El arte híbrido de Marcel·lí Antúnez
Arte

El arte híbrido de Marcel·lí Antúnez

Entre la animación, el performance y la robótica

La gran variedad de proyectos artísticos hacen que cada uno pueda incidir en la realidad de distintas maneras, algunas más directas que otras. El performance, por ejemplo, intenta generar un impacto intenso que muchas veces juega con la provocación bajo una línea que roza lo teatral y lo político.

El artista español Marcel·lí Antúnez está casi exento de la controversia que podría poner en duda su calidad artística. Utiliza la base del performance, que de hecho es de la que parte en su carrera, para generar una experimentación que se puede definir, a grandes rasgos, como grandilocuente e híbrida: utiliza la robótica, la animación, la caricatura y la pintura, para fundar su propio teatro de transformaciones.

LA FURA DELS BAUS

1979. La carrera del prolífico Antúnez apenas comenzaba, pero en el lugar correcto. Cursaba sus estudios en Bellas Artes en la Universidad de Barcelona cuando cofundó La Fura dels Baus, la compañía dedicada al performance en la que permaneció hasta 1989.

Moyá, pueblo en que nació Antúnez, es también el lugar al que ha regresado durante la pandemia por COVID-19. Pero sus constantes viajes a Barcelona le proveyeron de una visión, según él, más diversa y que contrastaba con su vida en el campo.

Su entrada a Bellas Artes implicó un cambio mucho más abrupto en su visión artística. La consiguiente fundación de Fura dels Baus, de un nombre catalán intraducible que hace alusión al endémico hurón de su región, se propició gracias a la convergencia de distintos intereses artísticos. Sin embargo, era evidente que lo que unía al colectivo era la provocación explosiva y nihilista.

Para entonces, los trabajos de la compañía ya contenían la clara imprimatura de la obra posterior de Antúnez. Las pinturas, por ejemplo, poseían una potencia abstracto-expresionista, es decir, los trazos se basaban en el movimiento realizado para aplicar cada pincelada. Probablemente este estilo plástico tomó inspiración del accionismo vienés, una corriente artística de los sesenta que daba preponderancia al trazo muscular en el performance y a la utilización del cuerpo como medio expresivo.

Accions (1982). marceliantunez.com

Creativos provenientes del mundo del teatro y de la danza, juntaron fuerzas con el entonces estudiante de Bellas Artes, Antúnez, cuyo interés disruptivo y político era evidente. El impacto que le causó la obra de los accionistas vieneses se vio reflejado en un mundo que para Antúnez era cotidiano desde su infancia: el de la manipulación de carne en el mercado de Moyá.

La Fura dels Baus no es un fenómeno social, no es un grupo, no es un colectivo político, no es un círculo de amistades afines, no es una asociación pro-alguna causa”, reza el Manifiesto Canalla con el que declararon sus intenciones. “Es una organización delictiva dentro del panorama actual del arte”. La misión era agitar los cimientos del arte para transformarlo.

El proyecto de la Fura dels Baus inició con nada menos que una serie de performances (Accions, Suz/o/Suz y Tiermon) que significaron una ruptura en el panorama teatral nacional e internacional.

En Accions (1982), la compañía se implicó en un giro enorme en cuanto a la representación teatral. Una de sus acciones consistía en desmantelar un auto con herramientas y con las propias manos, implicando a los espectadores o generando en ellos reacciones explosivas respecto a lo que estaban presenciando.

En sus representaciones podían cubrir sus cuerpos con pintura y chocar con el espacio en blanco de una lona para pintarlo con explosiones de color que recordaban a la sangre o las vísceras, los cuerpos desnudos, el barro y los alimentos crudos. Al acercarse con su característica energía al público, las reacciones, el miedo, la sorpresa o la confusión hacían parte importante de cada puesta en escena.

Lo macabro y lo escatológico se presentaban de manera disruptiva para después, en un momento de distensión, ser limpiado con chorros de agua por personajes con uniformes de bomberos pero con el color oscuro de la policía. Mientras, los artistas caían abatidos. La ráfaga recuerda a una intervención rápida, pero poco eficaz, que sólo dispersa la locura presenciada, que se asemeja más al castigo y a la acción de un absolutismo que mágicamente pretende limpiar la impureza.

Accions (1982). Foto: lafura.com

EL PERFORMANCE MECATRÓNICO

Antúnez tiene un interés marcado por implicar al público de manera agresiva, haciendo énfasis en las capacidades del arte y rompiendo con su dimensión más gregaria, en la que su función única es generar placer. Normalmente no se espera que el arte se comporte de forma agresiva con el espectador.

