Arturo Rivera, realismo de intensidades
Arte

Arturo Rivera, realismo de intensidades

Entre lo apolineo y lo dionisiaco

El misterio, la penumbra y lo informe deambulan como fantasmas recurrentes en cuadros que, así como toman su base en la representación de la realidad, parten hacia el mundo imaginario por medio de características que sólo se pueden encontrar en el universo creado por Arturo Rivera.

La huella de este pintor es tan invaluable para la cultura mexicana como lo es para su momento específico en las artes, así como para la influencia que marcó a la generación posterior de artistas plásticos. Define una época imposible de recuperar, en la que se encontraban creadores que ya se han ido, como lo son Benjamín Domínguez, Francisco Toledo o Rafael Coronel, y a quienes recientemente se sumó el mismo Rivera a los 75 años.

MARCA PERSONAL

El artista mexicano Arturo Rivera es conocido principalmente por su pintura, pero recabó una lista más extensa de tipos de expresión visual como el dibujo, el grabado y la escultura. Con su particular visión influenció a una generación de pintores que vieron en su obra la posibilidad de un arte realista que fuera resistente a las vanguardias europeas.

Su trabajo mantiene una marca personal bastante difícil de separar de su autoría. Se caracteriza por una delgada línea entre el tenebrismo (nombre para la pintura del barroco inicial, a comienzos del XVII) y la influencia de autores contemporáneos alejados de la pintura, pero de suma importancia para el arte visual.

Al igual que algunos fotógrafos como Joel Peter Witkin, Rivera visualiza imágenes que buscan ser intensas de nuevas maneras. Dramáticas pero de un estatismo inquietante, mantienen la energía contenida del que, en vez de escapar, se queda mirando fijamente al abismo.

Juguetea con lo animal en la naturaleza humana, con la anatomía y los motivos relativos a lo quirúrgico, así como las amputaciones y reconstrucciones descuidadas de sus personajes, como si se tratara de intentos fallidos por recuperar la carne perdida.

El cirujano y el pintor (1992). Foto: enkil.org

Bajo riesgo de ser censurado y amonestado por Facebook, Rivera llegó a exponer con admiración el trabajo del escatológico David Nebreda, fotógrafo español que realiza obra acerca de la locura, el dolor y la desesperanza, mismos que vive en carne propia y utiliza para su trabajo.

LO APOLÍNEO Y LO DIONISIACO

Los motivos recurrentes en el trabajo de Arturo Rivera son duros, pero contienen una belleza y complejidad intrínsecas que lo dotan de un halo misterioso. Para el autor, el arte es “algo que te haga sentir”, conectando esta sensación con el espíritu humano, lo que dice mucho de su visión centrada en lo emocional de su obra.

Las miradas y las expresiones tienen un papel importante en la psicología de sus personajes. En palabras del autor, no están claras las sensaciones exactas o los momentos en que se encuentran, sino que generan un impacto necesario para conectar a nivel emocional con el espectador.

La primera reacción frente a su obra podría ser preguntarse: ¿qué es lo que vemos, exactamente? El cuerpo humano está presente con distintos motivos, a veces mostrando su piel, a veces su constitución interna. Los elementos utilizados pueden ser cráneos al estilo del vanitas, género artístico que resalta la vacuidad de la vida y la relevancia de la muerte; tal como en El cirujano y el pintor (1992), autorretrato donde la mitad del cuerpo de Rivera está en los huesos.

Se pueden encontrar también desnudos animalescos, como en Atajo (2000), Implosión (2016) o Reflejo (2018). El cuerpo humano en acción o en poses poco forzadas muestra su capacidad tanto erótica como destructora.

La ambivalencia llega a un punto extremo cuando estos cuerpos muestran sus órganos (Lilith, 1994), sus huesos (Costilla humana, 1994) y sus músculos (Construcción en destrucción, 1993). Francis Bacon, pintor al que Rivera menciona como una de sus influencias, denominaría su propio trabajo como la búsqueda de una realidad quirúrgica, debido a los cortes que realizaba a sus formas.

Lilith (1994). Foto: enkil.org

Al preguntarle a Arturo Rivera por su inclinación hacia el tema “lúgubre”, respondía que se trataba de un aspecto ineludible al ser humano. No se trata, pues, de una simple preferencia por los ambientes inquietantes; al observar su obra, se podrá constatar que busca una especie de equilibrio en sus personajes, casi nunca aminorados por la carga que poseen.

Se trata de una suerte de ejercicio mediante el cual se acepta la parte inconsciente y más interna del ser humano, donde descansa la angustia, el resquebrajamiento y la destrucción. El autor denominaría este equilibrio como una relación entre “lo apolíneo y lo dionisíaco”.

Ambas figuras mitológicas son tomadas como base de una dicotomía filosófica y literaria, una dualidad propuesta por Friedrich Nietzsche. Lo apolíneo describe el orden y lo dionisíaco su contrario: el caos, lo monstruoso y perverso. Esa relación se encuentra en todo el cuerpo de obra de Arturo Rivera, definiéndolo desde su inevitable aparición en el mundo del arte.

