sin importar los problemas de la conexión, el autor comparte la dicha de ficcionarse a sí mismo para interactuar con su jefe, el Viajero del Tiempo. Un recurso dialógico al que bautizó como autofantasía o autoimaginación, muy propio de su sello personal de experimentación literaria.

Alberto Chimal es un escritor que se ha dedicado principalmente a la novela, el cuento y la narrativa experimental. Es profesor de Literatura Comparada en la UNAM y asiduo a la divulgación literaria. Uno de sus principales intereses es la corriente imaginación fantástica, es decir, una forma diferente de escribir ficción desde la mirada latinoamericana. Entre los premios que ha merecido se encuentra el Bellas Artes de Cuento San Luís Potosí con Éstos son los días (2004); Bellas Artes de Narrativa Colima por Manda Fuego (2013) y el Premio Fundación Cuatrogato por su libro de literatura infantil La distante (2016). Sus textos han sido traducidos a diversos idiomas, entre ellos mixe, zapoteco, mixteco y esperanto. La saga del Viajero del Tiempo es una obra publicada en el 2020 por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se relata en microficciones una reinvención del personaje del Viajero del Tiempo de la novela de H.G. Wells La máquina del tiempo.

¿Cómo es que surge la idea de crear minificción por medio de una red social, específicamente por Twitter?

Salió de manera muy natural. Cuando empezó a usarse aquella red social, se volvió popular justamente porque su principal característica era la brevedad de los mensajes. En aquel tiempo eran 140 caracteres, después lo subieron a 280. Lo primero que llamó la atención de mucha gente era justo eso, la brevedad. A muchas personas, te estoy hablando del año 2010, les interesó de pronto jugar con esta idea de escribir textos un poco de la manera de lo que conlleva la minificción, el microrelato. Se prestaba muy naturalmente de pasarlo de un medio al otro. Creo que también fue un tiempo bueno para hacerlo porque estaba apenas empezando a ponerse de moda la herramienta, no había muchas expectativas de cuál era el contenido que podía traer. Ahora se han solidificado ciertas costumbres en las redes y la gente espera ver cierto tipo de cosas. En Twitter, mucha gente entra esperando ver una pelea o un chisme de alguna celebridad, pero entonces no era así. Había más apertura para más cosas diferentes y, entre eso, se fue colando la experimentación. Tuvo varias formas. Había gente que hacía minicuentos, que hacía textos más largos en etapas. Había gente que hacía otras cosas. Cosas que incluso (eso me gustaba mucho) no tienen un precursor en la letra impresa, que no tenían nombre. Ese par de años fue muy bueno para la experimentación. Todavía se puede hacer, pero ya las expectativas son otras. Es un ambiente diferente ahora.

Imagen: El Sótano

El Viajero del Tiempo es un constante dinamismo entre el personaje, los espacios y la temporalidad de los relatos, ¿por qué elige jugar con estos elementos?

Esta serie de El Viajero del Tiempo empezó en algún momento que estaba queriendo experimentar con la minificción. Originalmente no tenía la intención de hacer una serie. El primero que se me ocurrió era como una especie de chiste. Incluso está en el libro, dice : “el Viajero del Tiempo regresó a asesinar a H. G. Wells y a partir de eso pudo vivir feliz”, con la implicación de que ya nadie iba a estar dando sus chismes. Ese fue el primero. La imagen que mostraba el Viajero del Tiempo era muy agresiva. No acabó siendo el carácter que fue agarrando mi versión del personaje, fue lo primero que salió. Pero precisamente ese carácter que tiene mi propia versión (pensando en aquel personaje clásico de La máquina del tiempo), se fue desarrollando después de ese primer minicuento. No sabría cómo explicarlo mejor, algo hizo click en mi proceso mental. Se me empezaron a ocurrir historias de otros personajes, se me iban ocurriendo más historias del Viajero del Tiempo. No tengo mejor manera de explicarlo. Se abrió una puerta y empezaron a salir más de estas historias. Eso fue lo que pasó. A medida que iba escribiendo más, se fue asentando esa otra personalidad. A mí me gusta mucho esa novela, la de La máquina del tiempo, la leí de adolescente. Se me hizo fácil empezar a jugar con esas variaciones de qué podría hacer el Viajero del Tiempo. Mucha de la minificción que a mí me gusta se presta a ese tipo de cosas: variaciones sobre un mismo tema y descripciones de sucesos sorpresivos a partir de muy pocas palabras. Es algo que me gusta mucho, entonces era una oportunidad para hacerlo con este personaje. A medida que se fue desarrollando el proyecto, cuando vi que era una cantidad apreciable de texto, también fui viendo que este personaje se volvía una versión distinta del de la novela. Como en un plan más de estar viajando siempre por todas partes hacia donde quiera, de tratar de encontrarse con aquello que le sorprende y también de reflexionar acerca de lo que se encuentra. Un modo más contemplativo, más cínico en ocasiones. No tiene las mismas motivaciones que el original. Así se fue dando.

