Vámonos con Pancho Villa
Nuestro mundo

Vámonos con Pancho Villa

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Para Antonio Rodríguez Galindo,

Tiburcio Maya de nuestro tiempo

En estos días me propuse releer una novela publicada en 1931. En su momento aclamada e incluso llevada al cine, es hoy un clásico secreto. Me refiero a Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz, reeditada en 2008 por Ediciones Era con un magnífico prólogo de Jorge Aguilar Mora.

Aunque por muchos años prevaleció la idea de que las novelas de la revolución merecían ser leídas sólo por las anécdotas que retratan, Vámonos con Pancho Villa es una pieza maestra que revela a su autor como un narrador con muchos recursos, que sabe crear suspenso y dar a la historia giros dignos de un filme de espionaje. Dividida en 20 capítulos breves, la novela cuenta la historia de un grupo de seis hombres célebres por su valor y por su lealtad a Villa. Originarios del mismo pueblo, son conocidos como Los Leones de San Pablo.

Buena parte del relato tiene como escenario el Torreón de hace cien años, territorio clave durante la revolución. Con pulso firme, Rafael F. Muñoz va relatando las aventuras de los leones, quienes van quedándose uno a uno en los distintos campos de batalla: Torreón, Chihuahua, Zacatecas… Que nadie diga que son cobardes ni incongruentes. De pasmosa actualidad resulta el séptimo capítulo, titulado Una hoguera: Máximo Perea, uno de los seis valientes, ha contraído la viruela. Debilitado por la fiebre, ha sido aislado en un vagón del tren donde viajan los revolucionarios. Nadie quiere asistirlo en la enfermedad por temor al contagio. El único que acude en su ayuda es Tiburcio Maya, quien sentado a su lado en un cajón de parque, le limpia la cara y le da agua de tanto en tanto. No tarda en presentarse en el vagón el médico de la tropa, quien a sangre fría le ordena a Tiburcio deshacerse de su amigo: la vida de un hombre, quien quiera que sea, no vale nada si se salva el peligro de una epidemia. Para no caer en spoilers no cuento aquí el final del capítulo, sólo adelanto que está resuelto con maestría.

Aunque el foco del relato va desplazándose de un personaje a otro, puede decirse que el protagonista de la novela es Tiburcio Maya, el último de los leones en enfrentar la muerte. Porque Maya sobrevive a la lucha revolucionaria y se retira para vivir con su familia. En una brillante lección literaria, Rafael F. Muñoz sacará al personaje de ese retiro sólo para someterlo a pruebas impensables, cada una más dura que la anterior. Porque pasado el tiempo, Villa vuelve a buscar a Maya mientras huye de las “defensas” que se han organizado para combatirlo. El hombre responde que le acompañaría con gusto de no ser porque tiene esposa y dos hijos. Y entonces Villa hace algo insólito: desenfunda su pistola y asesina a la esposa y a la hija de su amigo.

A pesar del dolor que el caudillo le causa, Maya se suma a la tropa villista. Lo hace convencido de que él no sigue a Villa por beneficio personal, sino por lo que representa. Más aún, Maya convence a su hijo de hacer lo mismo. A partir de allí, sus vidas se convertirán en una prueba de resistencia y sobre todo, de congruencia. Tiburcio estará presente durante el la incursión de Villa en territorio norteamericano, expedición que culmina con el sangriento asalto a la población de Columbus, en Nuevo México. Hacia el final de la novela, Maya tomará parte en las extenuantes marchas con que Villa tratará de zafarse del asedio de los vecinos del norte, quienes le siguen muy de cerca. Peor aún, el último león caerá en manos del enemigo, pero ni así traicionará sus ideales. En estos tiempos en que muchos cambian más seguido de ideología que de calcetines, una lealtad como la de Tiburcio Maya resulta impensable, sobre todo porque no se trata de una fidelidad ciega, sino de convicción razonada y crítica. Quizá por ello la novela resulta aún más deslumbrante.

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