La tercera ola
Opinión

La tercera ola

Jaque Mate

A mediados de julio nadie portaba ya mascarillas sanitarias en Los Ángeles. La amplia vacunación en todo Estados Unidos había generado una sensación de seguridad en muchos estadounidenses, que daban por terminada la pandemia de COVID-19. Curiosamente, en San Francisco la situación era distinta: los cubrebocas se mantenían ubicuos, la gente seguía sintiendo temor al contagio.

El 15 de julio, sin embargo, después de que se registraron mil casos nuevos en cinco días consecutivos, las autoridades de salud del condado de Los Ángeles anunciaron que se haría nuevamente obligatorio el uso de mascarillas en lugares cerrados.

Los Ángeles no es el único lugar que ha experimentado un incremento de casos. Hay una tercera ola de la pandemia en todo el mundo. México no queda exento. Hemos visto un alza importante en el número de casos en nuestro país. Quizá los fallecimientos no han alcanzado los niveles dramáticos de hace meses, pero la tercera ola está dejando huellas profundas.

Varios factores han coincidido para promoverla. Uno es, simplemente, el vigor de este SARS-CoV-2 y su capacidad de reproducción. Muchos científicos advirtieron cuando primero se identificó que se trataba de un microorganismo muy peligroso, pero el mundo no se sintió en riesgo en un principio. Presidentes como Jair Bolsonaro de Brasil o Donald Trump de Estados Unidos descalificaron la enfermedad como una “gripita” y afirmaron que no sería más dañina que la influenza. Cuando en México se estableció la Jornada Nacional de Sana Distancia, en marzo de 2020, se programó para sólo cuatro semanas. Sin embargo, todos los pronósticos optimistas se vieron rebasados. Para mediados de julio más de 4 millones de personas en el mundo habían fallecido por COVID-19.

En varios momentos pareció que la pandemia había sido derrotada, pero vino una segunda ola y después una tercera. Si bien se han aplicado miles de millones de dosis de vacunas, los contagios han seguido creciendo, particularmente en los países pobres donde las vacunas no están llegando. El coronavirus, por otra parte, ha mutado con rapidez y ha generado variantes cada vez más contagiosas. Las tasas de mortalidad han bajado, especialmente en los países desarrollados, que son los que más vacunación han tenido, pero se han mantenido muy altas en otros lugares. Perú y México han sido los dos países con mayor tasa de mortalidad frente a infecciones, aunque esto se debe en parte al hecho de que son dos de los que han hecho menos pruebas. Las tasas de contagio han seguido creciendo en todo el mundo.

Los especialistas nos han dicho que esta pandemia puede durar por lo menos un par de años. La gripe española de 1918-1919 se mantuvo precisamente ese tiempo. Algunas pandemias, sin embargo, se han extendido más, incluso décadas. Eso ocurrió, por ejemplo, con los episodios de peste bubónica. La pandemia de Sida ha durado más de cuarenta años y, si bien se han encontrado formas de tratamiento para evitar la muerte, sigue afectando a millones y aún no tiene cura.

El COVID-19 puede permanecer con nosotros todavía mucho tiempo. A un año y medio de que se identificó, su fuerza es sorprendente. El rápido desarrollo de vacunas ha sido un triunfo importante contra la enfermedad, pero, cuidado, cada vez son más los casos de personas que se han contagiado pese a estar vacunadas o de haber sufrido el mal con anterioridad. La tercera ola nos demuestra que este COVID-19 no se presta a soluciones fáciles.

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