Teoría del sufrimiento
Reportaje

Teoría del sufrimiento

El estudio del padecimiento eterno que tortura al ser humano

El sufrimiento es el medio por el cual existimos, porque es el único gracias al cual tenemos conciencia de existir.

Oscar Wilde

Para comenzar este texto valdría la pena lanzar la cuestión: ¿Qué es el sufrimiento? En una definición simple, se puede escribir que es la pena o el dolor que experimenta un ser vivo. Se trata de una sensación, consciente o inconsciente, que aparece reflejada en un padecimiento, agotamiento o infelicidad.

En ese camino se podría decir que los animales sufren si son maltratados; sin embargo, ellos mismos no generan una reflexión en torno a lo que sienten y mucho menos tratan de encontrarle un sentido que los haga aceptar con más facilidad su padecimiento.

La humanidad se ha aproximado al concepto desde varios ángulos; lo ha abordado ondeando una bandera ideológica, desde una doctrina de pensamiento o asumiendo una religión. Al tratarse de una condición universal, el abanico de referencias se puede tornar extenso, por ello, en este escrito se tratará de repasar sólo algunas de las tesis que han emergido apuntando a explicar con mayor detalle y a profundidad qué es y de qué se compone ese padecimiento que atormenta al hombre desde el principio de sus tiempos.

El doctor Marcos Gómez Sancho escribe en su texto Dolor y sufrimiento. El problema del sentido que, primero, un aspecto importante para analizar sería la diferencia entre la conceptualización del dolor y del sufrimiento.

En el primer caso, casi siempre los profesionales de la salud pueden hacer algo por aliviarlo. En el caso del sufrimiento, no tanto. Entre otras cosas, porque no siempre va acompañado de dolor físico, ni siquiera de alguna enfermedad. El sufrimiento es algo que, en mayor o menor medida, nos acompaña a todos a lo largo de nuestra vida. Y muchas veces, cuando el sufrimiento o el dolor son inevitables, el ser humano se ve empujado a buscarle un sentido, en el ámbito de una religión o en cualquier otro y esta necesidad de encontrar algún sentido a la adversidad se incluye en la esfera espiritual del hombre y es precisamente lo que lo distingue del dolor”.

El dolor tiene un sentido físico y el sufrimiento uno metafísico, señala Gómez Sancho. “El dolor se suprime con analgésicos, el sufrimiento no. El primero nos invita a reflexionar sobre el cuerpo; el segundo suscita preguntas más profundas y existenciales; sólo el sufrimiento nos abre las puertas del conocimiento profundo de la vida”.

Foto: Behance / Mireille St-Pierre

Pero...¿Qué pasa cuando el hombre tiene que enfrentarse al sufrimiento? “No todos lo hacen igual. Unos se envenenan, otros se empequeñecen, otros se engrandecen”, responde Gómez Sancho.

El autor explica que el sufrimiento es juez de los hombres. “Su juicio es inevitable, porque es parte de la vida humana y revela lo que cada quien es, lo que ha hecho de sí mismo, lo que ha hecho de los demás. El sufrimiento nos hace la última pregunta sobre nosotros mismos. La respuesta es nuestra propia sentencia, como hombres y como sociedad. Las palabras del sufrimiento son siempre las últimas”.

LA IMPORTANCIA DEL SENTIDO

Al encontrarse frente a la condición del sufrimiento, el ser humano, casi de manera inmediata, adoptará la idea de encontrarle un sentido. El psiquiatra y neurólogo vienés Viktor Frankl, sobreviviente del holocausto, propuso lo que llamó “voluntad de sentido”, lo cual significa reconocer en toda persona una tendencia a buscar significado en sus vivencias; es decir, la búsqueda de sentido es inherente a su existencia misma, y más aún, esta voluntad es el motor fundamental por el cual el hombre vive, e incluso da la vida por ello.

Hablando del sufrimiento Frank, sentencia: “El hombre no se destruye por sufrir, sino por sufrir sin ningún sentido”.

