Cultura de la cancelación
Reportaje

Cultura de la cancelación

Los matices de la censura contemporánea

Emmanuel Cafferty, trabajador estadounidense e hijo de padres mexicanos, fue abordado por un transeúnte enfurecido mientras se movía en uno de los vehículos de la empresa en la que trabajaba. Cafferty no comprendió lo que pasaba. La razón del enojo del sujeto era la posición que tenían los dedos de la mano del trabajador, pues supuestamente se trataba de una señal racista que fue exhibida en el portal web 4chan.

La foto de la señal, donde también se veía el logo de la empresa rotulado en la puerta de la camioneta, se extendió por redes sociales. La publicación llegó a los ojos de los jefes de Cafferty, quienes decidieron despedirlo.

Después se aclaró que la señal en cuestión no era más que una forma en que el empleado descansaba los dedos, sin ninguna intención racista. Los usuarios de 4chan admitieron que el uso de ese gesto no era específicamente racista y el responsable de la publicación prefirió decir la verdad: que no estaba seguro si Caffetty la hacía con mal propósito. Las aclaraciones, sin embargo, no cambiaron la situación del perjudicado.

La tendencia reciente de castigar acciones o callar voces que dejan relucir contravalores de la cultura actual, como el sexismo, la homofobia o el racismo, se refleja no sólo en casos aislados como el mencionado, sino en las estrategias que emplean las empresas de diversos rubros para mantener a sus clientes, alejándose de una polémica innecesaria que desvirtúe la imagen de la compañía.

Para ellas y para los medios de comunicación, la opción que queda es un intento por no ofender a nadie. Es decir, buscan una máscara de corrección política bajo la cual seguir defendiendo sus intereses. Así, muestran apoyo a las minorías en su publicidad mientras en otro escenario explotan a sus empleados y se benefician del trabajo infantil.

EN EL OJO PÚBLICO

La indignación masiva ante una mala imagen suele afectar a figuras públicas, como los directores de cine Woody Allen o Roman Polanski, quienes han sido parte de escándalos relacionados con abuso sexual. La hija adoptiva de Allen lo ha señalado reiteradamente, desde 1992, de haber abusado de ella. No existe un juicio legal que dé seguimiento al caso, pues las investigaciones determinaron en su momento que el cineasta era inocente, sin embargo, sí hay testimonios de implicados. Polanski, por su parte, fue denunciado en 1977 por mantener relaciones sexuales con una menor de edad. En ambos casos, la imagen de los acusados resultó manchada, aunque pudieron continuar sus carreras sin mayores problemas.

Woody Allen y Roman Polanski. Foto: EFE / Intervenida por Hessie Ortega

Cabe mencionar que cuando se desataron los escándalos mencionados, no había Internet y las noticias no corrían como reguero de pólvora. Tal vez si las acusaciones se hubieran hecho en la actualidad, ambos directores hubieran tenido mayores problemas para seguir trabajando en la industria del cine, como ocurrió más recientemente con los actores Morgan Freeman y Kevin Spacey, también relacionados con acoso sexual. En el primer caso no hubo consecuencias jurídicas y, según el periodista Tomoo Terada, hubo evidencias fabricadas por la reportera de CNN Chloe Melas, a quien acusó de ser racista.

Las represalias contra Spacey fueron más allá del enojo de personas en redes sociales. En 2017 fue acusado de comportamiento sexual inapropiado, incluyendo supuestos intentos de violación, por más de treinta personas. De inmediato fue expulsado de la exitosa serie de Netflix House of Cards, donde interpretaba el papel protagónico. También fue removido del reparto de la película All the money in the world, se le retiró un premio Emmy y el Old Vic’s Theatre de Londres, donde fungía como director artístico, inició una investigación en su contra. Además, su agente, su publicista y en general todo trabajador de Hollywood, se deslindaron de cualquier relación con él. Nadie quería ser asociado con alguien que arrastraba cargos de abuso sexual.

Sin embargo, en 2019, cuando el tema ya no estaba en boca de todos, se suspendió el juicio en su contra al fallecer el demandante, el joven hijo de un periodista. Entonces, ¿se puede hablar de una justicia real? ¿O se trata simplemente de personajes y productoras de Hollywood cuyo único interés es desechar a las figuras incómodas para limpiar su imagen y seguir ampliando su mercado?

