Diciembre de 1520
Nuestro mundo

Diciembre de 1520

Nuestro Mundo

La derrota de la Noche Triste (30 de junio de 1520) llevó a Hernán Cortés a refugiarse en su aliada Tlaxcala; para lo mismo se recluye en Segura de la Frontera. De cualquier manera va preparando la reconquista de la metrópoli azteca y además manda combatir las resistencias de los alrededores que no acaban de subordinarse.

Mucho después, ya instalado en la sometida la capital mexica, le escribe al rey el 15 de mayo de 1522: “mediado el mes de diciembre [de 1520] me partí de la villa de Segura de la Frontera, que es en la provincia de Tepeaca”. Salió para reconquistar el imperio azteca y apunta que fueron a pernoctar en Cholula. Bernal Díaz del Castillo difiere un poco. Apunta que “un día después de pasada la Pascua de Navidad” de 1520 es cuando se encaminan hacia la Ciudad de México. Antes, Cortés habló “a los caciques de Tlaxcala para que le diesen diez mil indios de guerra que fuesen con nosotros aquella jornada hasta Tezcuco”. Xicoténcatl el Viejo le responde: “no solamente diez mil hombres, sino muchos más”.

Volvemos con Cortés: “El segundo día de la dicha Pascua de Navidad [de 1520] hice alarde en la ciudad de Tascaltecal”. En el “alarde”, es decir, en la revista militar, ve que dispone de 590 europeos. El “día de San Juan Evangelista” (¿27 de diciembre?), sigue relatando que convocó a los tlatoanis tlaxcaltecas para avisarles que saldría hacia Tenochtitlan y ordenarles que prepararan lo que les había indicado para cuando estuviera en Texcoco.

Y otro día que fueron 28 de diciembre, día de los Inocentes”, de aquel 1520, Cortés avanza hacia Tenochtitlan. Para en Texmelucan. Envía una avanzada a revisar el camino. Lo encuentran seguro. “Y otro día, domingo”, desde la montaña divisan Tenochtitlan y sus alrededores. Luego, entre el 29 y el 30 de diciembre de 1520 avanzan hasta una población perteneciente a Texcoco. La encuentran vacía. Pernoctan allí.

Y al otro día, lunes, al último de diciembre [sic]”, Cortés narra que acampan en la orilla del lago de Texcoco, literal cabeza de playa desde donde, con su ejército de europeos y aliados indígenas, empezará a atacar inmediaciones de Tenochtitlan y luego la capital del imperio azteca.

Con esa cronología termina el año, aunque no la carta del 15 de mayo de 1522 en la que cortés le relata al rey Carlos V la reconquista de Tenochtitlan-Tlatelolco. Se consumará este hecho al año siguiente, el 13 de agosto de 1521, fecha de la captura de Cuauhtémoc, fecha en que con la caída del gran imperio azteca ante las fuerzas del otro gran imperio, el venido del viejo mundo, y con la potencia imbatible e indomeñable de los tlaxcaltecas que siempre se mantuvieron independientes de los tenochcas, fundirían un mestizaje poderoso.

Esas son las tres potentes corrientes históricas que cimientan a México. Son las tres fuerzas fundacionales que desde la base geográfica de Tenochtitlan-Tlatelolco, convertida en capital de Nueva España, dieron existencia a un inmenso territorio a veces mutilado por circunstancias históricas y a un pueblo que, no siempre venciendo resistencias sociales, admitió cohesionarse bajo el nombre de México, el nombre del imperio azteca.

Esas fuerzas fundacionales que se mostraron con el vigor suficiente para vencerse unas a otras, fundidas en la época colonial, debieron ser el brío de un México extenso y poderoso capaz de sobrevivirse muchos siglos encumbrado en las cimas de la Historia. Pero parece que la recia amalgama de ese mestizaje se desvió de su destino de grandeza.

Quizá si se recuperara el conocimiento de la historia nacional y si se reinterpretaran hechos que entrelazan lo mejor de corrientes que quedaron registradas por su ejemplaridad, sería posible reencauzar la marcha de un México que surgió de los cimientos cuyo quinto centenario pasa desapercibido entre nosotros.

Comentarios