No es ficción, es ciencia
Reportaje

No es ficción, es ciencia

Cuando el hombre manipula el entorno

Un par de investigadores injertaron ojos en las colas de renacuajos para estudiar el sistema nervioso central de los anfibios y la plasticidad o capacidad de sus cerebros para adaptarse a este cambio. El propósito era desarrollar tratamientos biomédicos para los trastornos sensoriales humanos, específicamente la ceguera, argumentaron. La finalidad a todas luces parece generosa, regresarle la vista a los invidentes, aunque el procedimiento cause cierto escozor cuando se conocen los detalles. “Reportamos el uso de injertos de primordios oculares para crear ojos ectópicos a lo largo del eje corporal de Xenopus laevis”. El uso de las palabras técnicas acaso disimule lo que llanamente se puede traducir: extirpamos los ojos en desarrollo de algunos renacuajos para injertarlos a lo largo de la columna vertebral de otros renacuajos. “Estos ojos son morfológicamente idénticos a los naturales”, afirman los autores de este experimento, los doctores Douglas J. Blackiston y Michael Levin, quienes criaron y alimentaron a cientos de ranas de Xenopus laevis, el anfibio africano de uñas preferido para los experimentos biológicos.

Todos los procedimientos que involucran el uso de animales con fines experimentales fueron aprobados por los Comités Institucionales de Cuidado y Uso de Animales (IACUC) y el Departamento de Medicina Animal de Laboratorio de la Universidad de Tufts (DLAM)”, escribieron los experimentadores para atestiguar el cumplimiento de los requerimientos para ensayar con seres vivos.

En este ámbito, los científicos distinguen a los animales con los que experimentan como “animales no humanos”, lo cual, según el filósofo animalista estadounidense Tom Regan, es un error “fundamental de apreciación, en este caso, parece ser del sistema económico mundial, porque permite que veamos a los animales no humanos como recursos, tanto para ser engullidos como quirúrgicamente manipulados o explotados, por simple entretenimiento o, incluso, hasta por el más vil enriquecimiento. Una vez que hemos admitido esta peculiar manera de entenderlos (como recursos) el resto de nuestro comportamiento hacia ellos es tan predecible como reprochable”.

Para la mentalidad científica, reflexiona por su parte el doctor en filosofía de la Universidad de Chile, Raúl Villarroel Soto, “los animales no resultan ser sujetos, sino simplemente objetos, y un tipo particular de objetos, con los que está mal visto establecer vínculos. Reactivos biológicos, se les suele denominar”.

Y como el ser humano está primero y sobre todas las demás especies, se justifica el sacrificio de los animales para el bienestar de la humanidad. “De tal modo, cualquier problema referido a los animales no sería comparable a ninguno de los problemas que afectan a las personas”, dedujo Villarroel, quien forma parte del Comité Asesor de Bioética de Chile.

Xenopus laevis. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Regresando a las ranas africanas, Blackiston y Levin describieron los detalles de la extirpación de los ojos “utilizando fórceps, con cuidado para eliminar la menor cantidad posible de tejido neural subyacente. Los renacuajos receptores a los que se les injertaron los ojos se prepararon colocando una pequeña hendidura a lo largo del eje del cuerpo en el que se colocó el tejido trasplantado”. Los ojos fueron sembrados a lo largo de la espina dorsal, a los renacuajos receptores se les dio un tiempo de 30 minutos para sanar antes de trasladarlos a una incubadora donde fueron torturados con descargas eléctricas.

El experimento tiene un componente más, había que engendrar renacuajos ciegos, para ello se les extirparon sus órganos: “La piel que cubre el ojo se retiró suavemente con unas pinzas quirúrgicas y se extrajo cortando el nervio óptico en la base”; después de 48 horas de descanso comenzaron a lanzarles descargas eléctricas a los que nadaban erráticamente por el castigo aplicado. “Los renacuajos fueron expuestos a la condición de iluminación inicial con luces rojas y azules durante cinco minutos, sin castigo (las descargas eléctricas), para evaluar la preferencia de color en ausencia de choques eléctricos. La prueba se repitió seis veces”, hasta comprobar las conductas de los reactivos biológicos.