CANCELACIÓN E INMEDIATEZ

Se le llama cultura de la cancelación al fenómeno de ‘desaparecer’ a las personas o productos considerados indeseables. Es un tema que obsesiona a los medios, generando escándalos y reestructurando los códigos éticos en la comunicación. El motivo principal de esta acción, parece ser la presión que ejercen los consumidores para establecer medidas más duras contra lo socialmente inadecuado. Sin embargo, carga con un componente visceral y fortuito.

También conocida como call-out culture, describe una forma de boicot, una reacción por la cual se deja de hacer publicidad o consumir un bien por razones principalmente éticas. El castigo se convierte en una expulsión de los círculos sociales o profesionales, tanto en el mundo virtual como en el real.

Ilustración: Hessie Ortega

Cancelar: dejar sin efecto o valor. Es una estrategia que se asemeja más a una reacción apasionada por parte del público afectado, ofendido, o que reprueba acciones u opiniones cuestionables. Los señalados suelen ser celebridades porque, debido a su posición de figuras públicas, se espera que actúen conforme a ciertos criterios sociales.

Este boicot cultural, llamado así por Lisa Nakamura, profesora de estudios medios en la Universidad de Michigan, priva al señalado de la atención que recibía y, en muchos casos, de su medio de sustento. Es por eso que se ha denominado también linchamiento digital.

El público que consume un contenido pide no recibir burlas y mucho menos comentarios de odio hacia su condición social, a su raza o género. Por lo tanto, solicita la cancelación de quien ha cometido este acto. En muchas ocasiones, se trata de un error simple o de una falta de empatía que, sin embargo, las exigencias morales actuales no perdonan.

Según la ley de Moore, consistente en la observación y proyección de una tendencia histórica, la capacidad informática se ha duplicado cada dos años desde 1970, lo que propicia el intercambio inmediato de información. Si bien tiene ventajas técnicas, el efecto en el comportamiento humano es problemático.

Los fenómenos de la web se caracterizan precisamente por la inmediatez y por la posverdad, llamada también mentira emotiva debido a la sensación de bienestar que produce reafirmar los propios sentimientos, incluso bajo argumentos sin fundamento. En este sentido, la cancelación provee un alivio rápido. Es emotivo porque se trata de una reacción que se distancia de la razón y del análisis de la realidad.

Quienes son cancelados, con o sin razones válidas, se quejan e intentan defenderse. Mientras tanto, los partidarios de su cancelación están contentos por la respuesta rápida contra aquello que contradice los valores que hoy se defienden de forma acérrima. Pero la inmediatez se caracteriza también por el rápido olvido.

El cancelado, más si se trata de un famoso, pierde contratos debido a la mala fama que propicia para otros involucrados, pero pronto podría estar presente en la vida pública, de una u otra manera. Si no quiere volver a estar en el ojo fúrico del espectador, cuidará su imagen y sus palabras. El evento controversial, si bien habrá resonado debido al escándalo, tarde o temprano se olvidará.

Emmanuel Cafferty. Foto: gofundme.com / Intervenida por Hessie Ortega

La cancelación cumple la doble función de moldear la opinión pública y mantener satisfecho al espectador. Pero a su paso deja una estela de casos donde no existe una justicia real, sino decisiones tomadas desde la emotividad que pueden arruinar las vidas de algunos inocentes, como el ya mencionado caso de Cafferty.

LA CULTURA CANCELADA

La cancelación ha permeado, además, algunos productos culturales. En el marco de las protestas por el asesinato del afroamericano George Floyd en manos de un policía, la novela Cómo matar un ruiseñor (1960), de Harper Lee, entró a la lista de censura: fue retirada como lectura para los planes de estudio de octavo grado en Biloxi, Mississippi.

La razón fueron las quejas de los padres de familia debido a los insultos raciales que contiene el libro, siendo que en realidad la novela denuncia el prejuicio y el racismo en el ejercicio del poder jurídico.

Asimismo, la plataforma de streaming HBO Max decidió retirar la película Lo que el viento se llevó de su catálogo. Esta vez el motivo no fue el descontento del público, sino una columna de Los Angeles Time, en que el guionista John Ridley criticaba el filme por supuestamente glorificar la esclavitud. El escritor pidió directamente que fuera retirada, y así se hizo.

Pero la plataforma, luego de esto, comunicó que la devolvería al catálogo con una explicación que la situara en su contexto histórico y denunciara sus elementos racistas, sin modificar su contenido original.

