Un presidente comunicador
Opinión

Un presidente comunicador

Jaque Mate

En su último informe de gobierno, el décimo, el presidente Andrés Manuel López Obrador dio a conocer una encuesta telefónica, aplicada por su propio gobierno, que muestra que el 87.4 por ciento de la población mexicana está de acuerdo con el cambio que representa su gobierno y que le da a él una aprobación de 6.9 sobre una máxima calificación de 10.

Los logros están a la vista –declaró--. A pesar de la pandemia y del sufrimiento que acarreó, la gente no ha perdido la fe en un mejor porvenir. Existen libertades plenas y poco a poco vamos pacificando al país, sin violar derechos humanos y sin reprimir al pueblo. Me alegra que así lo entienda la mayoría de los mexicanos”.

Sorprende, en efecto, la aprobación popular que registra el presidente López Obrador a pesar de la pandemia, de la crisis económica, del aumento de la pobreza, de las acciones contra la inversión productiva que han causado pérdida de empleos y de la violencia que sigue agobiando al país. Por mucho menos, otros mandatarios vieron desplomarse su popularidad. Enrique Peña Nieto, por ejemplo, registró una caída en su respaldo de 50 por ciento en su segundo año de gobierno a 24 por ciento al final.

La política de entregar dinero directamente a las familias ayuda, por supuesto, a sustentar esta popularidad. López Obrador ha sabido presentarse ante la gente como la persona responsable de esta entrega de subsidios. Los apoyos federales a personas mayores se reparten desde el sexenio de Peña Nieto, pero el entonces gobernante no trató de crear la idea de que eran recursos que él entregaba personalmente. Quizá por eso no logró que las dádivas resolvieran su serio problema de popularidad.

López Obrador ha entendido mejor que ninguno de sus predecesores el viejo adagio de que “Gobernar es comunicar”. Lejos de aislarse, como Peña Nieto, AMLO ha dedicado la mayor parte de su tiempo disponible a comunicar y a acercarse a la gente. De hecho, da la impresión de que se interesa más en comunicar que en gobernar. Sus conferencias de prensa se han convertido no sólo en su principal foro para divulgar mensajes, sino en su principal instrumento de gobierno. Muchas veces los miembros del gabinete se enteran de los cambios de política en las mañaneras.

El lenguaje populachero y la simplificación de los temas son dos de las formas en que López Obrador se acerca a la gente. Los políticos tradicionales nos han acostumbrado a usar un idioma rebuscado, leguleyo, burocrático, que los aleja de la gente común y corriente. Andrés Manuel utiliza expresiones populares y no se preocupa por evitar errores de dicción o de sintaxis, pero, aunque esto pueda molestar a los académicos y a las clases educadas, le gusta al pueblo llano. La simplificación implica culpar de todo a los gobiernos anteriores, descalificarlos, llamarlos siempre corruptos, y afirmar, en cambio, que todo lo que hace el actual régimen está bien hecho. Quizá no sea la estrategia más ética, ni la más políticamente correcta, pero funciona.

La prioridad de los políticos es llegar al poder, y una vez que lo alcanzan, conservarlo. Esto lo ha logrado López Obrador con una persistencia obsesiva. Logró alcanzar la Presidencia de la República en su tercer intento, recuperándose de problemas que él mismo se causó, como la toma del Paseo de la Reforma en 2006, y ahora está al mando del gobierno nacional con un muy alto nivel de popularidad. No es porque haya hecho un buen gobierno, sino porque ha sabido comunicar mejor que ninguno de sus predecesores.

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