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Monumentos quebrantados
Reportaje

Monumentos quebrantados

La historia intervenida y fragmentada

La destrucción de monumentos históricos se ha producido en diferentes partes del mundo debido a causas que varían según el contexto en que se desarrollen, desde guerras hasta simple negligencia.

Definitivamente estas pérdidas también son hechos irreversibles que marcan un punto y aparte en la historia del lugar donde sucedan. Sí, han ocurrido eventos catastróficos en los que se perdieron piezas históricas con valor cultural incalculable, pero también es cierto que otros han sucumbido en momentos críticos por gobiernos que desean borrar las huellas de regímenes anteriores, o a manos de ciudadanos que por alguna razón llegaron a considerar que eso ya no les representaba. En diversos momentos las personas se han movilizado para gritar que las figuras del pasado no son símbolo de orgullo, especialmente cuando se trata de personajes que en su momento fungieron como colonizadores o esclavistas y que ahora se encuentran inmortalizados con grandes estatuas dedicadas a conmemorar su grandeza para la posteridad, ignorando por completo las partes oscuras o violentas que suelen acompañar a sus legados.

En los últimos meses han caído monumentos como parte de protestas sociales llevadas a cabo por ciudadanos que exigen un cambio o que consideran que es momento de poner un alto a lo que esas estatuas representan y conmemoran, como si en un despertar se sintieran ajenos a años de historia romantizada que esconde procesos de esclavitud, sumisión o exterminios. Lo que se espera con estos actos de destrucción es, quizá, confrontar el pasado, abogar por un cambio de paradigma acerca de qué y quiénes deben ser rememorados, cuestionar las razones por las que se erigieron y se mantienen vigentes. Estos actos son, sin duda, síntomas de una sociedad consumida de hartazgo.

En este documento se procura explorar los daños y destrucción infligidos a monumentos históricos por diferentes motivos, desde contextos actuales donde, como parte de protestas y manifestaciones sociales, se han vandalizado piezas exhibidas en espacios públicos, como algunos parques, desencadenando el furor en algunos sectores de la población por el daño al patrimonio cultural e histórico; la retirada de algunos monumentos por cuestiones de reevaluación de su vigencia; hasta la destrucción de otros por el Estado Islámico y durante la Segunda Guerra Mundial. Este repaso se realiza en aras de mostrar las consecuencias de presentados actos.

CONTEXTO RECIENTE

Un acontecimiento importante en la historia reciente es la caída del Muro de Berlín, que justo el pasado 9 de noviembre cumplió 31 años. Su derribo marcó el fin de la división física entre la República Federal de Alemania (RFA) y la República Democrática Alemana (RDA). La demolición del Muro fue llevada a cabo principalmente por los ciudadanos, armados con diversas herramientas, y se prolongó a lo largo de varias semanas. Resulta curioso que en muchos casos conservaran trozos de aquella pared como souvenirs y que incluso no era raro ver que se vendieran fragmentos de ella. Este hecho es un ejemplo más que pone de manifiesto que este tipo de acontecimientos ocurren desde hace tiempo y no es algo que se le tenga que atribuir a grupos específicos, sino más bien a causas particulares.

Hace 31 años fue derribado el muro de Berlín. Foto: Gettyimages/Gerard Malie

En este año nacieron iniciativas para retirar algunas figuras que ya no representan a una comunidad. Los grupos ignoraron advertencias de represión y sanciones lanzadas por las autoridades; pareciera que de alguna manera la organización y el trabajo en conjunto les confiere una fortaleza y les infunde una gran confianza (quizá no del todo fundamentada) en que las autoridades no se atreverán a llevar a cabo sus amenazas. Desde luego todas estas conductas demuestran, también, fuertes tensiones sociales, que en muchas ocasiones sólo bastaba una pequeña chispa para que todo explotara y se saliera de control.