Para el artista, la influencia que tuvo la Fura dels Baus llegó a lugares como el Cirque du Soleil, aunque considera que desactivan su carácter transgresor para convertirlo en un espectáculo condescendiente.

Marcel·lí Antúnez, consciente de estas capacidades en el arte, se ha dedicado a diversificar las expresiones artísticas que desde la Fura dels Baus eran evidentes. En los siguientes pasos de su carrera se caracterizó por las performances mecatrónicas y de instalación.

Afasia (1998) es una performance en la que Antúnez se coloca un exoesqueleto llamado dreskeleton, un componente escénico conectado a una computadora con un software original. Tiene sensores y potenciómetros en el brazo y cinturón.

Todos estos elementos ligados al cyberpunk le permiten al artista controlar la pantalla en la que se proyectan animaciones acordes a la puesta en escena, además de diversos mecanismos en su traje. Las imágenes respecto a la descomposición y recomposición del cuerpo humano, así como de transformación, abundan. A partir de sus creaciones, Antúnez ha apuntado al futuro de este tipo de representaciones, incluso creando neologismos con los que nombra a sus máquinas.

Requiem (1998) es un performance contrario al anterior, donde se empleó un exoesqueleto llamado muskeleton. Este es el que mueve al cuerpo inerte de un performer. Con este tipo de puestas en escena mecatrónicas, Antúnez se dio cuenta de que podría diseñar coreografías.

Afasia (1998). Foto: zaragoza.es

EL FIN ÚLTIMO: CONTAR HISTORIAS

En la siguiente parte de su trayectoria, Antúnez vuelve, poco a poco, a sus orígenes, reinventando aquello que tanto lo caracterizó en sus inicios. Contar historias, a resumidas cuentas, es algo que muchos artistas hacen.

La narración se vuelve uno de los medios con los que un tema puede cobrar interés. La complejidad en ella, la investigación detrás y todo el trabajo que implica, se convierten en una envoltura alrededor del fin último: crear universos separados de la realidad.

A través de su propia narrativa, Antúnez busca realizar obras que puedan reflejar su realidad personal, separándose de lo que podría hacer en un colectivo. Para él, el trabajo en una compañía es importante, pero de algún modo compromete la expresión individual.

En Protomembrana (2006), el artista español utiliza la tecnología para inmiscuir a los espectadores, empleando capturas de sus caras para introducirlas como parte del relato que previamente armó utilizando animación cut-out. Los personajes y los escenarios están programados para que se puedan controlar en vivo por medio de un exoesqueleto blando.

Fembrana, otro de los neologismos acuñados por el español, se trata de un vestido con sensores de rango, posición y tacto embutidos en prótesis de látex de carácter grotesco.

Transpermia (2003) hace alusión a una de las teorías que explican el origen de la vida en el planeta, la panspermia, que señala que esta proviene del espacio exterior. El artista propone una lógica opuesta, en la que la disceminación de la vida intenta volver al espacio mediante la exploración del Universo.

El mismo Antúnez advierte que sus proyectos mantienen comunicación entre sí. Transpermia, por ejemplo, nace junto con el experimento Dédalo, una serie de micro-performances en el contexto de la gravedad cero.

Metamembrana (2009). Foto: marceliantunez.com

Marcel·lí Antúnez cree en un trabajo redondo que se responde a sí mismo, y es que para él todo está conectado de una u otra forma. En su vuelta a su pueblo natal, se ha dedicado a volver a esa plástica que había dejado en pausa y que presentaba de manera expresiva en la Fura dels Baus.

El dibujo, para Antunez, tiene algo de pulsión: mantiene la fuerza con que se realizó cada trazo. Se convierte, pues, en una marca casi primitiva de la acción creativa, sin intermediario entre la persona y su obra.

Piezas como Torete no sólo recuperan el dibujo y el trazo muscular y expresivo, sino que usa el tono anterior de la Fura dels Baus en el que los cuerpos desnudos son intervenidos con pintura. El video es un medio que genera posibilidades importantes para este tipo de piezas, como la animación de estos trazos sobre los cuerpos, la aparición de nuevas formas y el movimiento poco natural de los mismos.

Cuando se trata de dibujos, como los que el español realizó para Transpermia o Protomembrana, así como de sus trabajos más recientes de caricatura y comic, los trazos no se vierten hacia la completa explosión, sino que se convierten en ilustraciones de un carácter caricaturesco y grotesco, que se envuelven en un aura de desenfado. Sin embargo, no pierde sus características ambiciosas, pues realiza una metanarración en la que el cómic habla sobre el cómic mismo.

Su obra más reciente se caracteriza por este tipo de formas que se acercan a la abstracción. Una mente como la de Antúnez no se detiene en sus innumerables búsquedas.

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