Para el psiquiatra y neurólogo vienés, también, la vivencia del sufrimiento humano implica un acto de sacrificio para soportar y sostener tal sufrimiento, por ello, enfatiza que la persona debe encontrar un sentido a su padecimiento.

Luego de asumirlo y encaminarlo a una razón de ser, lo que sigue, propone Frank, es el crecimiento. “Sufrir significa hacer méritos y significa también crecer. Pero también significa madurar, pues la persona que se supera a sí misma madura antes que otras. Sí, el propio desempeño del dolor no es otra cosa que un proceso de maduración. Sin embargo, en el ser humano está ser consciente para alcanzar su libertad interior a pesar de dependencias externas”.

De los aprendizajes derivados del sufrimiento viene también una maduración emocional. Foto: Behance / Megan Sebesta

SUFRIR PARA MERECER

El novelista ruso Dostoievski también dedicó un amplio análisis en torno al padecimiento que hoy nos ocupa. Una de sus citas más célebres reza: “Sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos”. En su disección, el autor lejos de considerar al sufrimiento como algo negativo, le atribuía, más bien, ser el origen de todo logro en la vida.

Para Dostoievski, las causas más importantes del sufrimiento son la humillación, la vejación y la injusticia, la conmiseración hacia el sufrimiento y la muerte de hombres queridos, la desesperación del alma que ya no puede creer en el sentido del ser, así como la imposibilidad de saciar el anhelo espiritual que vive en nosotros.

La idea, entonces, es que el sufrimiento es enriquecedor y significativo para la vida humana. De quien ha sufrido mucho, puede decirse que Dios le ha visto digno de cargar con ese sufrimiento. El sufriente obtiene un derecho ante Dios, o al menos puede expiar su culpa. A través del sufrimiento se le da al hombre una consagración superior, y ante ésta cabe mostrar veneración.

Es claro que la abstracción anterior se liga a la consecuencia de una educación religiosa, en la cual algunas personas pueden llegar a creer que, de alguna manera y como buen cristiano, está obligado a sufrir como sufrió Jesucristo.

LA SOCIEDAD DEL CONSUMO

Mis amigos psicoanalistas me cuentan que, en la actualidad, los típicos pacientes que van con ellos para solucionar sus problemas no se sienten culpables por el exceso de placer; […] al contrario, se sienten culpables por no gozar lo suficiente”, expone el filósofo esloveno Slavoj Zizek en el documental Guía ideológica para pervertidos (2012), haciendo referencia a que hoy en día el sufrimiento del individuo poco tiene que ver con la moral religiosa de antaño, que dictaba una serie de prohibiciones para mantener a raya las ‘bajas pasiones’ de las personas.

La posmodernidad se caracteriza por un cuestionar generalizado hacia los dogmas, por lo que vivimos en una sociedad a la que, mayormente, no le afectan de manera profunda las pautas religiosas de comportamiento. Pero esto está lejos de significar que el ser humano está librado del sufrimiento. Sí, la represión de sus anhelos y acciones ha disminuido a un nivel que no se había visto en siglos, pero dar rienda suelta a los deseos también supone una carga: la obligación de gozar.

Guía ideológica para pervertidos (2012), documental dirigido por Sophie Fiennes. Foto: filmaffinity.com

Un deseo no es simplemente el deseo por cierta cosa, es también el deseo por el deseo mismo […] quizás el terror último es quedar completamente satisfecho”, continúa Zizek en el documental. Es decir, el individuo anhela ser feliz porque, ¿cómo no serlo cuando por fin se tiene esa posibilidad? Atrás quedaron los flagelantes del medioevo que se sometían a un profundo dolor para expiar los pecados y alcanzar la salvación en el cielo. En la posmodernidad el paraíso está aquí y ahora, pero ¿cómo alcanzarlo? El capitalismo ofrece una herramienta: productos que, por cierto, nunca parecen ser suficientes.