LUCHAS SOCIALES Y JUSTICIA

Lo cierto es que en numerosos países, en general, reina la impunidad y un clima de desconfianza hacia las autoridades. El privilegio de algunos es muchas veces un factor que posibilita los abusos. La escritora estadounidense Camonghne Felix, ganadora del National Book Award en 2019, asevera que la cancelación es una forma en que las comunidades marginadas afirman públicamente sus valores a través de la cultura pop.

El fenómeno es comprensible en el contexto actual, pero es preocupante en la medida que deja la justicia en manos de una turba enfurecida. No obstante, el rechazo a la cancelación puede ser utilizado como estandarte por aquellos que defienden puntos de vista anacrónicos y deleznables (racistas, xenófobos, machistas, etcétera), por lo que guarda un debate intenso sobre lo permitido, lo censurable e incluso se cuestiona si su práctica va contra el ejercicio de una libertad de expresión que, por irónico que parezca, sigue atacando a las voces históricamente acalladas.

Escena de Lo que el viento se llevó. Foto: cnbc.com

El siglo XXI es problemático y complejo. Se ha calificado por distintas ideologías como un tiempo en que rige una sociedad del cansancio, de la impotencia e incluso de la infantilización, donde se asiste a una discusión desenfrenada que se convierte en mera ridiculización de la opinión contraria.

La cancelación es utilizada por cada usuario de redes sociales para silenciar aquellas posturas que no comparte, y se traslada a las políticas seguidas por los medios de comunicación y los gobiernos.

Esta cultura hace pensar si estamos o no dispuestos, como sociedad, a comunicarnos como aldea global; o si existe la posibilidad de que, después de todo, la capacidad de debate pueda estar en deterioro.

El problema de esta época es una cantidad tan vasta de información que se vuelve difícil corroborarla. En el torrente cualquier persona puede publicar su opinión y el peso que esta tiene es determinado, en muchas ocasiones, por el número de seguidores y no tanto por la solidez de sus argumentos. Ante este panorama, es posible pensar que existe una libertad de expresión inusitada, lo que en parte es cierto. Pero para que esto ocurra, la censura debería estar disminuida.

Para el periodista español Juan Soto Ivars, autor de Arden las redes (2017), la censura sólo ha mutado. El escritor acuña en este libro el término post censura para llamar al fenómeno que surge en dos modalidades: la autocensura y la censura que se aplica entre usuarios de Internet.

Todo es producto de las preocupaciones actuales que cada vez reafirman con más fuerza que, lo que afecta a un colectivo, puede afectar a los demás. La individualidad se rompe varias veces al mes o a la semana.

Como afirma el escritor Vicent Gambuto para el sitio web Medium: hay problemas que se ignoran todos los días “no porque seamos personas terribles o porque no nos importa solucionarlos, sino porque no tenemos tiempo”.

Seguramente se siente preocupación por un sinnúmero de noticias alrededor del mundo, pero es necesario seguir con la vida aunque sea con la constante idea de que todo puede salirse de control. Tal vez de ahí surge el rápido olvido de los escándalos en los medios.

Tras las declaraciones de John Lennon diciendo que el grupo The Beatles era más popular que Jesucristo, una horda estadounidense quemó discos y mercancía de la banda. Foto: rollingstone.com

HISTERIA COLECTIVA

La historia, en una mirada simplificadora, es la siguiente: surge la cancelación como nuevo fenómeno y con ella surgen nuevos miedos. Quienes tienen comportamientos por lo menos criticables, sienten que se les ha quitado una libertad. Sería el caso de un neonazi que se molesta cuando le prohíben dar discursos de odio en un espacio público, por ejemplo. Los más sórdidos defensores de la libertad de expresión, tienen miedo a ofender a alguien que antes se quedaba callado y por tanto no había una consecuencia.

Cabe aclarar que con esto no se defiende la cancelación en sí, pues muchas veces es una reacción que no atiende al principio de proporción (es decir, no castiga de manera proporcionada a la falta). Pero lo cierto es que, mientras un sector se siente con derecho a atacar, otro se siente con la facultad de generar una consecuencia.

De cualquier forma, contrario a la opinión que se tiene al respecto, la cancelación no es un fenómeno completamente actual. En su momento, John Lennon declaró que el grupo The Beatles era más popular que Jesucristo. Esto provocó que, al llegar la noticia a Estados Unidos, resultara en una reacción furibunda en la que se quemaron discos y se cancelaron presentaciones de la banda en el país.

