¿Quién es ése que anda ahí?
Opinión

¿Quién es ése que anda ahí?

Miscelánea

Es Cri Cri

¿Y quién es ese señor?

El grillo Cantor.

Gabilondo Soler

Di por qué/ dime abuelita/ dí por qué eres viejita/ Di por qué lloras a ratos/ dime abuelita por qué”. Pues bien, vieja porque me gasté la vida y en eso de gastar irresponsablemente siempre he sido una maestra. A ratos lloro porque lamento el amor que no quise dar, y ahora ya olvidé la razón por la que lo guardé. Lloro por los sueños que no tuve el valor de perseguir y por las tentaciones en las que no me atreví a caer. Lloro por la ausencia de los amores que se adelantaron a ese más allá, que sabrá Dios qué será. Lloro porque me abandonaron en este planeta devastado y furioso, y ahora debo arreglármelas sola. Lloro porque la gente ha comenzado a decirme que todavía me veo muy bien y lo que me hace llorar es la palabra “todavía”. Lloro porque empiezo a sufrir el síndrome de la muñeca fea: “un bracito ya se le cayó/ su carita está llena de hollín/ y al sentirse olvidada lloró/ lagrimitas de aserrín”. ¿Cómo podrían ser de otra cosa si soy de buena madera? Y aún me queda llanto para cuando veo a mis nietos atrapados en la nube del mundo virtual. Me escandaliza pensar que nunca han jugado con un trompo ni a las canicas. A ellos les escandaliza mi torpeza tecnológica. ¿Qué es eso?, preguntan con cara de asco cuando les propongo jugar a pipis y gañas. Pobres niños, ya nunca se tomarán de las manos con sus amigos para jugar aquello que llamábamos coleadas, en el que el último de de la cola se estrellaba contra un poste. Aquello era vida. Tampoco se electrizaran al escuchar a Carlos Lacroix gritando: “¡Dispara Margot! ¡dispara!”. Los niños antiguos éramos imaginativos, los postmodernos no necesitan imaginar porque en una capitulación sin condiciones, han abdicado el cerebro en favor del celular que piensa por ellos. Dejando a un lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por eso un llanto que no ingrese en el escándalo ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. Historias de Cronopios y de Famas, Julio Cortázar. Y cito de nuevo a Gabilondo Soler (1907–1990) que musicalizó mi infancia: “Toma el llavero abuelita, y enséñame tu ropero/ con cosas maravillosas y tan hermosas que guardas tú”. Ya no existen los roperos pero en algún cajón guardo la manita de lapislázuli que me trajo de Brasil mi primer amor. La magnífica mantilla de encaje con que me cubría la cabeza en la iglesia. El misal con pasta de marfil que llevé a mi primera comunión y un tosco anillo de graduación que me obsequió algún pretendiente pero no recuerdo cuál. Espero añadir pronto a mis tesoros, el jade australiano que mi amigo Polo me tiene prometido. Está bien llorar, los años me han vuelto chillona. Lo que no debo es quejarme, porque entre los millones de posibilidades en que el azar pudo haberme arrojado, digamos que caí en blandito. He reído, y vislumbrado el cielo, pero también he conocido el infierno, porque ni modo, así es este asunto de vivir. Ha sido afortunada la travesía que me ha permitido escuchar el primer berrido de mis hijos. En la adolescencia fui noviera, enamoradiza, y como el Ché araña, bailé con maña: “Treees pasitos/ arrastraditos pa'delante y para atrás”. Una mañana de domingo, en el asiento de un cine que ya desapareció, me estrené en el asunto ese de los besos que ni con los años ha perdido su fulgor. Pasadita la adolescencia, me esposó el que si no se hubiera ido al otro mundo, seguiría siendo el consentidor abuelo de mis nietos. El tiempo se me vino encima y antes de que me hiciera consciente de lo que eso significaba, ya eran siete los niños de mis niños. Por aquello de que echando a perder se aprende, creo que estoy siendo una abuela más responsable de lo que fui como madre. Ahora ya puedo servir a mis nietos una gran rebanada de pastel de chocolate y advertirles que si no lo terminan no hay sopa.

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