GEORGE FLOYD, DETONANTE

La chispa más representativa y lamentable de este año fue la muerte de George Perry Floyd Jr acontecida el 25 de mayo. Conocido simplemente como George Floyd, un hombre afroestadounidense de 46 años, quien murió asfixiado por Derek Chauvin, un policía de 44 años que mantuvo la rodilla sobre el cuello de Floyd por alrededor de ocho minutos y 46 segundos, según los reportes fiscales. En plena era digital, no pasó mucho tiempo antes de que los medios de comunicación y las redes sociales difundieran su historia.

De acuerdo a Manny Fernández y Audra D. S. Burch en un artículo para The New York Times: “La muerte de Floyd, inmortalizada en el video que tomó en su celular una persona que pasaba por el lugar durante el atardecer del Día de los Caídos, ha desatado dos semanas de manifestaciones que se han extendido por todo Estados Unidos en contra de la brutalidad policíaca. Ha sido conmemorado en Minneapolis, donde murió; en Carolina del Norte, donde nació, y en Houston, donde miles de personas hicieron fila de pie bajo el calor implacable del lunes en la tarde, para pasar junto a su ataúd dorado y darle el último adiós en la ciudad en la que pasó la mayor parte de su vida”.

Bastaron un par de horas para que este acto de brutalidad y racismo causara revuelo y comenzaran a organizarse manifestaciones que rápidamente tomaron las calles para exigir justicia. Muy pronto se efectuaron actos de vandalismo y, asimismo, el reclamo se tornó en contra de los monumentos que recuerdan épocas en las que se creía en la superioridad de algunas razas sobre otras. En medio de la confusión, estatuas de Cristóbal Colón fueron derribadas o decapitadas, por ejemplo en Richmond, Virginia y en Boston. También se pedía desaparecer el festejo del Columbus Day (Día de la Raza). Aunque este en realidad es un asunto separado y propio de otro sector, los pueblos originarios solicitan que esa fecha pase a denominarse Día de los Pueblos Indígenas, bajo el argumento de que el arribo de Colón dio pie a siglos de abusos y exterminio contra las comunidades nativas.

Como se señala en un artículo de Los Angeles Times: “Vanessas [sic.] Bolin, integrante de la Sociedad Indígena de Richmond, dijo en el acto de Virginia que no era su propósito apropiarse de la protesta contra la brutalidad policial, sino expresar su solidaridad con los manifestantes”. Otro activista, Joseph Rogers, habló de cómo la ideología supremacista blanca y el racismo institucionalizado habían afectado a ambas comunidades, los afroamericanos y los pueblos originarios.

Estatua de Cristóbal Colón derribada por manifestantes antirracistas en Minnesota, Estados Unidos, tras el asesinato del afroamericano George Floyd a manos de un policía. Foto: AP/Evan Frost

Resulta interesante ver cómo estas manifestaciones, que inicialmente giraron en torno a la agitación generada por la muerte de Floyd, terminaron unidas a la historia llena de violencia hacia los nativos americanos; y finalmente se llegó a ver la figura de Cristóbal Colón como si fuese el conquistador y violentador de los indígenas, debido a los actos cometidos posteriormente y por otros personajes.

Es cierto que la estatua de Colón en Boston ya habría sufrido daños antes (también durante marchas contra el racismo). Quienes están a favor de su retiro esperan que su destitución en esta ocasión sea definitiva y comience una reevaluación y reformulación de la memoria histórica en los distintos sectores de la sociedad.

EL ALCANCE DE LAS PROTESTAS ANTIRRACISTAS

La oleada de protestas tras el asesinato de George Floyd configuró un momento sumamente significativo, al ocurrir en medio de una pandemia caracterizada por el confinamiento. A pesar de las condiciones, las personas encontraron la forma de movilizarse y mostraron una vez más la capacidad de las redes sociales cuando se utilizan como medios para organizarse. En esas plataformas mostraban continuamente fotos y videos en vivo sobre las protestas, las pintas y el derribo de monumentos; también actos de solidaridad y muchas personas trabajando en conjunto, codo a codo, unidas por una oleada de indignación.

