El sonido ecléctico de Miles Davis
Arte

El sonido ecléctico de Miles Davis

Bitches Brew, sensual jazz

Hay una pandilla de puristas pronosticando que los instrumentos eléctricos arruinarán la música.

No, señor. Lo que arruinará la música será la mala música, pero no los instrumentos que los músicos elijan tocar.

Miles Davis

Este año se cumplieron 50 años de un disco muy especial para la música, especialmente para el jazz. Muchas veces nos encontramos con pinturas, libros, películas o cualquier fragmento de arte que dividen al público, ya sea por lo simple o lo complejo. Esta obra, en su momento y después de cinco décadas, sigue causando una división al momento de criticarla como el mayor experto, o como un simple oyente que disfruta de la música. Bitches Brew es la revolución que brotó de una trompeta, manipulada por un músico eterno: Miles Davis.

EL NACIMIENTO DEL TROMPETISTA

Miles Davis, trompetista de origen afroamericano, vivió entre los años 1926 y 1991; músico magnífico, genio y creador. Siempre sostuvo que el jazz era música negra y que esta era el único aporte de Estados Unidos al mundo.

Miles Dewey Davis III, nombrado así por su padre, nació el 26 de mayo de 1926, en Alton, Illinois, una pequeña población fluvial a orillas del Mississipi.

Desde niño fue un gran músico. Pudo desarrollar su talento gracias a que su familia tenía un estilo de vida cómodo a pesar del racismo que se vivía en la época. El comienzo de Davis en este arte fue rápido: inició en la sección de trompetas en los Blue Devils de Eddie Randle; era muy joven y ya jugaba a imitar el sonido de las aves. En la banda pronto se convirtió en director de orquesta.

Davis buscaba una manera de hacer la música que brotaba de su alma. Desde el momento en que su padre le obsequió su primera trompeta, él sabía que el jazz lo ayudaría a sobrellevar su vida.

Después de incursionar y aprender por un corto tiempo en la orquesta de Eddie Randle, es invitado a tocar en otra banda, la de Billy Eckstine, una gran orquesta de baile donde Miles conoce al futuro del jazz moderno: Charlie Parker y Dizzy Gillespie.

En palabras de Davis: “La mayor sensación que tuve en la vida, con la ropa puesta, fue cuando conocí a Diz y Bird. Tenía 18 años, en ese momento decidí que debía estar en Nueva York en la calle 52”. El giro en la creación y el aprendizaje de Miles Davis comienza cuando conoce a estos dos genios, así que viaja a la calle que cambiaría su percepción de este género y de lo que sería su futuro: la calle 52, hoguera del jazz.

Calle 52 en 1948. Foto: observer.com

Cuando el trompetista puso sus oídos en la puerta de la meca de este género, comenzó a estudiar en la academia de Julliard; quería nadar, aprender música en todos los sentidos y conceptos. Solía ir de día a la universidad y de noche tocaba en la calle 52, donde conoció al jardín completo del jazz: Charlie “Yardbird” Parker, Dizzi Gillespie, Coleman Hawkins y Thelonious Monk, Charlie Christian con Benny Goodma, Tristano y Mingus y Max Roach.

Los músicos bebop eran considerados los dioses del jazz. Miles Davis comenzó ahí donde las luces eran soles, donde las noches eran la hoguera que crecía y ardía en la belleza del sonido improvisado del jazz.

EL ALMA DE LA TROMPETA

Cuando se desconoce el sonido del jazz, y de la trompeta en específico, se puede imaginar un ruido rudo, bronco, algo tal vez golpeado o fuerte. Pero cuando se es consciente del sonido que la trompeta obsequia en el jazz, se puede sentir suave, sensual, percibiendo cómo poco a poco se resbala por las cavidades del cuerpo humano y se refugia en la piel erizada. La trompeta en el jazz, en especial la del gran Davis, hace volar al escucha. Cada vez que las manos de Miles colocan el instrumento en su boca, surge un cantar de astros, de ángeles y demonios, del sufrimiento afroamericano, del ave que imitó de niño. Al hacer sonar la magia de su trompeta nos impulsa al alma del jazz, nos sumerge en esa humedad de sensaciones que nos arrastran por un sinfín de formas y estructuras que se van creando en la mente de ese hombre de piel oscura.

Al transcurrir la vida de Miles Davis, esta fue tornándose única. El genio del jazz se volvió estrella inalcanzable. Cada que lanzaba un nuevo álbum, cada que el público escuchaba su trompeta en algún concierto, cuando se presentaba con sus contemporáneos a ofrecer un manjar de sonidos únicos. Álbum a álbum, nos regaló una parte de su mente: Birth of the cool (1957) con su característico bebop; Kind of Blue (1959) con su sonido accesible y sensual, para muchos su obra maestra (una de tantas); Sketches of Spain (1960) con esa mezcla de folclor gitano y música clásica contemporánea, In a Silent Way (1969) y sus destellos similares a lo eléctrico, que mostraban la evolución del músico; Bitches Brew (1970) y su sello abstracto donde Miles se torna una estrella que puede hacer conciertos al lado de artistas como Hendrix, son algunas de las más de 60 obras de uno de los dioses del jazz. En cada una de ellas, con la magia de su aire, hace sonar el alma de su trompeta y nos cubre con su aura rebelde, con su espiritualidad.