REALISMO DE INTENSIDADES

Arturo Rivera, al ser cuestionado sobre la forma en que esperaba trascender, respondía simple y llanamente: “que perdure la obra”, dando a entender que, en ese aspecto, su persona era menos importante que su trabajo. Quizá la mejor forma de definir sus creaciones sea bajo sus mismas palabras: “realismo de intensidades”.

El concepto proviene del término literario “prosa de intensidades”, propuesto por el escritor mexicano Alberto Ruy Sánchez. El filósofo y pintor francés Pierre Klossowski hacía alusión a lo anterior en Nietzsche y el círculo vicioso (1969), donde menciona la noción del alemán sobre las distintas “tonalidades” que cada persona posee.

Estas fluctuaciones, formadas por altas y bajas, son también responsables de los pensamientos elevados o decadentes del ser humano, que no son nada sin su expresión o su traducción a palabras o imágenes, según Klossowski.

La mujer dormida (1990). Foto: Facebook / Arturo Rivera

Los personajes de Arturo Rivera se ven envueltos por elementos que acentúan su estado anímico, mientras que ellos no reflejan esas emociones en sus facciones; se guardan la pesadez, la tristeza o la violencia, pero los símbolos a su alrededor expresan esto y los sumen en un mundo fantástico en penumbras.

El interés de Rivera por la medicina y las ciencias en general es utilizado para representar estas intensidades y establecer un mapa emocional. En su colección El rastro del dolor (1987), la atención se fija en partes clave del organismo humano, que se muestra con músculos a veces deformados en pos de la expresividad. Los cuerpos completos en esta etapa del autor eran escasos y normalmente relegados a las pinturas que hacía por encargo, las cuales el mismo Rivera afirmaba eran “para comer”.

Sin embargo, no se trata de simples representaciones anatómicas, puesto que las partes existen separadas del cuerpo, como aparece en Magnus (1983) y en los huesos deformados de Mefisto (1980) o Mirada Fija (1981). La separación de estos elementos atiende a la intención del pintor de analizar con lujo de detalle la composición de estas formas realistas.

En Metamorfosis (1980), la anatomía de una nariz es tomada como base para una transformación hacia una imagen kafkiana: la de un insecto que vive separado del resto de las partes humanas. No sólo las transformaciones fantásticas llaman la atención de las representaciones sagaces del artista, sino que aquellas propias de la patología médica, como lo es la hidrocefalia o malformaciones como el hiperteleobismo, se convierten en parte de su imaginario.

La enfermedad es, como el dolor y la angustia, parte ineludible de la vida. Estos conceptos son de interés, sobre todo para un Arturo Rivera que se encontraba en una etapa creativa temprana. El autor, sobre esto, menciona que se debatía entre los elementos que dispondría en una composición, puesto que sentía la necesidad de hacerlo. Dicho esto, lo provocativo de sus imágenes no responde a buscar el impacto por el impacto, sino a expresar sin hacer demasiado caso a los filtros.

Construcción en destrucción (1993). Foto: enkil.org

VISIÓN CRÍTICA

Algo que ha sido importante para recordar la personalidad de Arturo Rivera, era que no callaba cuando no estaba de acuerdo con un punto de vista. Su afán transformador, a veces agresivo, le llevaba a mofarse del estado actual de las artes y mantener una relación difícil con algunos de sus colegas.

A pesar de esto, su personalidad le hacía posible una amabilidad y accesibilidad visible en sus entrevistas, si acaso con un humor ácido bien encausado y que dejaba ver su preocupación por el rumbo de las artes.

Él mismo, en una de sus últimas entrevistas, diría: “¿Por qué crees que vivo solo? Si yo no me aguanto, imagínate alguien más”. Solía expresar su punto de vista y reaccionar, aunque fuera sólo con su lenguaje corporal, el hartazgo.

Lo anterior podría parecer banal, pero hay que recordar que Rivera se retrataba a sí mismo constantemente. Su obra estaba bastante relacionada con sus ideas, incluso por medio de la filosofía con la que trabajaba. Cada pintor, según él, se representa a sí mismo, aunque retrate a otra persona, pues toma de ella los atributos con los que se identifica.

La visión de este artista, si bien podría parecer producto de su tiempo, entraba en choque con el estado actual de las artes. En algún momento el mexicano realizó un performance con el que declaraba la muerte de la pintura, rompiendo sus materiales, pero después declaró que se trataba de una simple moda que siguió cuando era joven.

Sin embargo, no renegaba de las posibilidades del arte contemporáneo. No rechazaba la figuración no realista, ni se trataba de un pintor como el noruego Odd Nerdrum que se rehúsa a usar luz eléctrica y pinta al natural sus modelos. Rivera tomaba fotografías y utilizaba Photoshop para resolver sus composiciones.

Es decir, no se alejaba categóricamente de las posibilidades actuales, sino que las encausó hacia un desarollo de las habilidades y expresiones actuales. Su vida se podría resumir en un constante intento por generar un cambio a mejor en las artes.

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