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman profundizó en este fenómeno en su ensayo Vida de consumo (2007), donde plantea que el sujeto de consumo (todo aquel partícipe del capitalismo) puede llegar a identificarse con la mercancía que adquiere a tal grado de convertirse él mismo en un producto. Para Bauman, el comienzo de esto fue cuando el grueso de la población dejó de consumir por necesidades existenciales (alimento, cobijo, seguridad, etcétera) y comenzó a hacerlo por necesidades construidas.

Antes, por ejemplo, destacar por una vestimenta lujosa estaba reservado para la nobleza o para una reducida burguesía. El resto de la población no aspiraba a lucir así en su día a día. Hoy, un oficinista promedio puede endeudarse para comprar una camisa de alguna marca reconocida, a fin de cubrir su necesidad construida de estatus. La función más importante de esa vestimenta de marca no es proteger del frío o de los rayos del sol, sino otorgarle un valor universal a su dueño, como elegancia, virilidad o juventud; pero, sobre todo, demostrar su capacidad de consumo, que es una aptitud sumamente valorada en el capitalismo tardío.

Entonces, ese mismo oficinista llega a su lugar de trabajo con su camisa nueva, pero debe estacionar el auto que posee desde hace ocho años y que compró usado al lado del de su compañero, de modelo reciente y sin un rasguño en la pintura. No hay nada intrínsecamente mal con su vehículo; es sólo que la imagen que le brinda no coincide con la que quiere mostrar con su camisa. El hombre se avergüenza y viene la insatisfacción. Habrá que pedir un crédito para cambiar de coche y, ahora sí (eso cree él), alcanzar el estatus deseado. ¿Dónde quedó el gozo prometido por la camisa?

Ese es, a grandes rasgos, el ciclo con el que se sostiene el consumismo: un producto promete otorgar cierto valor agregado a la persona y esta lo adquiere obteniendo algo de gozo; hasta que se le atraviesa otro artículo que lo hace sentirse insatisfecho consigo mismo por no poseerlo, volviéndose el nuevo objeto de deseo.

En la posmordenidad, la moral religiosa ha sido reemplazada por el capitalismo. Foto: Behance / Joey Cheung

De esta forma el consumidor se transforma en una mercancía, porque no sólo compra productos para utilizarlos, sino para adquirir las cualidades simbólicas de estos (sensualidad, rebeldía, etcétera) y con ellas moverse dentro del mercado social. Bauman lo llama mercado porque básicamente funciona bajo la ley de la oferta y la demanda: la sociedad pide ciertas cualidades de sus miembros; si no las cumplen, serán excluidos. La mujer que no tenga maquillaje, accesorios y una vestimenta armónica, difícilmente conseguirá el puesto de recepcionista cuya vacante especifica que debe tener una ‘buena presentación’. El joven que no acceda a un smartphone podría perder fácilmente el contacto con sus amigos, quienes optarán por comunicarse con quienes les sea más fácil hacerlo, en lugar de buscar por otros medios al compañero sin tecnología. Bajo estas condiciones es fácil dejarse arrastrar por el consumismo, que también permea la relaciones interpersonales.

AMOR Y LIBERTAD

Dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado […] En una cultura en la que prevalece la orientación mercantil y en la que el éxito material constituye el valor predominante, no hay en realidad motivos para sorprenderse de que las relaciones amorosas humanas sigan el mismo esquema de intercambio que gobierna el mercado de bienes y de trabajo”, apunta Erich Fromm, psicólogo social y psicoanalista, en El arte de amar (1956).

El constante sufrimiento que acarrea no satisfacer los deseos con objetos, se traslada también a no satisfacer la necesidad de afecto porque, a fin de cuentas, las personas son vistas como mercancía.

Fromm establece que el amor en realidad es una actividad, es decir, una acción en la que el individuo es amo de su afecto, el cual ejerce libremente. Por el contrario, la pasión es una pasividad, pues es causada por compulsiones que hacen a la persona “objeto de motivaciones de las que no se percata”, tal como los impulsos que llevan al consumidor a adquirir cosas no planeadas en el supermercado o en el centro comercial. Y así como se desvanece la emoción de esas compras compulsivas, se desvanece el enamoramiento.