Los resultados obtenidos son destacables. Los investigadores compararon los dos grupos experimentales, uno de ellos sometido a la amputación, y el otro dejándolo sin daño propiciado por el bisturí. “Después de la cirugía, los animales fueron criados de acuerdo con protocolos estándar junto con hermanos no operados. Veinticuatro horas después de la cirugía, las heridas se curaron por completo y los ojos en desarrollo eran visibles como una región definida de tejido elevado a lo largo del tronco del animal”. Es decir, el injerto de ojos sobre la espina dorsal se había adaptado. “Todos los animales parecían intactos”, refiere el artículo científico.

Los retratos de los trasplantes en los renacuajos ni Mary W. Shelley los imaginó en su obra Frankenstein. Si bien el monstruo era un ser abominable que fue rechazado por el mundo por su apariencia física, este ser de grandes dimensiones y piel lívida tenía todos los órganos en su lugar. En cambio, los renacuajos de Blackiston y Levin nadaron moviéndose con un ojo en su cola como si la naturaleza los hubiese diseñado así.

A los ojos ectópicos (fuera de su lugar) les crecieron nervios, algunos “desde el sitio del injerto hasta el estómago del huésped terminando en el intestino”, otros tocaron la columna vertebral, pero ninguna red neuronal avanzó hacia el cráneo. A pesar de esto, las conclusiones de los experimentadores asientan que el cerebro vertebrado es capaz de reconocer e interpretar las señales como datos visuales que llegan desde el ojo injertado en la cola.

Renacuajo con ojos extópicos en la columna. Foto: douglas-blackiston.weebly.com

Con este experimento reaparece el cuestionamiento: ¿El sacrificio de los renacuajos servirá para devolverle la vista a los invidentes? Es la justificación planteada inicialmente en este experimento que reta las hazañas de la naturaleza.

ENSAYANDO CON HUMANOS

El filósofo Villarroel Soto resalta la revolución biotecnológica que se vive actualmente y que “está alterando de manera radical todos los preceptos hasta ahora conocidos acerca de la constitución fundamental de la vida”, y sentencia con tono de advertencia: “Se abre en este momento para el futuro de la ciencia y el conocimiento humano, de manera inédita, la posibilidad de intervenir directamente sobre nuestro destino vital”; es decir, “se está jugando a ser Dios”.

¿Hasta dónde debería intervenir la ciencia en la modificación de aquello que la naturaleza crea? Bajo el argumento de elevar la calidad de vida se han experimentado en seres animales y en diversidad de casos se han descubierto curas para algunos males. Sin embargo, en otros momentos la experimentación ha roto con las fronteras éticas al desarrollar incluso armas de destrucción; tal es el caso de lo ocurrido durante medio siglo en la localidad de Porton Down, en Wiltshire, condado de Inglaterra, donde se concretaron experimentos químicos utilizando como “conejillos de indias” a seres humanos, específicamente a soldados que aceptaron su participación en los experimentos a cambio de poco dinero.

En julio de 2015 se publicó el libro Ciencia secreta: un siglo de guerra venenosa y experimentos humanos, escrito por el historiador Ulf Schmidt. En éste se revelan detalladamente las pruebas experimentales realizadas entre 1939 y 1989 por el Ministerio de Defensa de Gran Bretaña. Los científicos de aquel entonces sometieron a 21 mil militares a diversos agentes químicos, alucinógenos como el ácido lisérgico (LSD), algunos tóxicos, para atestiguar la reacción de las personas contaminadas ante la exposición de los gases, los venenos y las drogas. La búsqueda de aquellos investigadores fue más allá al salir del campo de experimentación y asentarse en el centro de la ciudad: en el tren subterráneo de Inglaterra diseminaron bacterias peligrosas para conocer las vías de dispersión y el contagio que pudiese ocurrir entre los civiles.

En aquel “parque científico militar” los soldados adolescentes se ofrecieron como voluntarios para las experimentaciones sin suponer el riesgo. “Los participantes desprevenidos estuvieron expuestos al gas sarín, al ántrax e incluso a la Peste Negra”, revela el libro.

Equipo para el aislamiento de pacientes en una atmósfera libre de gérmenes en Porton Down, Inglaterra. Foto: independent.co.uk

Se le atribuye a Alemania la creación en 1939 del gas sarín, el cual fue empleado como pesticida y posteriormente como arma química. El veneno altera el sistema nervioso central de los humanos y animales, penetra a través de la piel y paraliza el cuerpo. Los soldados sacrificados experimentaron flujo nasal, lagrimeo, contracción de las pupilas, dolores en los ojos, visión borrosa, diarrea, confusión, mareo, y una decena más de síntomas, incluida la muerte.