¿Considera que el espacio literario de cada una de sus microficciones se vio influenciado por ese otro espacio onírico, es decir, Twitter?

Me gusta mucho como lo dijiste, esto del espacio onírico. Me parece que está muy bien dicho y que tienes toda la razón. Creo que algo de la experiencia de lectura en redes es que estamos en un estado mental muy particular, muy distinto de aquel que tenemos a la hora de leer un libro. Estamos distraídos o desconcentrados. Siempre esperando a que llegue algún otro estímulo. De pronto la gente está haciendo una cosa en una aplicación en su teléfono o en su computadora y se pasa a otra. Es un impulso muy raro. Es todo lo contrario a la lectura en libro, que la tiene más concentrada, más cerrada a sobre sí misma. En ese estado mental tan raro de pronto se aparece algo completo, como una historia, una foto o algo por el estilo. Se puede participar de esa especie de ensoñación en la que uno se encuentra. Es una cualidad, pues se puede ver cuando la gente ve una foto en Instagram, un video o meme. Hay un efecto más inmediato en razón de la brevedad de concentración. Las historias escritas pueden valerse de eso. No frases inspiradoras, temas agresivos o de otro tipo, sino realmente narraciones. Todavía tienen espacio en ese estado mental. Es lo que sucede con esto de lo que hacemos en línea.

Imagen: Domestika

En el libro se menciona que el Viajero del Tiempo se reúne con el ‘andrógino’ antes de que éste se convierta en Adán y Eva. Hay una relación, como un ‘extraño Aleph’, donde todo se reúne dentro de él. A su personaje principal, ¿lo considera como un reflejo de esa alegoría?

A lo mejor sí. Hay una imagen que yo me encontré en El Incal de Alejandro Jodorowsky. En la novela, a uno de los personajes se le llama el Testigo Eterno y lo describe como la gota que jamás se fundirá con el océano, un ser que siempre está separado, observando una totalidad enorme a la que podría pertenecer y que no pertenece. El Viajero del Tiempo a lo mejor es así, esa especie de testigo eterno, observándolo todo pero siempre desde cierta distancia, sabiendo que podía participar en esa vida delante de él. Para un personaje como él, es todo; como el Aleph, el punto donde todo se junta, un fractal. Siempre vas a encontrar más por descubrir a otra escala, los mismos patrones, las curvas, la complejidad.

Usted habla de una imaginación fantástica, ¿considera que su libro es un reflejo de esa postura?

Yo creo que sí. Justamente en los años en que estaba empezando a hablar de la imaginación fantástica, era cuando estaba escribiendo este libro. Creo que los nombres que le ponemos a los temas que nos gustan, los géneros como le llaman, son una etiqueta que llega por casualidad e interesa a algunas personas. Pero son cosas que van y vienen. Se transforman, se olvidan en ocasiones. Y mucho de lo que ahora se llama o se ha llamado durante años la literatura fantástica es eso. Son etiquetas que cualquier día pueden desaparecer. La historia es muy complicada y arbitraria. Muchas de las etiquetas o de las perspectivas que no vienen del mundo de habla inglesa piensan que son, por alguna razón, inferiores o indignas o cualquier cosa por el estilo. Empezar a hablar de algo llamado imaginación fantástica, o literatura de imaginación fantástica, es tratar de hacerse un espacio para dar aquello que en otra época era un prejuicio. Yo pinto mi casa de rojo y entonces alguien llega y dice “ah mira, me gusta el rojo”, y le contesto, “eso no es rojo, eso es colorado”. Ah, entonces está bien. El nombre que le ponemos a las cosas afecta cómo las percibimos. Si de pronto un nombre ya está manchado por una mala reputación, a lo mejor bastaba con cambiarle el nombre. Primero dio la impresión de que no iba a funcionar. Años después me encuentro con que hay bastantes personas que utilizan el término, al menos para referirse a cierta literatura mexicana. La verdad es que funciona para diferenciar o darle más espacio a cierta cantidad de libros y de gente que está escribiendo. En esta época se han puesto de moda ciertos tipos de escritura que antes no estaban. Está de moda ahora la literatura de horror o cierto tipo de ciencia ficción, como apocalíptica. Pero eso no estaba antes. No podemos confiar que de pronto las tendencias estén a nuestro favor o que de casualidad haya una a la cual subirse. Mucha gente se ha estado buscando espacios para escribir de otras maneras, la gente de mi generación, antes de que yo naciera incluso. Las carreras de autores como Francisco Tario, Amparo Dávila, hasta cierto punto la de Elena Garro, estuvieron un poco entorpecidas por diversas razones. Entre ellas, porque no se entendía lo que estaban haciendo o porque los nombres que había para describirlo estaban cargados de un significado prejuicioso. Esa es la motivación que yo tenía. Y ahora, me da mucho gusto, por ejemplo, que doña Amparo, que se murió el año pasado desgraciadamente, murió por lo menos sabiendo que mucha gente la leía y la estaba leyendo.

