Las soldaderas
Opinión

Las soldaderas

Miscelánea

Popular entre la tropa era Adelita 

la mujer que el sargento idolatraba 

porque a más de ser valiente era bonita 

y hasta el mismo coronel la respetaba.

Así nomás, sin nombre ni apellido, como soldaderas las reporta la historia, y si tenemos un vaga idea de lo que ellas fueron, es por las fotografías de la época donde aparecen en grupos: pobres, tristes, maltratadas. Todas eso sí, con su bandolera terciada y dispuestas a la lucha. De las pocas que conocemos por su nombre (más personaje mítico que real) es Adelita, la mujer que el sargento idolatraba; y que según cuenta la leyenda, era una bonita joven indígena, hija bastarda del patrón de la casa donde servía su madre. Después de amargas vicisitudes, Adelita encuentra su camino como improvisada enfermera entre las tropas de Pancho Villa; donde consiguió reconocimiento, y hasta el mismo coronel la respetaba. Los héroes de la revolución que menciona la historia son hombres: el gran Pancho Villa, don Francisco Madero, Emiliano Zapata; seguidos y apoyados todos por una tropa anónima (esa cosa abstracta que llamamos pueblo) que de manera abrupta y estruendosa, irrumpe siempre en el escenario de la historia. Campesinos e indios de distintas regiones que a falta de un pedazo de tierra para sembrar, un oficio, una labor; se unían a La Bola con sólo el fusil y el imprescindible sombrero.

En las fotos que conozco, desde sus monturas los héroes sacan el pecho, muestran sus armas y exhiben sus magníficos bigotes. En segundo plano aparecen los de a pie, los más jodidos, y sólo atrás de esos, sus aguerridas mujeres: andrajosas las enaguas, terciado el rebozo, prietas de polvo y de sol. Es en la forma en que se alimentaba la tropa donde aquellas mujeres hacían el milagro.

Después de caminar kilómetros con la impedimenta a cuestas: comal, carbón, el pesado metate y algún chiquillo colgado en la espalda; se las arreglaban para hacer tortillas, cocer frijoles, martajar los chiles en el molcajete; y como manda la naturaleza, ya en el petate fueron también el reposo del guerrero. Y como también lo manda la naturaleza, allá andaban aquellas mujeres pariendo sus criaturas, amamantándolas, enterrando a sus muertos en tierra de nadie. Aunque ninguno de los revolucionarios parece muy pulcro, imagino que en algún momento, las mujeres aprovechaban la cercanía de un río para lavarles los trapos. Azotada como soy, me da por imaginar el estado de los calzoncillos de aquellos hombres que desconocían el baño y algunas veces hasta se cagarían de miedo. ¿De tierra? ¿De sol? ¿De maíz? ¿De qué estaban hechas esas mujeres que en los caminos y sin agua para lavarse, menstruaban, parían, y se levantaban después para seguir echando tortilla, pero también echando bala. ¿Esperaban acaso un momento de gloria? Se atrevían a soñar o sólo seguían a sus hombres pues; porque sí. No sé cómo sería la vida allá porque nomás vivía como el perro, sin saber ni cómo, cuenta Jesusa Palancares, la soldadera a quien Elena Poniatowska dio voz en su magnifica novela: Hasta no verte Jesús mío. Otro papel protagónico en las fotografías de la Revolución, corresponde a los ferrocarriles, que transportaron lo mismo caballos que víveres, cajas de papel moneda, licor, parque; y lo más importante; improvisados en elementales clínicas, los vagones transportaron a médicos y heridos.

Eficiente enfermera fue entre ellos mi tocaya, cuya leyenda desparece en el polvo de la historia, sin dejar más rastro que la canción que algún enamorado le escribió. Y ahora que lo pienso, pacientísimo lector, no se ni por qué le cuento esto a usted que habita un territorio que fue el alma misma de la Revolución. Y dado que andamos por estos días celebrando a nuestros héroes; yo, desde aquí rindo mi humilde homenaje a esas mujeres que, a falta de nombre, llamamos Adelitas.

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