Daniela Ortiz: voz artística que denuncia
Arte

Daniela Ortiz: voz artística que denuncia

Arte conceptual y crítico

A inicios de agosto de 2020 comenzó a circular la noticia de que la artista peruana Daniela Ortiz había salido precipitadamente de España, país donde recidía, debido a una campaña de amenazas y ataques xenófobos a través de redes sociales y de forma privada. El grueso de su obra se compone de críticas sobre temas como la migración y el racismo. ¿Qué habrá sido tan imperante en su discurso para ser respondido con esta orda de agresiones?

El filósofo, esteta y crítico de arte español Fernando Castro, en una mesa redonda sobre arte político, añadiría que el regreso de Ortiz a Latinoamérica hace posible una consolidación política aún más intensa de su obra, ya que logró estremecer el racismo arraigado desde los cimientos en los españoles.

SALIDA DE ESPAÑA

Daniela Ortiz es originaria de Cusco, Perú, y estuvo afincada en Barcelona desde el 2007. Entre su formación está el programa de estudios completos Soma 2001, en México. Estudió artes en la Pontificia Universidad Católica de Perú los primeros cuatro años de su carrera y se graduó en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona. También estuvo en el Instituto Charles Chaplin de Cine y Televisión en Lima, e hizo estudios de pintura con la maestra Claudia Cuzzi.

Su trabajo se ha decantado por utilizar el performance y la instalación, así como la pintura y fotografías, textos con mensajes satíricos e incluso libros infantiles. Su obra es de corte conceptual y por lo tanto utiliza diferentes disciplinas. En cuanto a temática, gira en torno al espectro de la política actual. En su haber ha tocado temas como la migración, la nacionalidad y lo que esta implica, el trabajo, las diferencias entre clases sociales y también cuestiones en torno a la inequidad de género.

Daniela Ortiz vivió en España por 13 años y, desde 2009, milita de forma activa en el Movimiento Antirracista, por lo que sus proyectos se centran principalmente en la denuncia contra el sistema colonial. En sus propias palabras, un sistema que tiene vejos del colonialismo con el que se formaron los países actuales y en el cual aquellos que se han visto beneficiados por dicho periodo mantienen políticas discriminatorias y racistas.

Foto: 20minutos.es

Parte del trabajo que realizaba en mayor medida antes de las amenazas, tanto a nivel de investigación como artístico, denuncia la presencia de monumentos que reivindican a figuras coloniales, tales como Cristobal Colón o Joan Güell en Barcelona, pero también en las calles de países latinoamericanos.

Presumiblemente, la controversia inició a partir de su aparición en programas de televisión donde hablaba sobre este tipo de estatuas. Tras su participación en el programa televisivo Espejo Público, dirigido principalmente a una audiencia de ideología política de derecha, comenzó a recibir insultos y amenazas.

Para Daniela Ortiz, estos monumentos sustentan un racismo institucional y que permite la persecusión y deportación de personas que provienen de las antiguas colonias. La expresión más extrema de este fenómeno es la desaparición de migrantes y otros tipos de violencia.

Este tipo de estatuas, para los movimientos decoloniales, tienen un rol político específico, pues son utilizadas por grupos de derecha, como el partido español Vox, para reunirse. 1492: un nuevo mundo se convierte en un programa de Cs, PP y Vox para enaltecer la conquista del continente americano como una hazaña científica y técnica.

Es en este contexto que Daniela Ortiz recibe una amenaza distinta a las demás, con más atisbos de una planeación en forma. Incluso descubre, gracias a sus compañeros del Movimiento Antirracista, un hilo de Telegram en que un grupo de extrema derecha incita a acusarla de terrorismo ante las autoridades españolas.

Según la artista, este fue el motivo de su huida, puesto que existen antecedentes en España de criminalización policial motivados por este tipo de grupos, tales como el caso Infancia Libre, Pandora o el de Helena Maleno, defensora de derechos humanos y activista que denuncia trata de personas, un caso de persecución política que tuvo apoyo internacional.

Daniela hizo un performance anticolonial en una tienda de chocolates de lujo. Foto: Flickr / Golden International Distribution

UNA OBRA DE CONTRASTES

En 2009, Ortiz realizó un performance en que su compromiso social la llevó a trabajar 40 horas en una tienda de dulces españoles de lujo. A continuación, robó tres láminas de oro de 24 quilates y uno de los dulces en su horario de trabajo, recubrió el dulce de oro y se lo comió el Día de la Hispanidad.

La artista explicó que el cacao es uno de los productos obtenidos de la conquista, y que los nombres que la tienda utiliza para sus productos más finos son alucivos a este periodo histórico. Un ejemplo es el chocolate Guanaja, una isla de Honduras donde estuvo Cristóbal Colón. Este dato podría parecer una curiosidad cualquiera o una especie de broma pesada, pero la artista notó este tipo de peculiaridades, sumándose el hecho de que a estos productos de lujo se les añade oro, también extraído de los países conquistados.

Lo que se presenta como común para las clases sociales a las que se dirigen los dulces, se convierte en una clara referencia a la conquista y al impulso económico que implicó este periodo para Europa. En la dulcería, esta riqueza se representa con una especie de derroche simbólico, puesto que el oro en los chocolates se come sin aportar ningún nutriente ni sabor.

En un video instalación titulado Jus Sanguis (derecho de sangre) realizado en 2016, Ortiz hace referencia a la forma en que se otorga la nacionalidad española si hay de por medio sangre española, con lo que se adquiere el derecho a la filiación biológica y adoptiva. En su performance, la artista organizó una transfución de sangre de un ciudadano español mientras estaba embarazada de cuatro meses, con lo que su hijo trascendió, según la página de la artista, las fronteras nacionales. La sangre es el medio para representar la violencia que implican las leyes de inmigración.

Ortiz trabaja además con objetos intervenidos, como un complejo de juegos infantiles compuesto por una resbaladilla y columpios al que tituló Walter. A través de él realiza una búsqueda sobre los procesos de naturalización, institucionalización de la violencia y la manera racista, clasista y patriarcal en que operan los organismos responsables de retirar la custodia de menores. Incluso denuncia a los implicados en el mal tratamiento del caso de Walter, un niño que cayó de uno de estos juegos, tras lo cual se demandó por maltrato a sus padres, quienes perdieron la custodia.

Walter (2019). Fotos: angelsbarcelona.com

A continuación, los padres ganaron el juicio y demostraron que no habían maltratado al niño, pero las instituciones públicas decidieron no devolverlo, puesto que se encontraba bajo la custodia de una familia con mayores ingresos y de tez blanca. Esta denuncia se convierte en universal cuando se muestra que este tipo de situaciones se repiten y que, además, hay casos como los denunciados por la organización Next Generation, de niños guatemaltecos adoptados por familias estadounidense que les cambian el nombre para borrar su origen.

Daniela Ortiz, desde su lugar en las artes, decide hacer denuncia y trabajar en temas sociales, pero no únicamente hace hincapié en lo más palpable, sino en las raíces de estos problemas, mismas que perpetúan acciones y actitudes que no se ven tal cual como racistas.

La intención de ella y de los movimientos que tratan actitudes de naturaleza colonial, es mover los cimientos de una cultura que ha sustentado sus bases en la explotación y el abuso y, por tanto, mirar al pasado se puede traducir en cambios reales y más casos de justicia. Pero para esto es necesaria la indignación, el malestar que le ha hecho cambiar de país y que revela cuán profundo es el problema.

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