En tanto el ántrax se origina por la bacteria Bacillus anthracis y, aunque su fama destaca por su empleo como arma química, resulta que su presencia hizo posible la aparición de disciplinas biológicas como la microbiología y la inmunología.

Louis Pasteur y Robert Koch son dos grandes figuras de la segunda mitad del siglo XIX interesadas en los microorganismos. El ántrax era común en los animales que bebían agua contaminada por cadáveres; lo mismo ocurría con las personas, a quienes se les amorataba el cuerp. Koch, con sus observaciones y experimentos constantes al inyectar sangre de animales enfermos en la cola de ratones, logró aislar el bacilo y demostrar la relación entre la enfermedad y los seres microscópicos. Por su parte, Pasteur dio por error con una cepa benigna de ántrax que, al inyectarse en un animal, no lo mataba y, por el contrario, lo inmunizaba. Así descubrió la vacuna contra la cepa virulenta del bacilo del ántrax.

Pero los soldados que participaron en los experimentos de Porton Down arriesgaron su vida por unas pocas monedas. En algunos casos se les pagó con descansos por un par de días o boletos del tren, revela el texto de Schmidt, todo por la ciencia que en este caso perseguía fines bélicos.

Una víctima se convulsionó con cosas terribles que salieron de su boca como engendros de ranas; otro militar del servicio cree que tuvo una conversación de cuatro horas con un amigo de la escuela que había muerto años antes, luego de ser inyectado con una droga incapacitante para el cerebro”, reseñó por su parte el Daily Mail el ocho de agosto de 2015.

En tanto el periódico El País recreó una escena acaso menos dramática: “A finales de 1964, durante unas maniobras en los alrededores de Porton (…) no muy lejos de las piedras de Stonehenge, 16 comandos de la marina real británica empezaron a comportarse de una forma extraña. Al segundo día de los ejercicios, mientras unos soldados salían a campo abierto, exponiéndose al fuego enemigo, otros alimentaban pájaros imaginarios y algunos correteaban por las colinas o se subían a los árboles como monos”. A esos comandos les habían suministrado 75 microgramos de LSD, una droga alucinógena que altera el sentido del espacio, de la distancia y del tiempo.

Caja que contenía Bacillus globigii dispersadas por el gobierno en el metro de Londres, en 1963. Foto: Independent

Acaso lo más perverso fue cuando se expuso a la población londinense, en 1963, al liberarse en el metro de la ciudad una bacteria similar a la peste: el bacillus globigii, que puede contaminar a los alimentos y producir intoxicación, también ocasiona infecciones en los ojos y septicemia que puede llegar a ser mortal. “A ninguno de los viajeros de Londres se les informó del experimento”, asienta el revelador libro .

Décadas más tarde, en 2008, el gobierno finalmente se disculpó por las atrocidades que se habían llevado a cabo con los conejillos de indias humanos y pagó una indemnización a 670 de las víctimas” publicó Daily Mail.

El laboratorio homólogo en Estados Unidos fue el campo de experimentación Edgewood Arsenal, diseñado en 1916 por el departamento de química del ejército norteamericano. También los alemanes crearon su campo de investigación con el uso de humanos.

En el ejemplo alemán se distingue el científico Fritz Haber, a quien se le atribuye la producción de amoniaco sin depender de las limitadas fuentes naturales de nitrato de sodio. Gracias a esta creación es posible contar con los fertilizantes que garantizan las cosechas, y por este desarrollo Haber recibió el premio Nobel de química en 1918. Pero fue su logro también una arma de destrucción masiva utilizada en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

El amoniaco posibilita la elaboración tanto de explosivos como de fertilizantes, y más: de armas químicas. Por ellas se asegura que Alemania entró a la guerra mundial y que garantizó la llegada de Lenin a Rusia, así como el ascenso al poder de Hitler. Son las ambigüedades de la ciencia, por un lado el amoniaco garantiza la alimentación y también ofrece, en el reverso de la moneda, escenas de destrucción.

UNA OVEJA, UNA MOSCA CON PATAS POR ANTENAS Y LAS CÉLULAS MADRE

Ian Wilmut fue quien engendró con éxito, hace veinticuatro años, un cordero a partir del ADN que extrajo de la glándula mamaria de una oveja adulta. No la procreó por la forma natural al exponer un óvulo a la fecundación ante un espermatozoide, sino que lo hizo a través de la clonación. Cuando su colega el biólogo Alan Trounson, experto en células madre, escuchó la revelación de su también amigo Wilmut, intuyó que el experimento cambiaría todo en el mundo de la ciencia ¿para bien?

