Con mi general Zaragoza
Nuestro mundo

Con mi general Zaragoza

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Marché bajo una de las banderas del general Ignacio Zaragoza; una de las que cayeron ante el invasor ejército francés en 1862; una de las que antes de ser abatidas ondearon en las batallas de la infantería, la caballería y la artillería del Ejército de Oriente comandado por el héroe del 5 de mayo. Marchar con el estandarte patriótico me inyectó el orgullo quizá pueril del niño de la escolta en la escuela primaria.

Pero irrigaba mi cuerpo y henchía mi orgullo un nacionalista espíritu juvenil. Mis veintidós años iban ataviados con uniforme militar de media gala. Prácticas y entrenamientos habían sudado los prestigios de gala y de campaña, habían inutilizado botas y zapatos antes del 5 de mayo. De todos modos íbamos de parada.

La disciplina cuartelaria y las potreadas furtivas me habían templado para sufragar el costo de disfrutar el orgullo de ir bajo la bandera de Zaragoza y Juárez; de toda la valiosa camada juarista que con honestidad y habilidad conducía la nación enfrentada a la garra imperialista que era el afamado ejército francés reputado como invencible.

El espíritu genitor de mi orgullo de marchar con la ondeante bandera del Ejército de Oriente del general Zaragoza tal vez fuera igual que el de los soldados a quienes se refiere el general en una carta al presidente Juárez, donde le dice: “hoy me encuentro a la vista del enemigo extranjero con un puñado de valientes dignos de mejor suerte; todos desnudos, muertos de hambre y que no será remoto sucumban; aunque fío mucho en su bravura y entusiasmo”.

El Ejército de Oriente del general coahuilense era enjuto como fuerza militar y estaba conformado por individuos magros y famélicos, además de estar mal armados. Sobre los refuerzos que le llegan dice que están casi a pie “y en cueros”. Para agravarlo, era el del general Zaragoza un ejército con la mitad de novatos, un ejército popular improvisado, al que arenga: “Los libres no conocen rivales, y ejemplos mil llenan las páginas de la historia de pueblos que han vencido siempre a los que intentaron dominarlos.”

Existía, entonces, motivo para enorgullecerse al llevar la gallardía bajo una de las banderas de aquel ejército, como lo hice; como lo hicimos todos los de la escolta. Allí íbamos garbosos con el estandarte que flameaba por las calles de Puebla bajo el sol del 5 de mayo. Marchábamos insuflados por el ánimo del pueblo que vitoreaba y aclamaba y se acercaba quizá de más a la columna porque, no sólo una vez, el fusil siete milímetros embrazado o al cambiarlo de hombro, golpeó con la culata; su bayoneta rozo cuerpos humanos; el tacón marcial se clavó en algún pie.

Ahora bien, dije que marché bajo una de las banderas del ejército del general Zaragoza. En ello no hay ficción ni metáfora. El hecho es real, el tiempo no. La irrealidad del tiempo coloca el hecho en su dimensión verdadera. Pero literalmente marché con una de las banderas del Ejército de Oriente. Lo explico.

Durante la intervención francesa las tropas invasoras arrebataron varias banderas mexicanas. Secuestradas cruzaron el Atlántico. En un gesto amistoso, Francia las devolvió antes del 5 de mayo de 1962. Ondearon en el desfile del Centenario de la batalla victoriosa por las calles de Puebla. Con galones de sargento segundo marché como comandante de la escolta de una de aquellos lábaros. El abanderado era un oficial. Yo comandé la escolta de alumnos de la escuela militar.

En el aniversario de la muerte del general Ignacio Zaragoza, el 8 de septiembre de 1862, cuando contaba sólo 33 años de edad, el mismo año de su gran triunfo antimperialista, cultivo este recuerdo brillante de unos de mis años oscuros, la evocación de haber marchado con una bandera del Ejército de Oriente el 5 de mayo de 1962. Es un recuerdo que destella sordamente en mi caverna cerebral.

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