¿Ha muerto la novela?
Nuestro mundo

¿Ha muerto la novela?

Nuestro Mundo

Hablar de la muerte de la novela no es extraño. Los tiempos cambian, y con ellos cambian también las formas que los humanos tenemos de expresarnos. Por ejemplo: uno de los efectos de la Revolución Industrial fue la capacidad de lograr una mayor difusión de los mensajes: con los grandes tirajes de libros, diarios y revistas, cambió la dinámica de la comunicación escrita. Al cambiar nuestra forma de explicar el mundo, se hizo necesario modificar las maneras de relatarnos a nosotros mismos. A comienzos del siglo XX, la revolución en las ciencias de la naturaleza fue seguida por una revolución en la novela. Tampoco es coincidencia que casi paralelamente a los progresos que hizo William James en la Psicología introduciendo conceptos como el de corriente de la conciencia, surgieran escritores como Dorothy Richardson, Virginia Woolf y James Joyce que buscaban retratar estos procesos en la literatura. Con ello quedó al descubierto para la novela una nueva región de la vida humana. Las obras surgidas parecían decir “la mente es demasiado compleja e intrincada para ser vaciada en los moldes convencionales”.

Sin embargo, pronto se volvió a hablar de crisis en la novela. Hacia 1956, los herederos de autores como Kafka y Joyce se rebelaron y surgió el noveau roman: los creadores acudieron a la forma de la novela policíaca con intenciones de renovación formal, de rebelión contra nociones que consideraban no aptas para expresar su versión de la realidad y sobre todo para cuestionar la novela como tal. Escritores como Nathalie Sarraute y Alain Robbe-Grillet buscaban una novela sin verdades absolutas. Si el mundo era complejo y contradictorio, como tal debía aparecer en la literatura.

Si bien desde el siglo XIX Flaubert descubrió la organización temporal como un instrumento efectivo de la estrategia narrativa, en la noveau roman ésta adquirió mayor peso como instrumento para la manipulación de la recepción. La estructura temporal de los relatos se convirtió en un elemento clave. El novelista no podía disponer de una interpretación cabal de la realidad. Su trabajo era, antes bien, una búsqueda, pero una búsqueda en progreso. Para retratar esta nueva concepción del mundo, la técnica y la forma cobraron una importancia mayor.

A partir de ese momento, se volvió fundamental la participación de los lectores, como si las novelas fuesen una suerte de adivinanzas, en una etapa a la que el teórico español José María Castellet le llamó “la hora del lector”. Casi paralelamente al noveau roman surgió en Latinoamérica la nueva novela. Formaron parte de esta escuela autores como Mario Vargas Llosa (La casa verde, La ciudad y los perros), Gabriel García Márquez (Cien años de soledad, El Otoño del Patriarca) y Julio Cortázar (Rayuela, 62. Modelo para armar). Otro de los rasgos de esa nueva novela latinoamericana era que sus historias estaban habitadas por antihéroes en lugar de héroes tradicionales: los personajes se caracterizan por su pérdida de identidad, por su alienación, por la fragilidad de su carácter. El desmoronamiento o fragmentación de los personajes y del medio ambiente se inscribe en una narración y en una acción altamente inestable.

Para contar estas historias, los autores de la nueva novela utilizaron una gran variedad de formas narrativas muy desarrolladas, que van desde el uso de narradores omniscientes hasta el empleo de las técnicas de la corriente de la conciencia que mencioné antes. Hay también un marcado uso del lenguaje coloquial y se retratan las formas de habla regional. Igual que en el noveau roman, las estructuras temporales encuentran en la nueva novela formas cada vez más complejas y se intenta hacer representable la realidad en su forma más amplia. Se busca interpretar y transformar la realidad por medio de la palabra.

En las décadas recientes, la experimentación formal ha cedido el paso a relatos con formas más sencillas y más diáfanas, con un auge inusitado en el subgénero llamado autoficción. ¿Ha muerto la novela? Yo diría que no. Únicamente cambian las formas de novelar.

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