Imanol Caneyada
Entrevista

Imanol Caneyada

Nacido en San Sebastián en 1968, Imanol Caneyada radica en México, país del que ha adoptado la nacionalidad, desde hace casi treinta años. Es autor de más de una veintena de libros, entre los que destacan las novelas Hotel de arraigo, 49 Cruces blancas, La fiesta de los niños desnudos y Un camello en el ojo de la aguja, así como los volúmenes de cuento La nariz roja de Stalin y El pequeño supermán. Habitados por seres llenos de claroscuros, sus libros con frecuencia nos sitúan en un mundo violentamente práctico donde no hay buenos ni malos en estado químicamente puro, sino personajes en busca de su lugar en el mundo. Historias bien amarradas, trepidantes, donde ocurren muchas cosas pero nada es gratuito, y al final el lector se siente recompensado aunque no siempre con finales felices. De este modo, incluso aquellos lectores que llegan atraídos por la promesa de un relato vertiginoso, terminan sumidos en valiosas e inteligentes reflexiones sobre la legalidad, la ética, lo que está permitido y lo que no.

Reconocido con premios tan prestigiosos como el Nacional de Cuento Efrén Hernández 2011, el Nacional de Literatura José Fuentes Mares en 2015, y muy recientemente el Bellas Artes de Novela y el Nacional de Cuento Agustín Yáñez, Imanol Caneyada es un narrador con toda la mano y de tiempo completo: no es difícil imaginar que mientras no está escribiendo está leyendo u observando su entorno al acecho de nuevas historias. A fines de 2020, el Fondo de Cultura Económica reeditó Espectáculo para avestruces, novela que por su forma de eslabonar causas y consecuencias nos recuerda las urdimbres construidas por los clásicos griegos. Y hace apenas unos días editorial Planeta acaba de publicar Fantasmas del oriente, su novela más reciente. Ambientada en nuestros días, esta nueva obra es una exploración en clave novelística de las causas y consecuencias de un capítulo negro en nuestra historia: el movimiento anti-chino que cobró auge en nuestro país a inicios del siglo pasado. De entrada, Imanol lo aclara: no se trata de un capítulo cerrado, sino de conductas racistas que persisten hasta nuestros días. Sobre ambos libros, sobre la carpintería que ha utilizado para construir su obra, sus lecturas y sobre el difícil terreno en donde coexisten la literatura y las convicciones éticas y políticas, accedió a conversar con Siglo Nuevo.

¿Dedicas tiempo a la investigación para escribir tus novelas? ¿Cómo llevas este proceso?Depende del proyecto que tenga entre manos. Novelas como Las paredes desnudas, 49 cruces blancas y Fantasmas del oriente sí me exigieron procesos de documentación e investigación muy específicos a causa de los temas que abordo en ellas. Otras, sin embargo, se han nutrido de una forma más general de mi experiencia periodística y vital; de anécdotas, historias o datos que surgieron a lo largo de mi oficio reporteril y mi trayectoria existencial, y de los que eché mano cuando así lo requirió el relato. Me gusta mucho documentarme, es una parte de escribir que disfruto enormemente. Sobre todo, en lo que tiene que ver con los pequeños detalles, como la gastronomía o la ropa que usan los personajes, los aspectos arquitectónicos, urbanísticos, de decoración, musicales, anatómicos, científicos, históricos… todos los elementos que nutren el universo que creamos para contar una historia. Me fascinan los ínfimos dilemas que surgen a la hora de desarrollar un pasaje, como si es posible cruzar determinado espacio en determinado tiempo dependiendo del personaje en cuestión, o si es plausible que a esa hora en ese lugar el sol proyecte una sombra como la describo, etcétera. Me encanta esta parte lúdica de contar una historia.

Imanol Caneyada recibió el Premio Bellas Artes de Novela Rubén Romero 2020. Foto: Secretaría de Cultura de Michoacán

Entiendo que en Fantasmas del oriente usas una estrategia parecida a la que usaste en 49 cruces blancas: dar un tratamiento novelístico a un capítulo negro de nuestra historia. ¿Por qué elegir el género novela por encima de, digamos, una crónica o un ensayo?

