Nuestro centro
Nuestro mundo

Nuestro centro

Nuestro Mundo

Amo el centro de Torreón, me genera recuerdos, nostalgia, agradecimiento porque aquí está mi fuente de trabajo, la que me sostiene y me inspira a seguir haciendo lo que amo hacer. No obstante, no me ciego y veo con claridad el deterioro constante que ha experimentado. Al centro le pasa lo mismo que a la roca que se desgasta con el goteo constante del agua, el desgaste en este caso, lo ha provocado la indiferencia y la lejanía.

Caigo en cuenta de lo que te comparto, al ver por la ventana de la oficina que hoy ocupo, los techos de los edificios circundantes, desgastados en el recubrimiento, llenos de sobrantes, muebles viejos que no tuvieron un mejor destino, tanques de gas oxidados, mantas que fueron alguna vez anuncios. A ras de calle puestos de mercancía pirata cubiertos con lienzos de tela llenas de hollín y mugre. Justo en la esquina una mesa sostiene una pequeña vitrina que exhibe gorditas de horno que han estado calentándose bajo los rayos del sol de mayo, en la otra esquina un brasero lleno de carbón dora gorditas desde temprano, las apilan y las condimentan con las exhalaciones de humo negro de los camiones que se paran en la esquina.

Las mercancías y los mercaderes desanimados, sin el cuidado que merece un posible comprador, ropa nueva que parece de segunda, baratijas chinas que brillan por el oropel que se cae luego, tiendas esotéricas que prometen alentar con sus productos la buena suerte, polvos y hierbas de toda clase, los estanquillos que siguen deteniendo los periódicos poniendo piedras encima en franca alegoría de lo que sucede con la libertad de expresión

Ensimismada en mi reflexión sobre el corazón de la ciudad, me sacude el perifonéo que proviene de una camioneta pintarrajeada y llena de leyendas, de ella irrumpe una voz que reza y predica, nos advierte que el fin del mundo está cerca, que vivimos en franco pecado porque hemos convertido a las ciudades en las nuevas Sodoma y Gomorra, donde los hombres con los hombres y las mujeres con las mujeres son una aberración, tal cual lo grita a través de su vetusto aparato de sonido, solo opacado por los no menos viejos camiones que siguen circulando a pesar de que el reglamento diga otra cosa.

El pip pip de los taxistas también compite en la partitura sonora del centro. Que triste que mis hijos no tuvieron oportunidad de ir tomados de la mano de su madre viendo aparadores y comprando lo necesario, que triste que no hayan podido crear ese vínculo amoroso con las calles de la ciudad que los vio nacer. Por más que les hablo de cómo veníamos a comprar el pescado a los puestos del mercado Juárez, la crema y el jocoque a Cremería La Luz, el pan integral a La Reynera, los nieve y las revistas a Martin, la ropa a La Ciudad de París, o escuchar misa en El Socorro o a ver la última película que se proyectó en el Cine Princesa o el Cine Nazas, nunca logré conectarlos, es como si lo que les contara perteneciera a la dimensión desconocida, no les provoca nada, no los remite a nada.

El sentido de pertenencia se arraiga cuando emerge el orgullo de ser parte de algo, cuando la admiración está presente, cuando el reconocimiento aflora.

Entiendo que el fenómeno de despoblación de los centros urbanos es generalizado en el mundo entero, que no hemos sabido conservar y acrecentar estos espacios que deberían como mínimo ser incluyentes, resilientes y sustentables.

Si en este momento el centro fuera un espejo que reflejara nuestros valores como sociedad, ¿qué diría? ¿Qué tipo de convivencia? ¿Qué respeto? ¿Cuál es el concepto generalizado de progreso?

¡Hemos pasado por alto tantas cosas! En nuestros afanes de modernidad despreciamos lo que consideramos viejo, cuando lo cierto es que de ello ha partido la vida, no reconocerlo así traerá una consecuencia indeseable, que el deterioro nos haga avergonzarnos del origen y por lo tanto desdeñemos el punto de partida de lo que hoy somos, reconozco que la falta de oportunidades ha ahuyentado a los jóvenes y la inseguridad también lo hizo en otro momento, pero, ¿dónde está ese espíritu del lagunero que era capaz de vencer adversidades? Muy probablemente esté detrás de las puertas de los edificios abandonados, debajo del cochambre acumulado, de la basura tirada, del ruido, del conformismo.

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