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El sesgo de confirmación
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El sesgo de confirmación

Escuchar sólo lo que se quiere oír

¿Qué ocurriría si el cerebro prefiriera ignorar la información que genera un conflicto personal? Jamás llegaría un motivo para hacer que alguien cambiara opinión, y los debates no serían posibles. El individuo acabaría en una plena ignorancia y un nulo esfuerzo por obtener conocimiento.

El sesgo de confirmación es uno de los fenómenos actuales más preocupantes, cuyo lugar principal de aparición posiblemente sea las redes sociales. Finalmente vinculada de manera importante al entretenimiento, la comunicación hoy se enfrenta al vicio de confirmar las creencias, opiniones y sentimientos del usuario; creando un círculo cada vez más cerrado en el que la diversidad de pensamiento se ve afectada.

DISONANCIAS Y SESGOS

Según Psychology Today, el sesgo de confirmación se produce a partir de la influencia directa del deseo en las creencias. Aparece cuando se quiere que algo sea verdad y se termina creyendo que lo es. Es la semilla de las teorías de conspiración, pero también de ciertos tipos de discriminación.

Un concepto se arraiga para dar una explicación vital a la escala de valores de la persona, quien termina creyendo en la veracidad de esa idea. Es decir, un prejuicio, una opinión generalizada o infundada, puede dar como resultado una creencia arraigada y el desecho tajante de los argumentos que la contradigan o, al menos, la cuestionen.

En el sesgo de confirmación confluyen varios fenómenos actuales y no tan actuales como lo son la posverdad y la disonancia cognitiva. La posverdad se caracteriza por la diseminación de noticias falsas; en primera instancia, debido a que los portales noticiosos esperan obtener la atención del espectador de forma cada vez más voraz; en segunda instancia, porque se apela a las emociones del usuario en torno a la noticia: quisieran que fuera real.

“No al cubrebocas obligatorio”. A pesar de los beneficios probados del uso de cubrebocas, a lo largo del mundo han surgido protestas contra esta medida sanitaria. Foto: WPR/Angela Major

La disonancia cognitiva, designada por el psicólogo Leon Festinger en Teoría de la disonancia cognoscitiva (1975), es una falta de armonía en el sistema de ideas, emociones y creencias percibidas.

Es decir: hacer lo que sería incorrecto según lo que se cree. Para mantener la idea, muchas veces tambaleante, de que la persona cuenta con una coherencia envidiable y que es inamovible en ciertos valores, se cuenta a sí misma que sus acciones no son disonantes.

Hay múltiples caminos por los que se puede llegar a esto, y mientras más rebuscados sean los pretextos para actuar de cierta manera o más excesivas sean las justificaciones, se creerá más fácilmente en la coherencia propia.

De un lado, los provida defenderían la vida de un feto mientras el niño en situación de calle y abuso parece no importar. Desde otra perspectiva, algunos grupos defienden la participación y reivindicación femenina, pero no la de los transexuales u otros miembros de la comunidad LGBT+. Es decir, se defiende la idea de la vida o la inclusión, pero de formas sesgadas y convenientes para ciertas personas, y no una idea más elaborada de estos valores, que admita más complejidad y diversidad en ellos.

No se trata de rasgos de cierta población en especial, ni de las ideas concebidas como de izquierda o de derecha: la mentira la padecemos todos. La manera en que se presenta es simple: se cree lo que se quiere creer.

En el sesgo de confirmación, existe un cierre hacia las demás ideas. Aquellos que defienden la inclusión, preferirán apartarse de quienes no lo hacen, siendo que podrían estar de acuerdo en algunos puntos, o podrían aprender el uno del otro.

Con cada reacción en redes sociales vamos configurando estas plataformas para que nos muestren únicamente lo que nos interesa, limitando así la diversidad. Foto: AdobeStock

En El enigma de la razón (2017), los científicos cognitivos Hugo Mercier y Dan Sperber señalan la importancia que se da a justificar las creencias propias y construir argumentos para convencer a los demás de ellas. El cerebro organiza la información para hacerla embonar con lo que ya se ha sedimentado en la memoria, lo que hace que se pueda olvidar o ignorar aquello con lo que no se está de acuerdo.

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Es común encontrar conclusiones contrapuestas en lo que se refiere a la comunicación actual. Lo que se ha perdido, lo que se ha ganado y la forma en que se están adaptando las personas a los nuevos fenómenos que surgen de ella, son temas que se llevan a la mesa constantemente.

Ojalá fuera evitable que los argumentos en estas discusiones estén cargados de nostalgia, empezando cada oración con “en mis tiempos”. Los problemas en la comunicación siempre han existido, pero hoy se ven reflejados con más claridad y, en las ocasiones más preocupantes, maximizados. Es importante atraer los reflectores hacia ellos para combatirlos. ¿La solución? No existe una sola, pero sí algunas actitudes que, pese a su generalidad, podrían brindar alternativas.

Twitter puede parecer un torbellino de peleas sin sentido en donde no se logra nada interviniendo. Los usuarios suelen necesitar la emoción de insultar y contestar de manera sarcástica a otros, pero al final del día no se obtiene un cambio de perspectiva. Se podría pensar que por lo menos no se están lanzando piedras y palos por ahora, pero este tipo de discusiones y enfrentamientos se han llevado a la vida real y se han emitido amenazas directas a través de Internet.

Es importante mantener una mente abierta a los pensamientos contrarios, intentar entenderlos en vez de ignorarlos o cortarlos de tajo. Dejar de eliminar a aquellas personas con las que no se congenia en puntos de vista políticos, por ejemplo, puede ayudar a matizar ideas y encontrar correlaciones entre distintos tipos de ideología.

En lugar de abrirse a diferentes posturas, las personas prefieren tratar solamente con quienes piensan igual que ellas. Foto: La Nación

Si después de todo hay diferencias irreconciliables, será inevitable detener la interacción, pero es necesario fomentar hasta entonces el diálogo y la argumentación para desarrollar el pensamiento crítico. Internet es un espacio público y, como tal, algo en él puede no parecernos correcto. Algo puede ofender o molestar, pero es posible mantener la calma.

Es normal que las distintas opiniones no siempre se amolden a la escala de valores del usuario o a su forma de ver el mundo. No se puede estar cómodos de manera ininterrumpida, pero aquello que nos genera conflicto tiene detrás una razón que se puede analizar.

Hoy, la información es una mercancía; pero es importante hacer consciencia de que se trata de un derecho y un recurso vital para la vida social. Conocer, descubrir y reflexionar a partir de la información, es parte de la vida del individuo y lo ayuda a formar su propio criterio sobre distintos problemas.

Pero todo esto, si nos quedamos como meros usuarios de las redes sociales, es reducido. La información, nuevamente, es una mercancía hoy. A cada participante de la red le muestran la información que está más relacionada con él, con la que puede interactuar con mayor facilidad, la que le dejará un sentimiento optimista. Gracias a eso continuará allí, llenándose de las sensaciones que le interesan u obteniendo la información que le seduce; pero nada de eso le hará cambiar un punto de vista.

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