Un ejemplo del impacto de estos actos fue que en Brasil se cuestionara el papel de los colonizadores, especialmente los llamados Bandeirantes, que no son más que los exploradores descendientes de los conquistadores portugueses que, a partir del siglo XVI, se adentraban al interior del continente americano buscando enclaves mineros y esclavizando a los pobladores que encontraban a su paso para venderlos en las regiones azucareras. Estos personajes fueron históricamente exaltados durante el siglo XIX, como parte de la conformación identitaria de Sao Paulo. Sin duda, estas figuras están revestidas de gran importancia y tienen su peso en la conciencia colectiva; así pues, con las protestas antirracistas, una vez más se desató un acalorado debate acerca de la pertinencia de retirar las obras que exaltan a estos exploradores. El eje de la controversia es la estatua de 10 metros de altura y veinte toneladas de peso en honor al explorador Manuel de Borba Gato, quien hizo fortuna gracias a “la caza de indígenas para esclavizar”, además fue “un fugitivo de la ley” y “contrabandista de oro”, según la descripción realizada por el periodista brasileño Laurentino Gomes en su cuenta de Twitter.

De acuerdo a Carla Samon Ros en una nota para La Vanguardia, Thiago Amparo, abogado y profesor de políticas de diversidad, alegó: "Borba Gato tiene que caer" y agregó que "no se trata de revisar la historia" sino de garantizar el "derecho" de los ciudadanos a "dar nuevos significados" a las figuras que en el pasado se esculpieron en piedra. "Me pregunto qué se destruiría con la caída de la estatua de Borba Gato si no es la autoimagen de una sociedad que enaltece a genocidas como héroes nacionales", opinó el abogado.

Vista de la estatua del bandeirante Manuel de Borba Gato, del escultor Júlio Guerra, que fue inaugurada en 1963 en Sao Paulo, Brasil. Foto: EFE/Sebastiao Moreira

Las medidas oficiales por parte de la Alcaldía de Sao Paulo consistieron en montar una guardia policial las 24 horas del día en aras de salvaguardar el patrimonio público.

Salta a la vista que hay dos posturas antagónicas cuando se trata de estos asuntos: la primera aboga por mantener los monumentos por su peso histórico y porque se asegura que rememoran hechos o momentos clave para la sociedad en cuestión; por otro lado se argumenta que su retirada es necesaria para asegurar un nuevo comienzo.

EL CONFLICTO DE LA DESTRUCCIÓN

Una de las principales cuestiones gira en torno a qué tan apropiado es juzgar el pasado con los ojos del presente. Diversos sectores de la sociedad han dado sus puntos de vista, unos opinan que los monumentos deben mantenerse por el significado que guardan mientras que otros les observan como vestigios que deben ser destituidos para dar pie al cambio, apoyándose en el argumento de que la historia está en constante transformación.

En cuanto a la variedad de posturas, cabe mencionar la de Alfredo González-Ruibal, experto en arqueología moderna: “Las estatuas realmente no tienen que ver con la historia, sino con el poder, y por eso a los historiadores no nos escandaliza tanto que se derriben, lo que sí ocurre, en cambio, con los políticos”. Por su parte Julián Casanova, especialista en historia moderna comenta que “se tiende a confundir historia con memoria, y los monumentos encuadran en lo segundo”. Estas dos perspectivas invitan a cuestionar la finalidad de los monumentos, estatuas, etcétera; resulta pertinente reflexionar seriamente en ello puesto que uno de los argumentos recurrentes para su conservación y mantenimiento se reduce justamente a que son monumentos históricos. Sin embargo, este tipo de reflexiones invitan a un diálogo en el que se reconozca la diferencia entre el valor patrimonial, histórico y artístico que puede tener una escultura como el David de Miguel Ángel y otras estatuas expuestas como propaganda imperialista.

En este contexto conviene preguntarse, ¿qué tan efectivo habría sido el cambio sin el desarrollo de las protestas? Alfredo González Ruibal, investigador del patrimonio, en entrevista con Mónica Zas Marcos para El diario, dice al respecto que “el derribo de estatuas tiene que ser un acto agresivo. Es importante que exista esta performance para obtener un efecto porque a veces los buenos modales no son suficientes. Aunque los historiadores y los arqueólogos lleven años analizando de forma crítica a determinados personajes, la verdad es que no acaba de trascender al ámbito público. Siguen exhibiéndose estatuas de conquistadores, de esclavistas y de dictadores. Son una forma de ocupar espacio público y de decir que esos valores son perfectamente legítimos hoy en día, y realmente no lo son”.

