La ciencia de las vacunas
Salud

La ciencia de las vacunas

Un antídoto contra la COVID-19

Ilustración en portada: Medium

Ya viene la vacuna contra la COVID-19, al menos eso rezan innumerables titulares a últimas fechas.

Sin embargo, la cuestión no es tan simple como pudiera suponerse a partir de la lectura de muchas informaciones que circulan en medios de comunicación. Se trata, en realidad, de un asunto bastante complejo.

Cada año, las vacunas salvan millones de vidas. ¿Cómo lo hacen? En términos simples, entrenan al organismo para que sea capaz de defenderse ante amenazas (virus o bacterias) bastante específicas. El sistema inmune pues, aprende a enfrentar al extraño enemigo.

Si echamos un ojo a la historia reciente encontraremos que, gracias a ellas, males como la gripe, el sarampión, la difteria o el tétanos han visto drásticamente disminuida su capacidad de destrucción.

Hoy día, están disponibles dosis preventivas que atajan más de una veintena de males potencialmente mortales.

CARRERA

El coronavirus suelto por el mundo provocó una carrera por desarrollar un remedio efectivo. De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en este momento están, en algún grado de desarrollo, 169 vacunas.

Más de dos decenas de ya alcanzaron la fase de ensayos en humanos.

Que en menos de un año se hayan puesto en marcha experimentos clínicos amplios, si bien no es sorpresa, no deja de ser asombroso.

Foto: Behance / Agent Illustrateur

Los científicos de la salud pudieron iniciar sus investigaciones con parte del camino ya andado. Había a mano datos extraídos de estudios relativos al síndrome respiratorio agudo grave (SARS por sus siglas en inglés) y el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS).

La comunidad científica trabaja a marchas forzadas, eso sí, tanto que ya se manejan noticias de laboratorios listos para producir sus fórmulas en masa, cuando lo normal es tardar varios años en iniciar esa labor.

TIPOS

El efecto de las vacunas dependerá de factores como su eficacia probada, la rapidez con la que se autorice su aplicación, su conservación adecuada y el modo en que las personas las reciban. También falta saber si proporcionarán protección a largo plazo. Se requiere más investigación.

Conviene echar un ojo a los fundamentos de los preparados en desarrollo. Un primer grupo es el de aquellos que utilizan un virus inactivado o un virus atenuado para disparar el sistema inmune. En el primer caso se introduce en el organismo una versión muerta del agente que causa la enfermedad; en el segundo, el dañino invasor ha sido despojado de la posibilidad de causar el malestar.

Los virus atenuados han salvado a mucha gente de padecer sarampión, paperas, rubéola y varicela. Los inactivados han mostrado su valía contra la influenza, la hepatitis A y la rabia. No obstante, su protección llega a agotarse. Para salvaguardar a un ser humano por un largo periodo se requieren múltiples inyecciones y un refuerzo.

Cabe mencionar que estos preparados suelen necesitar períodos de prueba muy largos para demostrar que funcionan como es deseable.

La mayor parte de los productos contra la COVID-19 no tendrá una eficacia del 100 por ciento, por lo cual se recomienda seguir con las medidas de sanidad. Foto: Sakshi Sinha

Un segundo contingente es el de las vacunas basadas en proteínas. Estas fórmulas utilizan fragmentos inocuos de esas sustancias que imitan al virus causante de un mal (en este caso la COVID-19). Así el cuerpo se entrena y desarrolla la inmunidad deseada.

Enseguida vienen los compuestos que utilizan ARN y ADN modificados genéticamente con el fin de generar una proteína capaz de detonar la respuesta inmunitaria.

Otra alternativa son las vacunas con vectores viales que emplean un virus cuya estructura genética ha sido alterada. No desencadena la enfermedad, pero sí genera proteínas del mal que den lugar a la respuesta inmunitaria.

PROCESO

Una vez que se superan con buena nota las pruebas de rigor, un grupo de expertos seleccionados por la OMS analiza los resultados para determinar si el uso del preparado es seguro y su protección eficaz.

Ya con el visto bueno de estos consejeros, vienen otros dos pasos: la aprobación por parte de los órganos de cada país y la fabricación (que implica un reto mayúsculo: millones y más millones de dosis a elaborar). Listo el producto, se procede a la distribución. En este caso, viene otra tarea compleja: facilitar el acceso equitativo. Aquí se tiene claro que son prioridad los grupos de riesgo, adultos mayores, pacientes de trastornos crónicos, trabajadores sanitarios y demás.

En la comunidad científica existe el consenso de que la mayor parte de los productos contra la COVID-19 no tendrá una eficacia del 100 por ciento. Será importante seguir con el distanciamiento físico, el uso del cubrebocas, las pruebas de detección, el rastreo de los contactos.

Foto: El Universal

ESPERANZA

Sinovac, los Institutos de Productos Biológicos de Wuhan y de Beijing, Bharat Biotech, la Universidad de Oxford, Cansino Biological, el Instituto de Investigación Gamleya, Farmacéutica Janseen, Novavax, Moderna, son algunas de las 48 instituciones y empresas que ya tienen vacunas candidatas en etapa de evaluación clínica.

La mayoría de las personas que se recuperan de la COVID-19 desarrollan una respuesta inmunitaria que ofrece, en alguna medida, protección contra la reinfección. Ese dato, por sí solo, permite vislumbrar que la humanidad conseguirá superar esta pandemia.

También hay antecedentes que invitan al optimismo. Por ejemplo, se han hecho pruebas con animales para determinar la efectividad de vacunas contra el SARS. Los preparados, aunque no previnieron la infección, mejoraron la supervivencia de los especímenes. No obstante, debe mencionarse que en algunos casos se registraron complicaciones como daño pulmonar.

Otra cosa a tener en cuenta es que la población mayor de 50 años de edad, uno de los grupos más sensibles a la acción del SARS-CoV-2 (el virus que nos puso en cuarentena), por lo general, no responde a las vacunas tan bien como la gente más joven.

En la autorización de emergencia para usar vacunas contra la COVID-19 por parte de los gobiernos de todo el mundo, seguramente el criterio que tendrá más peso será que el beneficio de emplearlas supera con creces al riesgo de no hacerlo.

Después de todo, la enfermedad no sólo es una amenaza para la vida de las personas, sino también para el bienestar mental y la salud económica.

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