Un día sin reír, es un día perdido
Opinión

Un día sin reír, es un día perdido

Miscelánea

Solamente cuando los hombres se hayan imbuido de la ligera alegría, podrá hacerse del mundo un lugar más pacífico y razonable para vivir.

Lin Yutang

¡Dios de Dios!, dame una iluminación pequeñita, lo que sea porque en esta ocasión, no quiero ocuparme del ganso y sus gansadas ni de la cebollera 4T a la que quiere someternos. Buscando un tema que aligere un poco el pesado ambiente que se respira, encuentro con que el primero de agosto celebramos el Día Mundial de la Alegría, el dos, el Día mundial de la cerveza; y el 8 el Día mundial del orgasmo femenino.

Por considerar demasiado íntima y personal la celebración del orgasmo, prefiero dejar que cada mujer lo celebre a su manera. En cuanto a la alegría y la cerveza, me parece que son dos temas que pueden caminar felizmente de la mano. Antes de seguir, quiero dejar claro que hablar de alegría nada tiene que ver con la felicidad; esa remilgada que se hace tanto del rogar y porque ese es un tema tan inapresable que quizá sólo pueda hablarse en pasado: ¿Te acuerdas lo felices que fuimos aquella tarde…? Yo aquí quiero hablar de la alegría que es más accesible, menos pretenciosa y que tiene que ver con esos momentos chispeantes que ofrece la amistad: el humor, la conversación, la risa que como las lágrimas, es genuina expresión del alma.

La risa que siempre aparece cuando hay cordialidad, y un cierto saber estar en cada ambiente y situación con el ánimo ligero. Tengo que reconocer que a mí, la alegría no me brota de dentro como un impulso privado, sino es más bien algo que encuentro en la compañía de los otros, a pesar de la complejidad, la limitación a nuestra libertad, los desacuerdos, y eventuales distanciamientos por diferencia de ideologías, hábitos, o simplemente porque el otro despanzurra la pasta de dientes. Siempre he dicho que la convivencia es difícil: ¿Cómo puedes ser amiga de alguien que es tan grosera?, me recriminó mi hija que tiene el hábito de regañarme.

Pues porque ahora y sé que las relaciones perfectas no existen. Si espero que mis amigas estén siempre de acuerdo conmigo, no me quedaría ninguna, le respondo. Apuesto por la amistad que es una forma de amor y que en ocasiones saca lo mejor de mí, pero a veces también lo peor; porque apuesto por la vida y la vida es así. Ya he dicho aquí que el festival del yo: sé tu misma, quiérete, realízate, mírate y admírate; nunca ha sido lo mío. Confieso que de cada viaje al interior de mi misma, regreso bostezando de aburrimiento. Después de la dura experiencia del confinamiento que estuvo a punto de convertirme en salvaje, porque la tentación de quedarme en pijama todo el día era cada vez más fuerte: ¿para qué me baño y me arreglo si nadie me ve? Me queda muy claro que sólo soy humana entre los humanos. El arreglo personal, la ropa que me pongo, los modales en la mesa, la coquetería con que me arreglo cada mañana y hasta el trabajo que me ocupa, todo tiene que ver con que los otros me acepten, me quieran y estén dispuestos a compartir conmigo una (de preferencia varias) cervezas.

Como bien advirtió Mark Twain: Para obtener el valor total de la alegría, debes tener a alguien con quien dividirla. Nadie conoce los secretos y recovecos que tiene el vivir. Yo menos que nadie, pero hasta yo adivino que la clave está en la delicia del “nosotros”. La mirada, la sonrisa, la cercanía que hace posible la ternura.

Ahora, después de la pandemia que nos lo impedía, lo que toca es rescatar las caras, los gestos, la cercanía, la comunión. Lo que toca es impedir que la alegría de vivir, ese privilegio absolutamente humano, ese hilo de oro que recorre nuestras vidas, se desenrede por completo.

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