Creo, oro, vivo intensamente cada día (COVID)
Nuestro mundo

Creo, oro, vivo intensamente cada día (COVID)

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El destino estaba escrito y de la ansiedad de la suposición llegó la ansiedad de la realidad. Releo el texto que publiqué en este generoso espacio de Siglo Nuevo y empiezo a atar cabos. El lunes de puente largo empecé con una molestia en la garganta. Como todos, traté de encontrarle explicación, seguro fue el agua fría con la que todavía me baño, o el agua fría que tomo al regresar de los paseos a Bruno.

De todos modos, esa noche estuve inquieta. El martes me levanté observando mi cuerpo. Me precio de tener un olfato muy agudo, esa mañana no olí el jabón que es el que me alerta, traté de identificar el intenso aroma del tomillo y no tuve éxito, abrí el aceite de sándalo y fue inútil. Ya no me gusto. Me preparé el primer café y sabía muy raro, ya no estuve en paz. fui luego a hacerme la prueba, llegué sin cita y entré de inmediato, me dolieron los dos mil 500 pesos, aunque me iba a doler más causarle daño a alguien.

Me fui a casa y me encerré, me acerqué utensilios de limpieza, botes de desinfectantes, franelas, y cerré la puerta. Esa noche tampoco pude dormir, a las 12 a.m. abrí mi correo electrónico y ahí estaba el resultado, temerosa lo desplegué y como apenas veía porque no me puse los lentes alcancé a leer la palabra “negativo” ¡ay que alivio, todo era producto de mi imaginación! Me incorporé alentada, busqué las gafas y pude leer con precisión lo que decía la prueba: valor de referencia: negativa y el resultado del hisopado positivo.

Era real. ¿Y ahora? ¿Me complicaré? ¿Tengo todo en orden? ¡Qué horror, soy parte de las estadísticas! ¿Qué hice mal? ¿Dónde fue? El sueño me venció. Repasé que al día siguiente no tenía que levantarme temprano, aunque la memoria del cuerpo me empujó de la cama a la misma hora de siempre.

¿Qué hago? ¿Qué tratamiento habré de seguir? Avisé en la oficina y me dispuse a hablar con el médico, las preguntas de rigor: ¿temperatura? no, ¿dolor de cabeza? no, ¿tos seca? no, ¿cansancio? no… no y no. El médico me indica tomar temperatura, usar el oxímetro, aislarme y continuar con la toma de vitaminas y zinc, me recomienda descanso y beber agua. Nada distinto a lo que habitualmente hago. Checaba y rechecaba las sensaciones de mi cuerpo, leía las publicaciones: “No te confíes, es un bicho traicionero, puedes estar bien la primera semana y la segunda cursar con una neumonía”. Que incómodo es no oler, nada te sabe, el hambre se va y por más pruebas que haces no percibes los aromas; fui afortunada, al día siguiente empecé a identificar los olores, aunque el gusto en la boca seguía siendo extraño, desagradable; también había desaparecido esa irritación que sentía en la nariz.

Monitoreada todos los días por el extraordinario médico, fueron pasando uno a uno. Me di cuenta que el estrago más grande fue en mis emociones, despertaba en la madrugada para ver si algo pasaba en mi cuerpo, por fortuna nada. Lo que identificaba con claridad era el enojo, el cual fue cediendo cuando alguien me dijo: “¿Para qué te mortificas?, ¿qué ganas con saber dónde, cuándo, a qué hora fue el contagio? Lo que sí es que date cuenta que eres igual de susceptible que todos”. Aunque de vez en vez insistía: “¡No fue en una reunión social! Entonces, ¿en qué momento?”.

El panorama empezó a aclararse cuando desde casa volví a lo mío: trabajo, deporte, lectura. Tres kilómetros de caminata despejan la mente a cualquiera. El bendito trabajo te contiene, le da forma a la existencia y la lectura te saca de ti mismo, te distrae, te hace analizar y reflexionar sobre tantas cosas.

Fui viviendo el día a día y aprovechando el tiempo; acomodar la ropa de invierno, limpiar el rincón que nunca alcanzo, revisar algunas fotografías que había olvidado romper, hablar con gente querida.

Si hubiera que hacer un recuento de las lecciones aprendidas, lo resumiría en una palabra: aceptación. Cuando llegas a ella, la calma vuelve a reinar y las horas pasan más de prisa. Por supuesto que esto para mí fue así porque no hubo complicaciones ni necesidad de tratamientos invasivos. Estar a solas contigo en espera de no sabes qué, te atempera, te obliga al agradecimiento amoroso hacia Dios por atravesar ese puente endeble que conecta la enfermedad con la salud. Después, lo que sigue, es seguir creyendo, orando, viviendo sin miedo, intensamente cada día.

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