El individuo contemporáneo se visualiza a sí mismo como un producto en el que tiene que invertir para resultar atractivo socialmente. Foto: Behance / Joey Cheung

En realidad, consideran la intensidad del apasionamiento, ese estar ‘locos’ el uno por el otro, como una prueba de la intensidad de su amor, cuando sólo muestra el grado de su soledad anterior.”, señala el psicoanalista, para quien el amor de cualquier tipo, no sólo romántico, debe contar con ciertos elementos: cuidado, derivado de una preocupación activa por aquello que amamos; responsabilidad para responder a las necesidades físicas o psíquicas del otro; respeto, entendido como la capacidad de ver a una persona desarrollarse sin esperar que sea para servirnos, y conocimiento para comprenderla mejor, incluso en aquello que no se dice explícitamente. Cuando el amor es mal entendido, el conocimiento también puede usarse para transformar al otro en una posesión, al saber cómo manipularlo para moldearlo a nuestro gusto, como un objeto personalizado.

Los elementos necesarios para amar requieren dedicación y tiempo, que no parecen tener cabida en la sociedad del consumo y la inmediatez, donde la lógica dicta que las mercancías se obtienen para recibir algo de ellas al momento porque, de otra manera, hay que desecharlas.

Fromm mencionaba que para amar era necesario ser libre, y esto podría ser una pista para esclarecer por qué el campo afectivo sigue siendo una causa de sufrimiento en la humanidad contemporánea. Actualmente, la libertad se entiende como la capacidad de elegir qué consumir y qué desechar. No es raro que cuando alguien piensa en comunismo, lo primero que se le venga a la mente sea la angustia de no tener opciones de productos en el supermercado. Más allá de si hay escasez o no, existe un temor a adquirir solamente lo que esté disponible, sin poder elegir entre distintas marcas y calidades. Así se percibe el fin de la libertad.

El filósofo del siglo XVI, Immanuel Kant, por el contrario, relacionaba la libertad con la moral. Estableció el imperativo categórico, que es básicamente la capacidad del ser humano de hacer el bien sin que lo condicione alguna religión, ideología o miedo; sino que se hace bajo libre albedrío y basándose en la razón. Para lograr esa libertad, según el pensador, es necesario trascender los deseos propios para ver también por el bienestar de los demás. Sin embargo, el consumismo se sostiene mediante el deseo infinito de cada individuo, por lo que la libertad se basa en las opciones disponibles para satisfacer esos deseos, así se trate de marcas de celular o de conquistas amorosas.

Pero no sólo preocupa que la libertad esté sujeta al egoísmo en la sociedad contemporánea, sino también que dependa del poder adquisitivo. Es decir, para quien tiene menos dinero, hay menos opciones de cualquier tipo y, por tanto, se percibe a sí mismo con menos libertad. La insatisfacción de no poder comprar algo se convierte en el sufrimiento de no ser libre.

Para lograr la libertad es necesario trascender los deseos propios para ver también por el bienestar de los demás. Foto: Behance / Christian Barthold Collage

EXPLOTACIÓN

La trampa de esa libertad consumista recae también en que no hay algo o alguien que prohíba su acceso. Por el contrario, en el neoliberalismo, que cobró impulso a partir de la década de los setenta, el Estado se encarga de propiciar el libre mercado en todos los ámbitos posibles: trabajo, educación, vivienda, comunicación e incluso servicios tan básicos como la salud. Bajo este esquema, es fácil caer en la lógica de que cualquiera tiene el potencial de emprender y salir adelante con esfuerzo, talento y buenas decisiones.

Hay casos que, supuestamente, confirman esta premisa. Gente como Juan Gabriel o la escritora J.K. Rowling, tuvieron que trabajar arduamente en sus inicios para ganarse el pan, pero terminaron siendo ricos y exitosos. Con estas historias se crea la ilusión de que cualquiera puede seguir ese camino, siempre y cuando se esfuerce tanto como ellos. Si alguien no consigue su meta, es porque no trabajó lo suficiente. Sin embargo, lo cierto es que estos casos son la excepción y no la regla.

