Mayo del cerco a Tenochtitlan
Nuestro mundo

Mayo del cerco a Tenochtitlan

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Mucho, muchísimo es lo que se puede decir sobre el cerco que estranguló Tenochtitlan a partir de mayo de 1521. Es inagotable lo que se puede comentar a pesar de que se repase sólo lo ocurrido ese mes y usando como única fuente la tercera carta de relación enviada por Hernán Cortés al rey Carlos V, con fecha del 15 de mayo de 1522. Rememoraré unos pocos acontecimientos ocurridos en un mes como éste y en el contexto del V centenario de la caída del imperio mexica.

Con ironía se ha dicho que la Conquista de México la hicieron los indios, no los europeos. El dicho no deja de llevar una gruesa dosis de verdad. Indígenas se aliaron a los conquistadores en el avance desde la costa hasta el Valle de México. El valioso papel de los aliados se puede ver en uno de los recuentos que hace Cortés de sus efectivos al preparar el cerco de la metrópoli mexica. Fijémonos en los contingentes humanos que menciona el 10 de mayo de 1521, en la desproporción entre aliados y conquistadores.

Ese 10 de mayo Hernán Cortés cuenta alrededor de 80 mil aliados indígenas, 460 europeos de a pie, 53 ballesteros y escopeteros y 87 conquistadores de a caballo. Los europeos suman 600 junto a los 80 mil “naturales”, principalmente tlaxcaltecas.

El 12 de mayo aliados tlaxcaltecas acuartelados en Tacuba exploran la calzada que lleva a Tenochtitlan-Tlatelolco y se traban en combates con los mexicas. El día siguiente, 13 de mayo, los conquistadores cortan la corriente de agua dulce que rodaba, para abastecer a la metrópoli mexica, desde los manantiales de Chapultepec, pasando por Tlacopan.

Por curiosidad leamos las propias palabras de Cortés acerca de ese hecho que dejó sin agua potable a Tenochtitlan-Tlatelolco: “Otro día de mañana los dos capitanes acordaron, como yo les había mandado, de ir a quitar el agua dulce que por caños entraba a la ciudad de Temixtitan; y el uno de ellos, con veinte de caballo y ciertos ballesteros y escopeteros, fue al nacimiento de la fuente, que estaba un cuarto de legua de allí, y cortó y quebró los caños, que eran de madera y de cal y canto, y peleó reciamente con los de la ciudad, que se lo defendían por la mar y por la tierra; y al fin los desbarató, y dio conclusión a lo que iba, que era quitarles el agua dulce que entraba a la ciudad, que fue muy grande ardid.”

Otro “ardid” muy importante de Cortés fue el uso de bergantines en las batallas lacustres. Fueron su gran arma, tanto que le hacen decir: “lo de los bergantines importaba mucha importancia” (sic). Por otro lado, también de los bergantines, escribe que “la llave de toda la guerra estaba en ellos”.

Un hecho más que sería curioso si no estuviera inscrito en el contexto de la feroz guerra de conquista y el cruel cerco de Tenochtitlan también lo narra Cortés en su tercera carta (en la que por cierto ocupa largo trecho el relato de la toma de la metrópoli mexica). Es que, puesto que mexicas y tlaxcaltecas hablaban la misma lengua (el náhuatl) intercambiaban retos bravíos, pero también agravios e insultos mayores. En los días del cerco, narra el conquistador, “hubo hablas y desafíos entre los de la ciudad [los mexicas] y los naturales de Tlaxcaltécatl, que eran cosas bien notables para ver”.

Otros abundantes pormenores (muchos no menores) suceden durante el cerco. Escaramuzas sin mayor repercusión, hechos heroicos, numerosas muestras del estoicismo mexica (y en general indígena), escenas de crueldad y alguna casi anecdótica que ahora reproduzco: está el cerco, en la ciudad no hay agua ni alimentos, los conquistadores se acercan a donde se guarecen los sitiados, aparece un anciano mexica que se les acerca, se sienta frente a ellos, saca su itacate y empieza a comer como diciendo a los sitiadores, miren, no nos estamos muriendo de hambre. Esto fue en mayo de 1521.

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