Literatura

"Cultura y simulacro" de Baudrillard

El desierto de la hiperrealidad

La actualidad lleva consigo una sensación de transición sin fin y, sobre todo, de simulacro: lo que es real y lo que no, escapa a la vista de los miembros de esta sociedad, e incluso ya no está en el interés de muchos encontrar, en la medida de sus posibilidades, lo más parecido a la verdad.

El concepto de hiperrealidad, que engloba esa sensación, es retomado en Cultura y simulacro (1978) de Jean Baudrillard, una obra compuesta de cuatro ensayos que analiza de manera crítica la llamada sociedad posmoderna, su relación con los medios masivos y los fenómenos a los que dan lugar.

A finales de los años setenta y principios de la siguiente década, el autor mudó su teoría de la economía a la comunicación de masas.

Es en ese ámbito donde estudió el trabajo del filósofo canadiense Marshall McLuhan, conocido por conceptos como la aldea global, según la cual las sociedades moldean su forma de relacionarse de acuerdo con los medios de comunicación que emplean. Esto resultó ser predictivo en cuanto a la utilización del Internet, la manera en que fluiría la información a través de él y el comportamiento imperante de las personas, al adquirir importancia este medio.

La semiología (ciencia que estudia los signos como base para comprender la actividad humana) del lingüista suizo Ferdinand de Saussure, fue también importante para la transformación que vivía Baudrillard. El filósofo consideró que la humanidad no sólo utiliza sus medios de comunicación, sino que establece una relación simbólica con ellos e incluso cambia su percepción de la realidad.

SIMULAR LA REALIDAD

Para Baudrillard, la sociedad total ha reemplazado la realidad y su significado, con símbolos y signos. De hecho, plantea que se vive en una simulación de la realidad. No se trata, como lo querrían hacer ver las teorías conspiracionistas, de un plan que cambia la realidad a propósito y con fines específicos, sino de un proceso espontáneo.

Jean Baudrillard. Foto: revolucion.news

El sociólogo creía que había una saturación de simulacros. Es decir, un flujo de información que refleja de manera muy burda la realidad y por lo tanto aleja a las personas de ella. Es así como surge el concepto de hiperrealidad por el que el autor es ampliamente reconocido, no sin ser motivo de polémica. Baudrillard la define como una representación sin un referente original.

El autor francés pone como ejemplo de lo anterior un cuento de Jorge Luis Borges, Del rigor en la ciencia contenido en el libro El hacedor (1960), donde existe un imperio que ha avanzado hasta hacer la cartografía sumamente exacta. Se realiza un mapa tan grande como el territorio del imperio, mismo que con el tiempo se vuelve inútil y es olvidado. En este caso, Baudrillard afirma que subsiste la hiperrealidad, el mapa mismo en vez de su utilidad.

La hiperrealidad se puede analizar como una especie de exceso de realidad. Es decir, la información que se presenta en nuestros medios, excesiva y sin gran motivo, puede ser una especie de mapa exageradamente detallado que, de hecho, no nos sirve.

EL PANORAMA ACTUAL

El simulacro para Baudrillard es una fenómeno que atraviesan las sociedades contemporáneas en todos sus ámbitos, incluyendo el peligro de que la ciencia pierda su objeto de estudio y su sentido.

Disimular, para él, es fingir que no existe algo. Su contrario es la simulación, el fingimiento de que existe algo; atiende a una presencia en lugar de una ausencia.

El gran paradigma en que el sentido se encuentra en riesgo, inicia al momento de la muerte de Dios señalada por Friedrich Nietzsche. Para Baudrillard, lo divino se separa del hombre gracias a la imposibilidad de discernir entre el ícono y lo divino en sí, entendiendo las representaciones de lo divino como mera simulación.

Foto: Behance / Leonardo Yorka

El gran poder que guardan las imágenes es aquel que les damos. Las necesitamos para comprender la realidad pero se corre el gran riesgo de que tomen el lugar mismo de lo real, y lo despojen de sentido. Los íconos religiosos para Baudrillard son de suma importancia para la humanidad, por el mismo temor de que detrás de ellos no se encuentre un dios.

Para el autor, los íconos son una manifestación del gran poder que tienen los simulacros y del temor que les tiene la humanidad por ser “asesinos de lo real”, en sus propias palabras.

Cuando lo real ya no es lo que era, la nostalgia cobra todo su sentido”, señala Cultura y simulacro. La realidad le parece al individuo actual como algo lejano, y es por eso que está en constante búsqueda de referencias al pasado y hacia lo perdido. Es fácil encontrar muestras casi directas de lo que el autor estaba queriendo decir en los medios masivos y en las expresiones individuales de la web, donde la nostalgia ha cobrado gran importancia.

EL MUNDO NATURAL

La producción de objetos y espacios es parte del simulacro con el que la humanidad vive y del que participa de manera natural. Como seres sociales y simbólicos, las personas generan ciertas ficciones en las que creen (religión, leyes, gobiernos, moral, etcétera), a fin de establecer las reglas del juego del que participan todos en una sociedad, pero en ese mismo proceso se crea un mundo completamente nuevo por encima del que ya existía: el natural.

La ciencia, según Baudrillard, corre peligro también de ser engullida por el simulacro, puesto que se aleja de su objeto de estudio hasta llegar a prescindir de él. Una vez que se ha hecho un estudio de campo, la información encontrada le sirve para generalizar en sus siguientes indagaciones.

Foto: Behance / Arina Kokoreva

El autor habla también de una especie de doblaje del mundo que ya no se habita. El escrito establece que Beaubourg, también llamado el Centro Pompidou, alberga un efecto de atracción de masas a un simulacro donde se muestra lo mejor de la civilización humana. Lo que existió en el pasado es museificado y las personas de la actualidad asisten a observarlo en una suerte de procesión funeraria, recibiendo lo que deben recordar de esos momentos de la humanidad.

Disneylandia o Las Vegas, por su parte, son descritas por Baudrillard como parte de un escaparate donde los valores estadounidenses se exaltan y que se comporta como tapa para ocultar el resto del mundo.

Cultura y simulacro, de manera irónica, se ha convertido en una influencia para productos de la cultura popular como la película The Matrix, que exponen ideas que parecen reveladoras e impactantes. La idea de que existe una simulación, aunque sea de forma más o menos superficial, acompaña al pensamiento colectivo.

La “mayoría silenciosa” es la aproximación que se hace en este texto al sondeo que pretende despertar a las masas y obtener una participación, pero fracasando. Lo cierto es que el simulacro puede ser algo con lo que se convive de manera mucho más intrínseca y difícil de evadir. No en vano Baudrillard asesta, en este libro, golpes duros contra lo que se concibe como real, y en sus líneas queda claro qué concibe como origen de los males y hacia dónde dirige sus energías.

El ser humano, como ente social, es el principal motivo de crítica de Baudrillard, y la cultura de masas, aquellas que el sociólogo describe como un “montón confuso”, se convierte en la expresión más intensa de los fenómenos que se señalan. Todo atraviesa y atrae a la cultura cuando está organizada como masa; es vulnerable y moldeable, y corre el peligro de perder el sentido.

Se idolatra lo espectacular, lo que aleja a la humanidad de una experiencia de lo real, y es posible que esto se encuentre tan profundo en el comportamiento, que no baste con únicamente cuestionarlo. Ensayos como el de Baudrillard, quizá pretendan poner el dedo en la llaga para hacer que, como ser social, el ser humano pueda ser mucho más responsable y complejo que la parte de una masa.

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