Otro ejemplo dentro del mundo de la música es el declive del género disco, que fue boicoteado por los fanáticos del rock en 1979. Mediante el acto de quemar álbumes de esta música durante el medio tiempo de un partido en el estadio de los White Socks, en Chicago, intentaban defender al rock para que resurgiera de entre los ritmos hechos únicamente para bailar.

Hubo personas que asistieron al evento movidas por el racismo. La música disco provenía de afroamericanos y caribeños, quienes fueron vistos como los culpables de desvirtuar la música. El suceso coincidió con el declive del género, por lo que se puede incluir como un ejemplo de cancelación en otra época.

Contrario a lo que se cree, en la actualidad esta forma de censura no proviene únicamente de los sectores inclusivos que buscan soluciones (en ocasiones superfluas) a problemas sociales como la homofobia o el racismo, sino también de los conservadores.

En 2018, por ejemplo, el empresario Elon Musk decidió fumar marihuana en el programa de Joe Rogan, lo que le costó cinco millones de dólares que fueron retirados de las inversiones de su compañía Space X. Por otra parte, cabe mencionar que aún no ha tenido una cancelación tan sustanciosa tras el descubrimiento de explotación laboral en sus empresas, publicado por Business Insider.

Elon Musk fumando marihuana en el programa de Joe Rogan en 2018. Foto: hipertextual.com

LA COMEDIA DE ABAJO HACIA ARRIBA

El humor también ha sido víctima de la cancelación. El caricaturista John Callahan hizo una tira cómica en la que tres policías, montando a caballo en una persecución, encuentran una señal de que el fugitivo que siguen está cerca: una silla de ruedas. El diálogo de uno de ellos es: “No se preocupen, chicos, no puede ir muy lejos”. La tira fue señalada de indolente por varias personas, quienes ignoraban que, de hecho, Callahan es parapléjico y hace comedia de su situación.

El comediante y guionista Dave Chappelle es un afroamericano conocido por su humor ácido. Algunos de sus chistes hablan sobre la sistemática brutalidad policial en contra de los negros. Así, interpreta sobre el escenario un enfrentamiento con disparos y, cuando el policía mata al afroamericano, hace el ademán de esparcir cocaína en el cuerpo para simular un pleito de pandillas.

Por su parte, el comediante estadounidense Bill Hicks, en uno de sus shows de stand up, habló sobre quemar la bandera de su país. Tomando el papel de un defensor del patriotismo ofendido por tal acción, señaló: “Mi padre murió por la bandera”. “¿En serio?, yo compré la mía”, respondió. Concluyó su presentación afirmando que la bandera es un pedazo de tela que debería representar la libertad, lo que le da permiso de quemarla.

Por supuesto que si mientras estás peleando por tu país sales herido, es una tragedia terrible. Pero tal vez si tomas un arma y vas a otro país y recibes un disparo, no es tan raro.”, dice Louis C.K. en uno de sus chistes. “Si te dispara el sujeto a quien estás apuntando con tu arma, tal vez es un poco tu culpa”.

Todos ellos utilizan humor negro que puede ofender a algunas personas, pero lo que los distingue es el código ético con el que realizan su comedio. Atacan, por así decirlo, a creencias y valores del status quo cuestionables.

La revista de noticias satíricas The Onion, abordó de forma humorística el atentado del 11 de septiembre de 2001, sin hacer burla de las víctimas pero sí de la situación política derivada del suceso. La idea de hacer comedia hacia los políticos, gobernantes o ricos en vez de dirigirse hacia minorías ya de por sí pisoteadas, fue cobrando más adeptos a partir de entonces, aunque el humor ya hacía esto desde antes.

Según el crítico social Lenny Bruce, la sátira es tragedia más tiempo. No hay en realidad límite de temas, pero sí cierta distancia y empatía hacia los afectados por el asunto a tratar. Además de que, bien utilizada, puede ser un arma contra los vicios de instituciones y gobiernos. De abajo hacia arriba se puede propagar el pensamiento crítico, mientras que al revés se estanca en la comedia fácil.

“No se preocupen, no puede ir muy lejos”. Caricatura de John Callahan. Foto: nyt.com

El escenario a evitar ante todo es aquel en que se reprime por completo la libertad de expresión. El semanario satírico francés Charlie Hebdo, fue atacado después de su crítica hacia el islam, que fue respondida con un tiroteo a sus instalaciones en 2015, dejando a 12 muertos e hiriendo a otras 11 personas.

IZQUIERDAS O DERECHAS

Opiniones cercanas al libro La trampa de la diversidad, que exponen que no se le puede dar gusto a la variedad de personas que consumen un medio, pueden tener razón en el sentido de que se han ampliado los espectadores a los que se dirigen los medios masivos.

