Dos novelas condenadas
Nuestro mundo

Dos novelas condenadas

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Como un padre que rechazara a su hijo, en junio de 1950 José Revueltas anunció que su novela Los días terrenales sería retirada de las librerías y se dijo avergonzado de ella. Durante meses había sufrido la presión de la crítica dogmática que veía en el realismo socialista la única solución a los problemas de la estética, y que consideraba reaccionaria o pesimista cualquier otra corriente artística. El autor duranguense recibió tal lluvia de insultos y acusaciones que optó por retirar la novela de las librerías e incluso suspendió la temporada de su pieza teatral El cuadrante de la soledad, que estaba por cumplir cien representaciones. Durante el Congreso de Escritores Latinoamericanos celebrado ese año, Pablo Neruda había declarado: “acabo de leer un libro de José Revueltas. No quiero decir cómo se llama. Para algunos de los que aquí están este apellido Revueltas puede no tener significación. Para mí la tiene y muy grande. Es el nombre de una dinastía del pensamiento latinoamericano, el nombre de una familia del pueblo que ha traducido a un alto lenguaje en la pintura, en la literatura y en la música las victoriosas luchas de su noble pueblo. Y hoy este nombre me trae en las páginas de mi antiguo hermano en comunes ideales y combates, la más dolorosa decepción. Las páginas de su libro no son suyas. Por las venas de aquel noble José Revueltas que conocí circula una sangre que no conozco. En ella se estanca el veneno de una época pasada con un misticismo destructor que conduce a la nada y a la muerte”.

En esta polémica novela, Revueltas retrata a una célula de comunistas con posiciones encontradas. El que más me sacudió es el capítulo seis, que gira en torno a la disyuntiva de amar o no a los hijos. Por un lado está Fidel, un fanático que sostiene que quienes ingresan en las filas del comunismo deben vivir únicamente para la causa, no tienen derecho a una vida íntima, personal y privada. Más todavía, el tipo predice la disolución de la familia como célula de la sociedad. Recuerda haber leído un pasaje donde una joven soviética razona que “si en el comunismo la familia está destinada a desaparecer, también desaparecerá, sin duda, el amor a los hijos”. Convencido de que el amor a los hijos es un sentimiento burgués, Fidel no se conmueve ni ante el cadáver de su propia hija, la pequeña Bandera, que yace muerta en su cuna porque no hay dinero para comprarle un ataúd.

Tampoco fue sencillo leer a José Revueltas en 1964, cuando la crítica tildaba a su novela Los errores de ser “inobjetablemente monstruosa, bárbara y sangrienta”. El suyo no es, entonces, el caso del escritor que se instala en la memoria colectiva a fuerza de homenajes oficiales, sino el de una obra cuyas raíces se abren paso aun en la sequía. En septiembre de 1966, Carmen Rosenzweig publica en El rehilete una entrevista con José que comienza con estas palabras: “Uno de los escritores más importantes de México e inexplicablemente mal conocido es José Revueltas”. En ese momento, con casi treinta años de carrera literaria y tras haber publicado seis novelas, sus libros circulan poco y son difíciles de conseguir. De hecho, en el prólogo a La palabra sagrada, José Agustín cuenta cómo en la década de los sesenta el autor de Dormir en tierra “se hallaba muy mal cotizado en la bolsa de valores literarios y era vilmente subestimado, si no es que francamente vetado, por el establishment cultural de la época”. Al respecto, en la nota introductoria a Los albañiles: un guión rechazado, Vicente Leñero recuerda que, en 1966, él mismo era un lector apasionado de las novelas de don Pepe y que se “sentía enojado por la tibieza, incluso por la hostilidad con que la crítica mexicana, más atenta como siempre a los vaivenes de la política cultural imperante que a las expresiones literarias, había tratado en 1964 a Los errores, su gran novela”.

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