Bueno, lo primero que te diría es porque me fascina escribir novelas, me siento a gusto, cómodo, feliz y siempre estimulado con este género. Hay también otra razón: la novela, en tanto género, nos permite explorar al ser humano desde la singularidad de los personajes, a diferencia de otros géneros literarios o disciplinas como la filosofía, la sociología o la psicología. Milan Kundera lo explica muy bien en El arte de la novela: a la novela le debemos, según el autor checo, la creación de un concepto como el de derechos humanos. El poder de los entes de ficción radica (independientemente de si están basados en seres de carne y hueso o no) en la capacidad de provocar empatías, simpatías y/o antipatías en el lector. Lo anterior es extensivo a las películas y las series de televisión, por supuesto. Por ejemplo, Del color de la leche, de la novelista británica Nell Leyshon, cuya voz narradora es una campesina adolescente del siglo XIX, creo que provoca más sensaciones, preguntas y procesos de conciencia en los lectores que una investigación sociológica cuyo tema sea las condiciones de vida de las campesinas en la Inglaterra de ese mismo siglo. Ojo, este tipo de trabajos son necesarios y fundamentales, pero el poder de la ficción, retomando a Kundera, nos sitúa en estadios de la conciencia humana que me parecen sorprendentes.

La matanza de chinos ocurrida en Torreón suele tratarse como un pasaje excepcional, imprevisto y de causas no muy claras. No obstante, la historia demuestra que las políticas discriminatorias contra grupos raciales, y específicamente contra los chinos, fueron apoyadas por el Estado mexicano. ¿Crees que hubo, durante décadas, una doble moral respecto a la forma en que tratamos a ciertas minorías?

Celebro que me hagas esta pregunta. En el transcurso de la escritura de Fantasmas del oriente, cuando comentaba con amigos y conocidos el tema de esta novela, me encontré con que, en efecto, la matanza de más de trescientos ciudadanos chinos en Torreón, en 1911, era la única referencia al genocidio contra la comunidad china en México. Como si hubiera sido un suceso aislado en medio de la violencia de una guerra, de una conflagración. Muchas muertes, dolor y sufrimiento provocaron las políticas públicas instauradas a finales de los años veinte, principios de los treinta, cuando la Revolución ya era gobierno, cuando Plutarco Elías Calles, como jefe máximo de la misma, caudillo indiscutible, su hijo y un nutrido grupo de diputados promovieron, apoyaron y aprobaron leyes y reglamentos genocidas, como la prohibición de matrimonios entre chinos y mexicanas, el diseño de cordones sanitarios en los que confinaron a los ciudadanos de origen chino, además de instigar a la creación de comités antichinos y grupos paramilitares que a través de la coerción, la amenaza y la violencia explícita terminaron por expulsar a la numerosísima comunidad oriental, con el objetivo de quedarse con sus riquezas y propiedades. Es muy importante, a raíz de estos sucesos, entender que el discurso posrevolucionario se construyó con base en un ultranacionalismo excluyente, racista y xenófobo, en un relato que ha prevalecido por décadas, invisibilizando a los afrodescendientes, a los chinodescendientes, a los indígenas, reforzado, al mismo tiempo, en una suerte de victimismo migratorio con relación a Estados Unidos.

Foto: Planeta

Es muy reciente el examen de conciencia que como sociedad estamos haciendo en cuanto a la sistemática y brutal violencia con la que son tratados nuestros hermanos centroamericanos en su infernal paso por México. Apenas en 1994, gracias al alzamiento zapatista, “descubrimos” que un tsotsil en San Cristóbal de las Casas debía bajar de la banqueta si se cruzaba con un criollo o un mestizo para dejarle el paso y que su dieta básica eran tortillas con chile. Apenas en el último censo se incluyó la afrodescendencia como factor estadístico, lo cual puede parecer nimio, pero es muy importante si después, por supuesto, se traduce en políticas públicas concretas y efectivas. Creo que el relato que nos constituía como sociedad estaba lleno de omisiones y silencios, pero por fortuna, en los últimos años, poderosos relatos subversivos lo están desnudando, los principales, sin duda, los de los movimientos feministas.

¿Dirías tú que esa postura existe hoy en mucha gente respecto a los centroamericanos que cruzan la frontera sur de nuestro país?