Pero esta línea de pensamiento suele desembocar en la idea errónea del llamado “marxismo cultural”. Según esta teoría, se está forzando a los individuos a aceptar la diversidad social (distintas nacionalidades, religiones, orientaciones sexuales, etcétera) por la vía de los medios, y se cree que esta inclusión con tintes político-sociales, tiene su principal inspiración en el marxismo y la escuela de Frankfurt.

La debilidad de la idea está en afirmar que las diferentes luchas sociales de la actualidad tienen un mismo origen socialista. El psicólogo canadiense Jordan Peterson, por ejemplo, considera que el marxismo, junto con la filosofía posmoderna de autores como Jaques Derrida, ha propiciado el clima actual de pugna por la equidad.

De esta manera, la insistencia de la inclusión de minorías puede hacer pensar en conspiraciones que preveen un mundo en que los heterosexuales, los hombres y las personas de origen caucásico se conviertan en los nuevos grupos sociales sometidos. Los privilegios que tienen no son percibidos porque han nacido con ellos y pueden sentir que se les están quitando derechos, sobretodo si no se tiene una buena perspectiva histórica. Pero la realidad es otra: simplemente se busca la participación de cuantos individuos se pueda en el mundo del consumismo, para seguir sosteniendo al sistema capitalista.

Es decir, es más posible que el tema de inclusión en la cultura popular y los medios masivos provenga del sistema económico predominante. Aunque los cambios sociales e ideológicos llevan décadas ocurriendo, el fenómeno en cuestión se trata, llanamente, de una consecuencia del libre mercado. Los consumidores buscan, en los productos que adquieren, una mejor representación de lo que los distingue, sea raza, género u orientación sexual.

La cancelación suele ligarse a sectores inclusivos que buscan evitar la discriminación mediante lo políticamente correcto, pero también los grupos conservadores la ponen en práctica. Foto: Behance / Catalina Vásquez

El mercado, siempre en movimiento, no puede ignorar las reglas de la oferta y la demanda. Los cambios sociales no hacen únicamente que el consumidor busque mayor variedad de personajes en las películas y series que ve, sino que tengan roles más importantes en las tramas de cine y televisión, y que se haga cada vez menos burla de quienes han sido pisoteados a lo largo de la historia.

Se trata de una mayor conciencia social, pero que está siendo absorbida rápidamente por el capitalismo. Este atiende a la exigencia para complacer a sus consumidores, quienes abogan por rasgos fuertemente éticos.

Cada vez que existe un escándalo respecto a la cancelación, las empresas suelen reaccionar alejándose de la mala fama. La marca de ropa Calvin Klein fue tendencia por sus esfuerzos hacia la inclusión al contratar a una modelo transexual, afrodecendiente y de talla más grande que las modelos habituales. En este caso, un análisis simple podría ser que el contrato fue hecho con el fin de generar controversia o aplausos, lo que en ambos sentidos funciona para la marca.

Sin embargo, estas estrategias de mercadotecnia podrían estar desviando la atención de faltas más profundas cometidas por grandes compañías. Según la red de organizaciones no gubernamentales Campaña Ropa Limpia, Calvin Klein y muchas otras transnacionales como H & M, Carrefour o Tommy Hilfiger, se sirven de fábricas baratas e inseguras en países como Bangladesh y Etiopía. En ellas hay alrededor de 700 accidentes laborales al año y se pagan alrededor de 26 dólares por mes, algunos de los salarios más bajos en el mundo.

Puesto que el consumidor quiere tener la conciencia limpia, preferiría no apoyar con su compra productos elaborados mediante la explotación de trabajadores o el abuso de autoridad; sin embargo, la publicidad amigable parece tener mucho más impacto que las turbias acciones de las grandes firmas. Ubisoft, empresa encargada de diseñar videojuegos, no ha bajado sus ventas a pesar de que se ha denunciado un entramado de acoso sexual y violación en sus instalaciones.

La reacción y el consumo responsable del público podría ser muy positivo, pero no se puede dejar pasar que las marcas se adaptan y pueden utilizar cualquier fenómeno a su favor. En el caso de la cancelación, reaccionan junto con el usuario, creando un clima de apoyo a causas sociales que se convierte en un escaparate atractivo.