Con la clonación exitosa del primer mamífero se debatía sobre los alcances que podrían obtenerse. Se habló desde casos extremos como la clonación de personas, hasta cuestiones prácticas como la reproducción de órganos humanos. Todo esto es inviable aún, “sin beneficio científico y con un nivel de riesgo inaceptable”, afirman diversos grupos de investigadores.

Dolly fue el primer mamífero clonado. Foto: elumarhe.com

De acuerdo al portal Scientific American, la clonación de animales está limitada. Suponen algunos estudiosos que se realiza en Estados Unidos y en China, pero sin ofrecer pruebas de lo anterior. “Se utiliza clonación agrícola para sacar provecho de los genes de algunos ejemplares extraordinarios, dicen los científicos, pero el Parlamento Europeo votó en 2015 la prohibición de la clonación de animales destinados a la alimentación”.

El mismo portal periodístico asegura que la mayor relevancia que ha traído la clonación son los avances en torno a las células madre. Shinya Yamanaka recibió el premio Nobel de Fisiología en 2012, al descubrir un método para crear células madre a partir de cualquier otra célula que no fuera embrionaria. A su hallazgo le llamó “Células Madre Pluripotentes Inducidas” o iPSCs, como lo abrevia.

Yamanaka aseguró que sus experimentaciones para reproducir células madre se gestaron a raíz de las difusión de la noticia sobre la clonación de Dolly y sus “hermanas”.

Hubo tres corrientes principales de investigación que nos llevaron a la producción de Células Madre Pluripotentes Inducidas. La primera corriente fue la reprogramación por transferencia nuclear: en 1962 John Gurdon informó que su laboratorio había generado renacuajos a partir de huevos no fertilizados que habían recibido un núcleo de las células intestinales de las ranas adultas. Más de tres décadas después, Ian Wilmut y sus colegas informaron sobre el nacimiento de Dolly, el primer mamífero generado por la clonación de células”, escribe en su artículo científico. Esto significaba que en cada célula existía información genética que podría reproducirse.

En la segunda corriente o secuencia de descubrimientos biológicos que ayudaron al japonés a ampliar su experimentación con las células, participa de forma protagónica una mosca. Drosophila, mejor conocida como mosca de la fruta, es un pequeño ser (o reactivo biológico) aprovechado para comprender las bases moleculares de las enfermedades humanas. Sus procesos biológicos fundamentales pueden compararse con los de los mamíferos, a tal grado que los biotecnólogos inducen enfermedades humanas en la mosquita y las manipulan para crear modelos que les ayudan a comprender estas afecciones. Hay más. La mosquita posee un gen, Antennapedia, al que se manipula para “inducir la formación de patas en lugar de antenas”. Con este experimento se descubrió que existe una “transcripción maestra” en la información celular, es decir, un factor que determina la función o el destino de las células. Así, en 1987 también se descubrió que este factor de transcripción puede convertir las células que componen el tejido conectivo (fibroblastos), en células del tejido muscular (miocitos). Nuevamente se confirmaba la presencia de información genética en las diversas células de los seres vivos.

El método iPSCs consiste en crear células madre a partir de cualquier otra célula no embrionaria. Foto: ivi-rmainnovation.com

Por último, el tercer flujo de conocimiento que ayudó a los experimentos de Yamanaka, fue la posibilidad de establecer condiciones óptimas para el cultivo de células madre.

Poco después de su informe sobre las iPSCs obtenidas de ratones, otros grupos de científicos retomaron los experimentos y practicaron tanto en células de otros animales no humanos como de humanos. “Una de las ventajas de la tecnología iPSCs es su simplicidad y reproductibilidad. Muchos laboratorios comenzaron a explorar los mecanismos subyacentes y a modificar los procedimientos”, escribió el Nobel de Fisiología.

El descubrimiento de Shinya Yamanaka impulsó la carrera para descubrir tratamientos a enfermedades degenerativas como el Parkinson. También han intentado detener la deficiencia de plaquetas en la sangre y corregir lesiones de la médula espinal con el empleo de células madre diseñadas; con ellas se indaga el diseño de tratamientos para corregir degeneraciones oculares. Desde la aparición en revistas científicas del descubrimiento del científico japonés, se publicaron más de cien informes en los siguientes tres años, en los que se registran experimentaciones para enfrentar aspectos específicos de diversas enfermedades.

