Amparo Dávila: seductora de espectros
Literatura

Amparo Dávila: seductora de espectros

La narración al filo del suspenso

En los márgenes de las hojas en blanco, una mujer zacatecana encontró el terreno idóneo para teclear un mundo comandado por el suspenso. En él, logró entretejer relatos con los que el lector puede acceder a una extrema sensación de asombro, y en donde siempre encuentra el tan ansiado factor sorpresa: la cereza del pastel narrativo de esta autora pionera de lo fantástico.

Amparo Dávila, quien fallecería en abril de este año, es la escritora mexicana considerada como la maestra del cuento del siglo XX. Y es que su pluma sí que supo explotar las bondades de este género en el que dejó caer el peso de lo fantástico, pero sin desvincularse del todo de lo real, fórmula con la que se ganó un lugar indudable dentro de la literatura nacional.

Pero ¿cómo llegó esta mujer a idear todo este mundo de espectros? La soledad fue su condena o, tal vez, su alimento. Luego de que se suscitara la muerte de sus tres hermanos, ella fue criada como hija única y la biblioteca de su padre se volvió el refugio en el que paleaba la sensación de soledad, pues pronto descubrió que una de las bondades de los libros, es justamente esa, el acompañamiento y el acceso a otros mundos.

"Yo tuve una infancia muy peculiar porque tuve un hermano, un poco más chico que yo, Luis Ángel. Murió como a los cuatro años, cuando yo tenía cinco. Quedé muy sola, muy triste, muy enferma”, mencionó alguna vez la autora para El Universal.

Como casi todos los ávidos lectores, Amparo, tiempo después, estimó acceder de manera más profunda al cosmos literario experimentando estar del otro lado, es decir, como narradora. Fue así que su literatura con un toque de fantasía comenzó a relatar lo que vivió de niña. El peligro, el miedo y la muerte, fueron elementos que estuvieron presentes en el grueso de su obra.

Amparo tenía un hermano que falleció cuando ella tenía sólo cinco años. Foto: Rita Quattrochi

En una selección de cuentos que el escritor y poeta argentino Luis Mario Schneider hiciera de la obra de Dávila y que se publicara por medio de la Universidad Nacional Autónoma de México en 2010, Schneider apunta, en la nota introductoria, que la autora nació en Pinos, Zacatecas, en 1928 en uno de esos poblados mineros mexicanos que, describe, más parecen cuevas de fantasmas, traspasados por el viento helado, por días largos como años, por años inmensos e inmóviles como la eternidad.

Ahí no se habita, ahí se inventa la vida por el único camino posible: la imaginación. Tanto se inventa, tanto se fabula que ya no es posible hallar la frontera entre la verdad y la irrealidad. Si a ello se agrega una precaria salud, una infancia solitaria, de hija única, pesada en el silencio, en la mudez, entonces la inteligencia se vuelve desquiciante. Para completar, la familia va a vivir a San Luis Potosí, y la muchacha acarrea sus espectros y va a parar a colegios de monjas. Ahí comenzó el fatalismo: descubrió la palabra escrita y la lectura perturbadora”.

LA SEDUCCIÓN DEL ESPECTRO

Como ya se mencionó, la infancia de Amparo fue señalada por el miedo, un sentimiento que se sugirió en sus tempranas propuestas literarias, que en primera instancia se abrazaron del verso. En un inicio la joven pluma de esta autora zacatecana se sintió atraída por la poesía, género con el que presentó obras como Salmos bajo la luna (1950) y Perfil de soledades (1954). Asimismo, a su acervo creativo recargado en este estilo se le suman las piezas literarias Meditaciones a la orilla del sueño (1954), y Poesía reunida (2011). En esta obra poética se incorporó El cuerpo y la noche (1967-2007).

Los relatos de Muerte en el bosque están basados en mitos de la antigüedad. Foto: Dirk Wüstenhagen

Fue en Ciudad de México donde su pluma, ya encaminada a una formación en letras, descubrió la narrativa como la vía de escape idónea para darle salida a sus fantasmas y presentar de manera más clara y contundente su atmósfera de suspenso.

En 1959 apareció el título Tiempo destrozado; en 1964 Música concreta, y Árboles petrificados fue la obra que la catapultó al foco de la crítica y los lectores, haciéndola merecedora del Premio Xavier Villaurrutia en 1977.

Treinta y siete relatos (aparte de su producción poética) componen la totalidad de la obra de esta escritora mexicana, que fue perteneciente a lo que algunos han llamado Generación de medio siglo, un momento que otorgó al cuento o relato corto un lugar especial en la producción literaria.

Por su parte, Dávila es una de las pocas cuentistas mexicanas cuya literatura parece rebasar la realidad sin entregarse a la fantasía, motivo por el que resultaría impreciso clasificar su obra como literatura fantástica. Esta impresionó al mismo escritor argentino Julio Cortázar (considerado gran representante de ese estilo), con el que se unió en una gran amistad.

Sin duda, una de las cualidades más notables de la narrativa de Amparo Dávila es el estilo conciso y claro. En su obra no hay nada obvio. Sus historias, en su mayoría, se centran en vivencias cotidianas que de pronto son irrumpidas por algo desconocido, por un espectro que casi nunca se sabe qué forma tiene o de qué se trata, pero que perturba y desestabiliza al protagonista y por ende al lector.

En El huésped, un ente desconocido perturba la vida de dos mujeres. Foto: Rita Quattrochi

LA CONSTRUCCIÓN

En una entrevista realizada por Patricia Rosas Lopátegui, Amparo Dávila habla sobre el genio de la construcción de sus cuentos. “Yo pienso en el cuento un poco a la manera aristotélica, como si fuera una figura geométrica, un triángulo. Un triángulo que tiene una línea base, que es el planteamiento; pero en esa concepción, el triángulo no es equilátero, de tres lados iguales, sino que puede ser un triángulo isósceles, o cualquier triángulo, que a veces puede tener un largo planteamiento, luego la línea que sube, que es el conflicto, el nudo, y luego el desenlace, y a veces el desenlace lo doy en unas cuantas palabras. Es un triángulo rarísimo”.

El escritor Alberto Chimal, en un texto que dedica a la narradora zacatecana, explica que las historias de Dávila, esbozadas siempre con muy pocas palabras, no utilizan la capacidad alusiva del cuento para que el lector complete y dé forma a los mundos y las tramas que se proponen, sino para que, puntualiza, llevado por ese impulso rutinario, descubra las ausencias: “las preguntas que adquieren su poder en el acto de no ser respondidas”.

Y es que como en El huésped, que se podría decir es su cuento más popular, Amparo Dávila nos regala descripciones de un ser espeluznante que perturba la vida de dos mujeres, pero jamás nos revela con exactitud qué es en realidad.

No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas”, se lee casi al inicio del relato.

Así es como esta autora, que aparte de mantenerlos al filo del suspenso, logra que sus lectores participen en su obra activando su imaginación con la que, cada quien, le pone forma y nombre a sus espectros.

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