Ciudadanos belgas quemaron y vandalizaron la estatua del rey Leopoldo II. Piden remover los monumentos de la realiza imperialista por las atrocidades cometidas en las tierras conquistadas. Foto: EFE/Olivier Hoslet

Los debates sobre las consecuencias de ajustar la historia de acuerdo a los criterios en curso de ética, política y ciudadanía no se han hecho esperar; los últimos meses han demostrado que lo que llamamos patrimonio tiene la capacidad de moldearse a las necesidades de la sociedad y que si ésta exige la destitución de ciertos símbolos es necesario escuchar el reclamo y evaluar la situación. Sin embargo, la retirada de un monumento no basta, debería ser apenas el inicio de una compleja reestructuración cultural y educativa para que las nuevas generaciones sean expuestas a una nueva visión del desarrollo humano.

DESTRUCCIÓN EN EVENTOS CATASTRÓFICOS

Muchos monumentos han sido destruidos en el contexto de conflictos bélicos y en algunas ocasiones con la intensión expresa de borrar todo rastro de la cultura del enemigo; así se han perdido monumentos con gran peso cultural, con una antigüedad que sobrepasa por mucho este siglo o el pasado.

El saqueo y la destrucción de monumentos es algo habitual en la guerra, y los ejemplos abundan desde la Antigüedad, como la biblioteca de Alejandría o el Partenón de Atenas. Es un mecanismo que pretende alterar la memoria colectiva y facilitar el sometimiento de la civilización enemiga por la vía de destruir su pasado.

EL ESTADO ISLÁMICO

Desde su surgimiento, el Estado Islámico de Irak y Siria (conocido como ISIS, por sus siglas en inglés, autodenominado Califato Islámico, también llamado Dáesh o Daish) ha destruido iglesias, mezquitas y otros monumentos de valor incalculable para la humanidad entera.

Dáesh ha hecho del terrorismo cultural una práctica recurrente, ocasionado graves daños como la destrucción casi completa de sitios emblemáticos en múltiples ciudades como Nínive, Alepo, Mosul y Palmira.

En una nota de 2016 titulada ¿Cómo quedó la ciudad patrimonio de Palmira tras el paso de Estado Islámico?, la BBC explica: “El Estado Islámico ha arrasado con estos monumentos por considerarlos ‘lugares para la idolatría’. La destrucción también le ha servido al grupo radical de propaganda. La organización ha hecho explotar estructuras simbólicas como el Palacio Noroccidental en Nimrud, en Irak, otras edificaciones preislámicas, así como también santuarios islámicos en Irak y Siria”.

Se trata de conflictos ideológicos donde se atenta directamente contra monumentos que representan la religión y cultura de algunas civilizaciones. El argumento que pretende explicar estas conductas es que la destrucción resulta necesaria para terminar con la idolatría, al menos eso se ha mencionado como factor principal de la caída en este tema.

Restos de Palmira, Siria, tras ser atacada por el Estado Islámico. Foto: Joseph Eid

MONUMENTOS CAÍDOS EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Durante la Segunda Guerra Mundial se estima que, además de aproximadamente 35 millones de muertos, hubo un daño incalculable al patrimonio cultural; siglos de historia acumulados y bastó un evento bélico para perderlos. En los tratados de guerra suele consignarse la idea de que en estos casos es importante respetar los espacios de valor cultural y religioso, pero en la realidad esa práctica suele dejarse de lado cuando no se comparte la importancia de esas construcciones y lo que importa es adueñarse del territorio. Por ejemplo, durante la invasión alemana a Polonia se calcula que cerca del 85 por ciento de la capital quedó reducida a escombros y casi 800 monumentos (alrededor del 43 por ciento del total) fueron destruidos.

Con la eliminación de espacios tan significativos se pretendía dañar la moral de la población, afectarla psicológicamente al presenciar la caída de construcciones representativas que les acompañaron toda la vida; lo importante era destruir a las personas desde adentro y dominarlas a través del miedo para poder manipularlas.