La emoción que surge al conocer el potencial para la aplicación de estas células, como el análisis de los mecanismos de la enfermedad, y la investigación de posibles nuevos tratamientos”, es un aliciente para Shinya, quien en los párrafos siguientes de su artículo, echa a volar la imaginación respecto a lo que se podría lograr con su descubrimiento.

Las células madre pluripotentes inducidas “pueden usarse en biotecnología animal. Las células madre de mono, porcinas y caninas se pueden utilizar para la ingeniería genética en estos animales, permitiendo la generación de modelos de enfermedades y producción, en animales más grandes, de sustancias útiles como enzimas, que son deficientes en pacientes con enfermedades genéticas. La tecnología podría ser útil en el futuro para preservar también animales en peligro de extinción, aunque habría que superar muchos desafíos”, reconoce.

En el futuro, afirmó Yamanaka, recordando la expectativa que se generó con la clonación del primer mamífero, podrían generarse órganos para trasplantes humanos.

Shinya Yamanaka. Foto: medium.com

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL O EMULANDO AL HUMANO

Crear máquinas que representen capacidades humanas parece un atrevimiento, pero el hombre va tras ese logro. Las redes neuronales artificiales son un sistema automatizado con capacidad para tomar decisiones, resolver problemas y aprender de la información con la que se alimenta; asimismo se está avanzando en el diseño de computadoras que realizan tareas similares como las efectuarían las personas, es decir, son sistemas que actúan como humanos. Mejor conocidos como robots, es lo que se ha llamado Inteligencia Artificial o IA.

La IA intenta copiar el pensamiento lógico y racional de las personas. Sus aplicaciones prácticas pueden apreciarse en los “asistentes personales”, que son aquellas aplicaciones interactivas de los dispositivos móviles que sugieren al usuario la selección de productos o de servicios, como escoger un restaurante, un hotel o un espectáculo. Estas aplicaciones van sumando el historial de búsqueda hasta tener información suficiente para ofrecer, sin que el usuario lo solicite, una amplia carta de sitios o páginas conteniendo las preferencias de la persona.

Una definición aceptada de la IA es “el estudio de cómo programar computadoras que posean la facultad de hacer aquello que la mente humana puede realizar”, lo que supone un esfuerzo por entender la complejidad de la conducta humana en términos de procesamiento de información, escribió Federico Barber Sanchís de la Asociación Española para la Inteligencia Artificial.

En la educación, las finanzas, la salud, el transporte, así como en el sector agrícola y en las ciencias del clima, la Inteligencia Artificial juega un papel protagónico al ofrecer diagnósticos de salud, sugerir rutas de viaje o alertar sobre accidentes; con las aplicaciones desarrolladas se pueden mejorar los rendimientos de cultivos y pronosticar el clima.

Aunque es sorprendente, la pretensión de brindarle experiencias humanas a una máquina es imposible, porque al final es el diseño de un algoritmo, una operación matemática que improbablemente pueda representar la experiencia emocional de una persona en una situación determinada.

La IA ha propiciado discusiones filosóficas, aunque es claro convenir que el nombre es solo una referencia para realzar la utilidad práctica de los algoritmos.

Foto: Behance / Jason Solo

NANO ROBOTS DE CARNE Y LA ÉTICA EN LA CIENCIA

Hugh Lacey, estudioso del Swarthmore College de Pensilvania, Estados Unidos, propone detener toda investigación si se desconocen los impactos sociales y ambientales que pudiese acarrear el descubrimiento en curso. Si existe algún riesgo habría que acudir al Principio de Precaución que debería imperar en todo avance científico y tecnológico. Este principio identifica los riesgos que deben preverse en materia de derechos humanos universales, en responsabilidad, desarrollo sustentable, equidad inter e intrageneracional y democracia participativa, escribió en su artículo La ética y el desarrollo de la nanotecnología (Revista Realidad 119, 2009).