El 90 por ciento de los que nacen pobres, mueren pobres, por más inteligentes y trabajadores que sean, y el 90 por ciento de los que nacen ricos mueren ricos, por idiotas y haraganes que sean”, señala Joseph Stiglitz, quien ganó el Premio Nobel de Economía en 2001 y quien ha dedicado gran parte de su labor al estudio de la desigualdad.

Quien nace en condiciones desfavorecedoras puede luchar por salir adelante, pero es un hecho que su acceso a una buena educación, a una vivienda digna e incluso a una alimentación completa, limitarán su desarrollo desde el principio, aún si logra mejorar su vida eventualmente. En el neoliberalismo, la disponibilidad de oportunidades para todos es sólo una ilusión, pero está profundamente enraizada en el pensamiento colectivo.

Se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede, y si no se triunfa, es culpa suya”, dice el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, quien ha estudiado ampliamente el hiperconsumismo contemporáneo. En su libro La sociedad del cansancio (2010), explica cómo quedaron atrás las instituciones opresoras, llámese Iglesia o Estado, para dar paso a la posmodernidad donde el opresor es uno mismo. El mensaje de que el individuo debe impulsar su rendimiento se ve reafirmado una y otra vez a través de los medios de comunicación, que repiten a los espectadores la importancia de lograr sueños y metas mediante el trabajo y el esfuerzo.

En el neoliberalismo, la disponibilidad de oportunidades para todos es sólo una ilusión. Foto: Behance / Akanksha Bharti

En esta sociedad de obligación, cada cual lleva consigo su campo de trabajos forzados. Y lo particular de este último consiste en que allí se es prisionero y celador, víctima y verdugo, a la vez. Así, uno se explota a sí mismo, haciendo posible la explotación sin dominio”, agrega, explicando que el individuo se considera como único culpable de su desgracia, eximiendo de responsabilidad a todo un sistema que perpetúa la desigualdad. Byung-Chul Han concluye que aquel mensaje de ‘éxito’, repetido hasta el cansancio, culmina en una sensación generalizada de fracaso, sobre todo entre los jóvenes y los trabajadores asalariados, derivando en enfermedades mentales como la depresión, la ansiedad y los trastornos alimenticios.

Taller, línea de ensamblaje, máquina, tarjeta de fichar, horas extra, salario./ Me han entrenado para ser dócil./ No sé gritar o rebelarme,/ cómo quejarme o denunciar,/ sólo cómo sufrir silenciosamente el agotamiento", escribe el joven poeta Xu Lizhi, como un registro de la vida que él y miles de obreros han llevado en las líneas de ensamblaje de Apple.

Así como Erich Fromm o Kant, Byung-Chul Han propone dejar de lado el interés propio y actuar con la mira en un bien común. “Hoy cada uno es empresario de sí mismo. Cada uno se realiza a sí mismo. Cada uno se produce a sí mismo. Cada uno venera el culto, la liturgia del yo en la que uno es sacerdote de sí mismo. Ya no somos capaces de un nosotros, de una acción común”, menciona en una entrevista para El Mundo, donde también habla de la urgencia de fomentar el pensamiento crítico y la reflexión meditativa en las nuevas generaciones, para gestar una revolución que cambie el paradigma neoliberal del deseo individual.

Tal parece que los sistemas que han regido a la civilización desde hace siglos, de alguna forma se alimentan del sufrimiento humano, el cual, como ya se mencionó, está íntimamente ligado al deseo, ya sea por la represión de este, como en la era cristiana, o a través de su exaltación, como en el capitalismo. Podría ser que la armonía se encuentre en un punto medio al que todavía no se ha llegado, donde el dolor es parte de la vida, pero donde el deseo egoísta ha perdido su poder para gobernar a la humanidad.

Comentarios