Jari Jones, modelo de la polémica campaña de Calvin Klein. Foto: medium.com Foto: cnn.com

CRÍTICAS A LA CANCELACIÓN

Para el filósofo Baruch Spinoza, se puede reprimir o limitar la libertad de expresión, pero no la libertad de pensamiento. Y ese es precisamente otro de los peligros de la cancelación: mientras que con ella se puede controlar la circulación de ideas nocivas, se genera un clima en que los pensamientos no expresados siguen flotando aunque no sea posible verlos.

En ¿Esas personas que intentamos cancelar? Están pasando el rato juntos (2019), se habla precisamente de que segregar a quienes se consideran reprobables, únicamente hace que formen grupos para fortalecerse. Esto coincide con una idea del filósofo francés Georges Didi-Huberman: se están construyendo cada vez más muros entre las personas.

Al respecto, se publicó en la revista Harper una carta abierta que defiende el libre debate, firmada por personalidades tan diversas como el filósofo Noam Chomsky o el politólogo Francis Fukuyama entre sus 150 participantes.

MUNDO CANCELADO

La cancelación proviene de distintos lugares y no es posible afirmar que sea parte de un único factor generacional o ideológico.

Lo cierto es que, si bien la cancelación es un problema estructural que no proviene de una sola fuente, su forma difiere según sea la ideología del grupo afectado. Los sectores inclusivos tienden a atacar más las actitudes de la vida real, mientras que suelen rechazar la censura a productos culturales, lo que da paso a otra cuestión: separar al creador y sus acciones, de los productos de su creatividad.

Desde la visión actual, muchos de los artistas y generadores de productos culturales importantes podrían ser descalificados, lo que decanta en una mirada crítica a la producción que realizan, que de hecho puede enriquecer y generar debate. Tal es el caso de la misoginia de Pablo Picasso o el racismo de Paul Gauguin.

El mundo fue hecho por civilizaciones que se pisotearon los unos a los otros, y los museos se han criticado por albergar objetos robados de otras culturas, tal como se describe en Cuando las estatuas mueren (1953) de Chris Marker.

Pero no es posible un mundo donde se cancela la cultura como consecuencia de estándares éticos, debido a la naturaleza explosiva e inmediata de las redes sociales. La realidad es que el debate enriquecedor debe buscarse en otros espacios, ya que los comentarios en Facebook, Twitter, YouTube o cualquier otra red, no suelen favorecerlo.

Foto: campaignasia.com

Es innegable que la cancelación está en voga y los medios quieren hablar de ella para obtener visitas y popularidad. Por lo que la histeria se dispara con comentarios aislados, que distan de una búsqueda de la censura, contra shows de televisión u otros productos.

Tal vez el lector no deba temer demasiado a que su banda o su programa de televisión favoritos sean cancelados. Este podría ser un síntoma de que se prefiere poner atención a la libertad de consumir en vez de fijarse en el contexto sociocultural que se vive. Como ya se mencionó, si no se trata de mayores ventas, es poco probable que una empresa cancele sus propios productos.

La cancelación responde a la necesidad de consumir sin remordimiento, pero también está encubriendo los problemas reales y haciendo que quienes cancelan puedan situarse en un mayor estándar moral. El equilibrio puede estar entre una búsqueda del consumo responsable acompañado de un mayor principio de la proporción y un sentido crítico agudo. Si es así, se favorecerá la discusión y el debate que parecen muertos en la época de la Internet.

Es tentador aprovechar la cancelación para emitir campañas en contra de opiniones nocivas, pero en ese camino se cede a que esa misma censura pueda ser utilizada en contra de toda la variedad de opiniones.

El efecto Streinsand describe un fenómeno de Internet en que un intento de censura, por le contrario, genera una mayor divulgación y visibilidad de aquello que se considera incorrecto. Cerrar el consumo propio es una decisión, pero llamar a la cancelación masiva sólo genera armas para los castigados.

Así, una forma de atacar las opiniones racistas u homofóbicas es empleando la misma libertad que utilizan ellos para expresarse. Usar la cancelación para cortarlas de tajo, es alimentar una censura que podría volverse en contra de cualquier otra expresión.

Existe la idea de que la actualidad no puede llamarse “el mejor de los mundos posibles”, como diría el filósofo Gorrfried Leibniz; lo cual no es una novedad, al menos no para quienes no creen en soluciones mágicas.

Pero no se trata de un pesimismo sin salida. De hecho, reconocer lo que está mal en el mundo es una especie de impulso hacia una justicia que se vislumbra y que, se crea o no, se busca cada vez con mayor constancia.

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