Así pues, la Segunda Guerra Mundial implicó un arrebato de la cultura, tanto en su modalidad destructiva como mediante el despojo.

Afortunadamente pareciera que vamos aprendiendo de nuestras lecciones, nos hemos ido adaptando y eso abre paso a la creación de organizaciones preocupadas por cuestiones patrimoniales y culturales, que se esfuerzan por detener el tráfico de arte.

IMPLICACIONES

El término patrimonio viene del latín patrimonium que significa “bienes heredados de los padres” y deriva de pater. En lo general hace referencia al conjunto de bienes y derechos, activos y pasivos, susceptibles de valuación económica que pertenecen a una persona o institución. Sin embargo, hay múltiples tipos y clasificaciones de patrimonio: material, inmaterial, histórico, cultural, además el llamado patrimonio mundial o patrimonio de la humanidad.

La cultura se refiere a todo el entorno que ha ido desarrollando el ser humano, es la que le provee de los medios necesarios para eliminar su dependencia del medio ambiente y, al mismo tiempo, es una base de datos donde se almacena de forma colectiva toda la información del grupo.

Ahora bien, de acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), el patrimonio cultural comprende varios elementos, divididos en las siguientes categorías:

  • Monumentos: obras arquitectónicas, de escultura, pinturas monumentales, estructuras de carácter arqueológico, inscripciones, cavernas.

  • Conjuntos: grupos de construcciones aisladas o reunidas, cuya arquitectura les da un valor universal desde el punto de vista de la historia.

  • Lugares: obras del hombre u obras conjuntas del hombre y la naturaleza, con un valor universal histórico, estético, etnológico o antropológico.

Alrededores de la iglesia de San Agustín en Varsovia, Polonia, tras la Segunda Guerra Mundial. Foto: Eugeniusz Haneman

Oliva Cachafeiro Bernal, gestora cultural y directora del Museo de Arte Africano de la Universidad de Valladolid, en el artículo La destrucción del patrimonio cultural como arma de guerra, toca el tema de los objetivos de quienes cometen estos actos: “¿Qué se pretende con la destrucción de edificios, monumentos, museos, bibliotecas o archivos? Fundamentalmente acabar con la memoria del enemigo y con su identidad colectiva e individual. El patrimonio representa la plasmación de la historia de una comunidad, refleja sus valores, creencias, experiencias, y su eliminación implica la pérdida irreparable de todo esto junto con una sensación de desarraigo e incluso orfandad emocional”.

Ante la magnitud y constancia de las pérdidas sufridas tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, comenzaron a explorarse sistemáticamente y de manera oficial mecanismos para terminar con el desastre. Entre las iniciativas adoptadas se encuentra la Convención para la Protección de los Bienes Culturales en Caso de Conflicto Armado, en 1954 en La Haya; posteriormente, en 1970, se firma una convención sobre medidas para prohibir e impedir la importación/exportación de bienes culturales, fuertemente influida por los cientos de piezas de arte robadas durante la guerra; y finalmente, en 1972, se firma una tercera convención a nivel mundial para el mismo caso. Desde un punto de vista optimista podría parecer que los humanos somos capaces de ver los errores cometidos y estamos en la busca de mecanismos para remediarlos y prevenir reincidencias, por medio de organizaciones y movimientos donde prevalezca el cuidado; desde otra óptica, puede aducirse que si ha sido necesario refrendar una y otra vez este tipo de iniciativas, es precisamente porque los actos que buscan prevenir y sancionar efectivamente se siguen cometiendo.

UNESCO Y LA CAÍDA DE MONUMENTOS

La UNESCO es quizá el ejemplo emblemático, el buque insignia de las organizaciones creadas para evitar este tipo de ataque; ha incitado a la cooperación entre Estados para tratar de impedir que los bienes sean sustraídos y terminen apareciendo en colecciones privadas o subastas. Una de sus funciones es generar una estrategia global destinada a proteger el patrimonio, para ello la organización trabaja en una lista que reúne el patrimonio del mundo. De acuerdo a su sitio oficial “actualmente, 193 países han ratificado la Convención del Patrimonio Mundial, como es comúnmente conocida, y forman parte de una comunidad internacional unida en la misión conjunta de identificar y proteger el patrimonio natural y cultural más importante de nuestro planeta. La Lista del Patrimonio Mundial incluye en la actualidad un total de mil 121 sitios (869 culturales, 213 naturales y 39 mixtos) en 167 Estados Partes”.