Para muestra, un botón: el año pasado, gracias a las clases virtuales debido a la pandemia, un profesor de la UNAM fue denunciado por un colectivo feminista por decir en clase que si fuera por él, encerraba a todos los migrantes centroamericanos en un campo de concentración. Ni para dónde hacerse el miserable, el video circuló en las redes sociales y la UNAM tuvo que separarlo del cargo. ¡Un catedrático!, podemos exclamar bajo la muy falsa idea de que la educación académica quita lo racista, lo clasista, lo machista, etcétera. No nos engañemos, la opinión de este sujeto no es aislada ni minoritaria. Recuerdo cuando surgieron las primeras caravanas migrantes. La gobernadora de Sonora, Claudia Pavlovich, sin temblarle la voz ni sonrojarse, declaró que contingentes de camiones estarían esperando a la caravana para subirlos, llevarlos a la frontera e impedir así que pusieran un pie en el estado. La mayoría de los sonorenses no vio lo brutalmente fascista que era la medida ni la cantidad de derechos humanos que se violaban. La reacción fue de indiferencia, salvo por algunas minorías que pusieron el grito en cielo y señalaron lo vomitivo de la declaración. Ojo, esto está sucediendo en todas partes, en España, en Francia, en Italia, en Inglaterra, en Austria. Las medidas fascistas contra la migración africana y asiática, aunadas a un discurso altamente racista, están popularizándose rápidamente. Es mucho más preocupante de lo que creemos.

Novelas como Espectáculo para avestruces y Un camello en el ojo de la aguja narran hechos brutales desde una perspectiva distinta, dando peso a los dramas íntimos que viven los personajes. ¿Cómo te relacionas con ellos?

Para mí los personajes y la voz o voces narrativas son muy importantes en una novela, más que la trama, la estructura, el tono, aunque este último suele desprenderse de aquellos. Del oficio de novelar, lo que más me gusta es imaginar y crear personajes. Intento, no sé si siempre lo logro, partir de la máscara, reduccionista y tranquilizadora, para poco a poco encontrar las fisuras y las grietas hasta asomarme al vacío que hay detrás de la misma y explorarlo. De esta forma podemos complejizar la experiencia humana, transitar por los grises, los claroscuros de nuestra condición, las contradicciones, las incongruencias, las traiciones y las imposturas. Mis personajes preferidos son aquellos que caminan por el filo de la navaja, que se asoman al abismo, que no entienden muy bien por qué y para qué están ahí, cuyo telos está siempre en crisis y nunca es el de la felicidad.

Los personajes de Caneyada están en permanente crisis. Foto: Behance / Sotiris Kizilos

¿De dónde partes para escribir tus novelas? ¿De un personaje, de una imagen, de una frase?

Podría decirte que de las tres, pero si me detengo y hago un examen de conciencia, casi siempre es de un personaje. Casi siempre es el ente de ficción el que se me aparece primero y del interrogatorio al que lo someto deriva la novela. A veces los temas son disparadores, pero de una forma muy vaga. Hasta que no tengo un esbozo del o los personajes y las voces narrativas, no me siento a escribir.

¿Cuáles son tus novelas de cabecera y qué aprendizajes has tenido de cada una?

Soy incapaz de responder a esa pregunta porque soy un lector glotón, desordenado, caótico, indisciplinado, caprichoso. Si lo que estoy leyendo me tiene muy cautivado, en ese momento se convierte en mi texto de cabecera. En estos días me sumergí en la trilogía Bas-Lag, de China Miéville, un delirio de imaginación y creatividad, un portento, una locura ficcional, y se convirtió en mi autor de cabecera; pero entonces, se me cruzó El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de una autora rumana, Tatiana Tibuliac, nada que ver con la trilogía fantástica de Miéville, pero me voló la cabeza y se convirtió en mi novela de cabecera. Así ha sido siempre y no creo que cambie. Son tantas las lecturas a lo largo de los años que me han dejado aprendizajes que no me siento capaz de señalar concretamente unas pocas.

Hace unos meses obtuviste el Premio Bellas Artes por Nómadas, novela que se aleja mucho de tu registro habitual, empezando por el hecho de que la historia ocurre en el futuro. Háblanos de tu experiencia al escribir en otro registro