La ciencia, reflexionó, ha generado conocimiento y comprensión sobre los fenómenos del mundo y la sociedad, información que ha dado pie al desarrollo de aplicaciones eficaces en tecnología y medicina, entre otras áreas. La ciencia le ha dado poder al hombre para transformar su mundo. Sin embargo este conocimiento aplicado está propiciando la actual crisis ambiental y, por contradictorio que parezca, “la ciencia no ha producido el conocimiento necesario para lidiar adecuadamente con esta crisis”. Por tanto, Lacey propone revisar las innovaciones tecnocientíficas y sus efectos que no fueron anticipados.

Cuestiona también la inequitativa dispersión del conocimiento. Los beneficios de la ciencia no sólo no llegan a los sectores pobres, sino que en algunas ocasiones los estratos socioeconómicos bajos “han sufrido en gran medida por el trastorno de sus vidas causado por las implementaciones de la ciencia aplicada”; y es más crítico cuando escribe: “encarar los problemas de los pobres nunca ha sido una prioridad mayor en la ciencia aplicada”.

En estos tiempos modernos son las grandes corporaciones privadas con intereses comerciales las que apoyan las investigaciones científicas, “y la investigación financiada por los gobiernos tiende cada vez más a priorizar las investigaciones de las que pueden esperarse aplicaciones que aportarán beneficios económicos”. Tal postura manipula el propósito de la ciencia y la tecnología, llevándola a un fin utilitario y práctico que responde a los intereses comerciales o militares. “De qué manera aumentamos nuestros mecanismos de control sobre los objetos naturales y cómo mejorar y expandir lo que hacemos a más dominios sociales”, es el planteamiento prevalente, según Lacey.

Con este cúmulo de conocimiento se generaron los vegetales transgénicos. La modificación de la información genética logró crear plantas resistentes a las plagas, que utilizan menos agua para crecer y obtener los frutos, pero estas semillas reducen las opciones de alimentación de otros insectos benéficos que propician la polinización. A este aspecto se suma la política económica que cedió el control de las semillas modificadas a unas pocas empresas multinacionales, las cuales monopolizan no sólo la distribución de la simiente, sino que también tienen el poder sobre sistemas de crédito y de comercialización de agroquímicos. Con ello controlan a las masas de campesinos. Es de los impactos nocivos a los que se refiere Lacey.

Ilustración de un nanorobot. Foto: Archivo Siglo Nuevo

De la misma forma, la nanociencia no está enfocada aún en los sectores desfavorecidos, sólo parece ser un descubrimiento que encumbra la vanidad humana. La nanociencia, escribe otro pensador, Alfred Nordmann, es un intento para conquistar nuevos territorios y “para habitar una región completamente inexplorada del mundo (…), habitar el espacio interior de la misma forma en que comenzamos a habitar el espacio exterior”.

En la edición 365 de Siglo Nuevo se publicó un artículo sobre la creación de los xenobots, robots de carne programados a partir de un software de evolución acelerada aplicado a células de la rana preferida de los científicos, Xenopus laevis. Los creadores lograron programar estos minúsculos robots de carne, del tamaño de una cabeza de alfiler, para que avanzaran en línea recta, para que retiraran de su entorno obstáculos o escombro, también para que pudiesen crear un hueco en su cuerpo y en éste depositar algún elemento como un fármaco. Los xenobots son seres vivos, porque después de seis días sin alimento, se desintegraban o, en otras palabras, morían.

Los autores de estos pequeños robots, encabezados por Sam Kriegman, reconocen tres comportamientos que surgieron en las células sin que fuesen determinados por la programación virtual. El primero de ellos fue la reagrupación de las células que fueron desprendidas intencionalmente de los embriones de renacuajo; el segundo comportamiento no previsto fue la autorregeneración: con un bisturí los investigadores hacían una fisura en el cuerpo del xenobot y éste se restauraba y cicatrizaba en cuestión de minutos; la tercera conducta no prevista fue la interacción entre ellos: al depositar varios minúsculos robots en un solo lugar, se acercaban unos a otros, giraban entre sí como si estuviesen tomados por las manos, y trazaban rutas para encontrarse con otros. Con estas tres manifestaciones de vida, ¿será correcto su calificativo de robots?

Los avances de la ciencia y la tecnología son asombrosos. El control que ha adquirido el humano para manipular sorprende, aunque a pesar de ello la vida lo pone en su lugar en un abrir y cerrar de ojos: un virus, invisible a simple vista, tiene contra las cuerdas a la humanidad, la cual no ha sabido todavía cómo enfrentar su aparición, aunque fuera capaz de injertar ojos en las colas de los renacuajos.

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