Es evidente que nada de esto surgió de la noche a la mañana; detrás hay un largo proceso histórico lleno de alianzas y disputas entre países, algunos en contra de ciertos puntos, otros con desconfianza en cuanto a las intenciones de los otros y alguno más a favor de poner freno al saqueo y la destrucción.

Al considerar la posibilidad de que la definición misma de cultura sea reestructurada, conviene también preguntarnos, ¿hay que reconstruir el patrimonio? ¿Es posible? Cuando un arquitecto se encarga de recrear partes faltantes de edificios significativos para regresarles el valor de antaño, ¿puede considerarse que el patrimonio ha sido reestablecido, o estamos ante un fenómeno totalmente distinto?

Un soldado estadounidense observa en una iglesia en Elligen, Alemania, las obras de arte recuperadas tras ser robadas por los nazis en 1945. Este tipo de saqueos dieron pie a la convención de La Haya en 1954 para salvaguardar el patrimonio cultural. Foto: National Archives

En relación a esto, la UNESCO menciona que “tradicionalmente, los especialistas en conservación del patrimonio cultural se oponen a la reconstrucción, ya que puede falsear el pasado y crear lugares ficticios que nunca existieron en la forma recreada. Surgida en el siglo XIX, esta corriente contraria a la reconstrucción cobró fuerza después de que Adolphe Napoléon Didron, historiador del arte y arqueólogo francés, reiterase esta máxima: 'Es mejor consolidar los monumentos antiguos que repararlos, mejor repararlos que restaurarlos y mejor restaurarlos que rehacerlos'”.

Seguro aún nos falta un largo camino por recorrer. Habrá cambios en la orientación de las políticas públicas nacionales e internacionales, surgirán nuevas formas e ideas en aras de conseguir que los monumentos prevalezcan y cesen de ser destruidos o al menos que los daños se mantengan al mínimo; en el paso también sucumbirán por diversas razones, a veces simplemente porque a las ideas también les llega su fecha de caducidad, los símbolos se reconfiguran o pierden sus significados originarios.

El discurso de la UNESCO apunta a preservar monumentos que han estado en pie durante décadas, siglos incluso, y que encierran un gran valor cultural para ciertos grupos o naciones. La iniciativa es fundamentalmente noble y bien intencionada; sin embargo, y por lamentable que sea, también es difícil de ejecutar. Lo más probable es que volvamos a ser testigos de la destrucción de sitios importantes. Los cambios en la concepción del mundo, lo que merece ser recordado y de qué manera debe recordarse, son inevitables; es parte del desarrollo de la humanidad hacerse, destruirse y reconstruirse.

El auge, decadencia, caída y levantamiento de civilizaciones y culturas a lo largo de la historia nos permite dos reflexiones importantes: la primera tiene que ver con la capacidad y poderío bélicos y destructivos que ha desarrollado el hombre; la segunda, un poco menos dramática, está relacionada con sus aptitudes para generar conciencia y cambiar el rumbo de la historia, proponer estrategias y llegar a compromisos que intentan evitar la repetición de hechos lamentables.

Por eso es que en estos rubros se han creado organizaciones que velan por el mantenimiento y conservación de monumentos históricos. No debe obviarse que esa misma toma de conciencia ha llevado a cuestionar lo que es y lo que no debe ser considerado patrimonio histórico y cultural. El derribo de estatuas en el contexto de protestas sociales, sin importar si se está a favor o en contra de los hechos, refleja una preocupación y un debate reales que cuestionan si se debe defender el valor histórico de figuras en honor a personas que causaron miles de muertes y cuyos actos, en muchos casos, siguen afectando el presente.

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