Lo disfruté muchísimo. Ya había experimentado hace muchos años la creación de mundos distópicos a través de la ficción especulativa en un librito de cuentos: Historias de la gaya ciencia ficción. En el caso de Nómadas, subyace un tono paródico del género como un homenaje al mismo. También hay un tratamiento del lenguaje que se distancia de lo que hice anteriormente: ironía y metáfora son una constante, además de ensayar con estructuras sintácticas más largas y un ritmo menos cortante y sincopado. Es una novela mucho más fársica que las anteriores, en las que el tono trágico predominaba. Fue muy divertido imaginar un mundo, un país, un tiempo inexistente a partir un poco del vaticinio, que es lo que hace la ficción especulativa, y de la caricaturización, la exageración desproporcionada de nuestro presente y sus taras, vicios y virtudes. Al ser una distopía es una novela muy política, claro, pero están muy presentes temas como el de la solidaridad, la lealtad, las diferentes formas del amor y el desamor, la amistad, lo monstruoso, el inevitable fin de una forma de vida que nos parecía inagotable. Por otra parte, fue todo un desafío alejarme de ciertas formas de escritura ya probadas en las que me sentía cómodo, para aventurarme en, como bien dices, otros registros. Más allá del premio, el resultado me empujó a seguir en estos procesos de exploración.

El autor señala que es preocupante que la discriminación a los migrantes se extienda. Foto: Behance / Buba Viedma

¿Qué opinas de las voces que exigen corrección política en las artes y en específico, en las novelas?

Esto no es nuevo, aunque nos hagan creer que lo es. Aristóteles ya exigía corrección política en las artes y la literatura y advertía de los peligros de la poesía homérica y las tragedias en la formación de los jóvenes. El argumento era que presentaban, a través de los personajes, modelos humanos perniciosos. Frente al delirante y disruptivo El Bosco, su genial contemporáneo Miguel Ángel representa la corrección política total de la época, ya que sus principales mecenas eran los papas y la familia Medici, es decir, el establishment del momento. Madame Bovary fue prohibida y censurada porque atentaba contra la corrección política decimonónica. Lo que quiero decir es que al arte en general y a la literatura en particular siempre se les ha exigido moralizar y ser políticamente correctas, y siempre han encontrado la manera de revelarse, escapar de esta exigencia, escandalizar, anarquizar y trascender estas ataduras. Cuentan que cuando Eurípides presentó Las troyanas en Atenas, es decir, la visión de los vencidos, especialmente, de las vencidas, en la guerra fundacional de los griegos, hubo mucha indignación y dedos acusadores por mostrar a sus compatriotas como violadores, saqueadores y asesinos. Esas voces indignadas son una anécdota, mientras que Las troyanas, dos mil 500 años después, sigue representándose en los teatros del mundo. Esas voces existen y seguirán existiendo y cada quién, en tanto creador, verá qué es lo que hace con ellas, si las escucha o las desafía, si se alinea o se desmarca. En un mundo ideal no habría tales voces, claro. Lo que sí me parece un poco ingenuo, incluso frívolo, pensar que se trata de un fenómeno actual, cuando la literatura ha sido históricamente incómoda, y existen escritores y escritoras que pagaron con su libertad o su vida ser políticamente incorrectos.

¿Qué recomendaciones le darías a quienes están apenas en el proceso de escribir sus primeras ficciones?

Que lean mucho, todo lo que puedan y más, que se preparen como lectores, porque los primeros lectores de sus textos serán ellos mismos y de eso dependerá su evolución. Que quieran escribir y no ser escritores; esta distinción la hace Juan José Millás y me parece muy acertada. Es decir, que amen escribir por encima de todas las cosas y no el glamour, el reconocimiento, el aplauso, el prestigio que pueden o no tener con el oficio. Eso no está en manos del escritor, pero sí crear una obra, nadie te puede quitar eso. Y algo muy tonto pero que a mí me funciona: que otra oración sigue a la primera oración; que otro párrafo, al primer párrafo y otra página, a la primera página...

¿Es la literatura un recurso para ajustar cuentas con el pasado?

Entramos en terreno pantanoso. ¿Qué es la literatura? Creo que es Foucault, aunque no estoy muy seguro, el que dice que está el texto, el autor, el lector, pero entre todo eso, ¿en dónde queda la literatura? Me parecen sospechosas esas voces que se empeñan en despolitizar el texto literario reduciéndolo únicamente a su función estética. Creo que todo texto es político y en ese sentido, es un instrumento politizante, pero no sé si el término sea ajustar cuentas, me suena a revanchismo. Por ejemplo, en la actualidad hay una generación de autoras latinoamericanas que, con enorme calidad, a través del ensayo, la novela, el cuento y la poesía están visibilizando historias no contadas, amplificando voces silenciadas hasta no hace mucho, creando un relato que fue excluido en el pasado; en ese sentido, como hizo Eurípides con Las troyanas, la literatura, entre otras cosas, contrarresta el relato oficial, siempre excluyente, desde la otredad, desde los márgenes.

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