Imagen: Cortesía de Alberto Chimal

Siguiendo con esa línea de la ficción, así como el Biagero del Tienpo tiene de ceqretario a Halvrto Xymall, ¿qué implica que usted sea el secretario del Viajero del Tiempo?

Es muy divertido imaginarme en esa situación. Quiere decir que tengo por lo menos asiento ahí de segunda fila para ver un montón de cosas. Desde pequeñito cuando empezaban a leerme cuentos, o bueno, que empecé a leerlos, mucha de la fascinación era imaginarme en esas situaciones, sentir que podía participar en esas experiencias. Es parte de lo mismo. Hay algo de gozo, de gusto, que no creo que tenga nada de malo; puede tenerlo tanto quien escribe como quien lee. Escribimos las cosas que nos gustaría leer, mucha gente lo hace.

¿Cómo llamaría a este diálogo entre el usted ficcionalizado y su personaje, el Viajero del Tiempo?

No sé. Si no se usara para otra cosa yo le diría autoficción, pero ese nombre se usa para hablar de obras autobiográficas donde no hay invención. A lo mejor le pondría autofantasía o autoimaginación.

Por último, ¿cómo visualiza el panorama futuro de lo fantástico o de la imaginación fantástica? ¿La visualiza con una gran influencia de las redes sociales donde pueda salir más literatura de ella o que éstas influyan dentro de la creación literaria?

Las dos cosas, es decir, la influencia en un sentido y la influencia en el otro. La literatura influye en las redes aunque sea mínimamente de rebote y, por supuesto, las redes influyen en la literatura. No nada más la extensión de los textos o en los temas que se platican, sino en ciertas actitudes que vamos desarrollando para comunicarnos, que vamos asumiendo a partir de cómo interactuamos con el software, con los algoritmos. Las formas en las cuales están programadas modifican también nuestra forma de pensar, de actuar. Ve ahora todo lo que estamos haciendo para tratar de establecer contacto, sobreponiéndonos a las dificultades que nos pone delante un sistema de comunicación. Otro ejemplo, de pronto vez a una niña o a un chico en la calle que está haciendo sus movimientos y son porque, de alguna manera, el algoritmo de su red social le dicta que tiene que hacer los portes, tiene que hacer su propio video para que otras personas lo vean y obtengan la satisfacción de un Me gusta o de un comentario.

Nuestro comportamiento está influido por esta tecnología. Se pueden decir muchas cosas, no necesariamente está pensada con las mejores intenciones y que está perfeccionada. Hay ciertos fallos de la tecnología o imprevistos que influyen en nuestro comportamiento. Todo eso está ahí presente en esta época tan rara que estamos viviendo. Y todo esto tiene que entrar también en la escritura porque finalmente parte de lo que nos toca hacer es hablar del presente y hablar de cómo existimos en el momento presente, porque nadie más puede hacerlo.

Imagen: Cortesía de Alberto Chimal

La verdad es que poder hablar de un libro como este, como lo he hecho ya en varias ocasiones en estos meses, es algo que no esperaba hacer hace pocos años. La apertura que se ha dado actualmente a la literatura de imaginación fantástica, al menos entre algunas personas, me alegra en lo personal y me da un poco de esperanza respecto de lo que muchas personas que escriben hoy pueden ofrecer a sus lectores. El poeta David Huerta, que fue mi maestro y es una persona a la que quiero mucho, escribió en un artículo que mi generación podía acabar siendo una “generación de sacrificio”: autores y autoras que, por escribir de temas y usando técnicas que eran menospreciados o considerados indignos, no lograrían desarrollar plenamente su carrera, aunque pudieran abrir camino a otros. Él lo decía temiendo por nosotros. Y mucho tiempo (sobre todo en los momentos de mayor frustración) he pensado que el augurio iba a cumplirse del peor modo posible, pues he visto las carreras de autores de generaciones anteriores a la mía desgastarse y hacerse pedazos contra los prejuicios imperantes.

Pero a la vuelta de los años tengo que reconocer que hemos avanzado un poco. Aquellas personas también nos abrieron camino a quienes vinimos después. Hace medio siglo hubiera sido impensable que una obra de ciencia ficción (que es como hubieran llamado a La saga del Viajero del Tiempo) se hubiera publicado en la UNAM y hubiera recibido la atención que está recibiendo. Las cosas serán incluso mejores para autoras y autores más jóvenes que yo, y espero que esa tendencia pueda continuar.

Comentarios