Miles Davis fue golpeado y arrestado en 1959 por un policía. El trompetista se encontraba fuera del local donde había estado tocando, cuando el oficial llegó a amenazarlo sin la menor provocación. Foto: updatemexico.com

La música es cuestión de estilo, decía Davis, y él siempre buscó distinguirse, jugar con intervalos, multiplicar polirritmias, distorsionar el sonido de su trompeta y seducirla hasta que ella nos sedujera con su voz, innovar con escalas y tonalidades, vestir sofisticado mientras manejaba un Ferrari, ser buscado como un “negro inglés” y demás características que lo hicieron un personaje inigualable. Él lo sabía bien, a fin de cuentas era negro, intentara lo que intentara siempre sería discriminado racialmente, perseguido por cuanto policía blanco lo viera. Por eso, el mejor modo de sentirlo (obviemos el comprenderlo) es a través de su música, donde lograba, como él mismo decía, que ni el cielo fuera un límite. You’re Under Arrest (1985) o Amandla (1989), que significa libertad en lengua zulú, evocan tragedias a lo Bessie Smith, o incluso a su propio padre, dejado miserablemente en la calle por una ambulancia blanca que pasó a su lado sin asistirlo.

Esta trompeta, para la gente que la conoce, es un artefacto de Dios. Pero para la persona blanca o racista que en su momento tropezaba con ella y no la conocía, era una basura más, como lo fue para aquel oficial que alguna vez golpeó a Miles en la cabeza en la calle 52. Uno de los más grandes golpeado en su propia casa, por nada, sólo por ser negro. Por eso los tonos de su trompeta nos trasladan a un lugar que muestra honor hacia sus rasgos afroamericanos; de ahí que aseguraba que el jazz es música de negros. El instrumento, por lo tanto, al ser tocado por sus labios nos regala un trozo de esa alma negra, rebelde, con ganas de lucha.

LA REVOLUCIÓN DE DAVIS

A finales de los sesenta, en la época del rock, el misticismo, la poesía y la guerra de Vietnam, Miles terminó de grabar In a Silent Way y se llevó de gira a su banda, conformada por Wayne, Dave, Chick y Jack Dejohnette. A pesar de ser una de las mejores agrupaciones que tuvo, según el propio Davis, los conciertos no eran lo que él esperaba. Los clubs poco a poco estaban más vacíos. El rock y el funk emergían a una velocidad increíble, se vendían como rosquillas, un éxito que de sobra se puso de manifiesto en Woodstock. En aquel sonado festival hubo más de 400 mil personas. Miles se cuestionó: “Lo único que tienen en mente es: ¿cómo podríamos vender discos sin parar a todas esas personas? Si no lo hemos hecho antes, ¿cómo podríamos hacerlo ahora?”.

En esos mismos años, Davis comenzó a inclinarse hacia el funk; los discos o artistas a los que les dedicaba tiempo eran similares a James Brown y le tomaba admiración a esta evolución. También empezó a fijarse en el rock, sobre todo durante su breve matrimonio con Betty Mabry, la misma que después se haría famosa como cantante funk bajo el nombre de Betty Davis. Ella le dio a conocer discos nuevos y le presentó a diversas figuras de la escena rockera. En particular, Miles hizo muy buena amistad con Jimi Hendrix. 

Miles Davis y su esposa, la cantante Betty Mabry (después conocida como Betty Davis). Foto: npr.org

En esa época, las ventas para el jazz eran malas. Parecía que poco a poco esa flor se marchitaba; la gente, en especial los jóvenes, buscaban un sonido fresco, algo que les hiciera sudar todos los cambios que sucedían en el mundo. En los estudios, los monstruos que surgían estaban cambiando las cifras de ventas. Columbia Records necesitaba transformarse, por lo que contrató nuevas estrellas para el público juvenil: Blood, Sweat and Tears en 1968, y Chicago en 1969. La disquera intentaba proyectarse a futuro y arrastrar a todo el público comprador de discos.

Después de In a silent way, Miles Davis ya anunciaba algo de lo que desembocaría en su siguiente obra, en un momento en que ya había una separación entre los puristas del jazz y la gente deseosa de escuchar algo más fresco.

En agosto de 1969, Davis entró al estudio, después de cargarse de las vibras del rock y del funk, e incluso de algunos ritmos country. Se encontró con problemas nuevos: escribía un acorde a modo de bajo y, al tocarlo, el sonido era diferente. Desde el inicio supo que se enfrentaba a algo nuevo, pero no menos especial que lo que ya había explorado. En sus propias palabras: “A continuación me puse a pensar en algo más extenso, el esqueleto de una pieza […] Dije a los músicos que podían hacer lo que quisieran, tocar cualquier cosa que les sonara, pero que yo debía tomar lo que hiciesen como un acorde. Bueno, ellos sabían lo que podían hacer, y eso fue lo que hicieron. Descompusieron el acorde, con lo cual sonó llenó de riqueza”. Los músicos hicieron lo que les pidió el trompetista. Permanecieron en el estudio de Columbia tres días enteros, jugando con los nuevos instrumentos eléctricos, componiendo e improvisando desde el espíritu. No había un esqueleto en las piezas. La sesión podría compararse a un jam de los días gloriosos del bebop.

Lo que hicimos en Bitches Brew nunca podrá nadie escribirlo para que lo toque una orquesta”. Después de esta contundente frase, Davis nos dice que todo fue una gran improvisación, algo que hace mágico al jazz. La improvisación y el silencio son la base del álbum.

El contacto inicial con el vinilo Bitches Brew es una policromática y estupenda pintura de Mati Klarwein. La obra de este artista es un estimulo a la imaginación que, por un rato, nos invita a contemplarla y detenernos en finos detalles que honran, en parte, a la herencia afroamericana en Estados Unidos. Es una imagen que puede ser observada durante horas mientras la mente recorre cada una de las chispas de colores y las formas que la envuelven.

Portada de álbum Bitches Brew, ilustrada por Mati Klarwein. Foto: updatemexico.com

Bitches Brew es un juego estructurado de sonidos y silencios, algo muy similar a la pausa que ocurre antes de que una ola llegue a la orilla, esa sensación de electricidad que sacude los oídos con una caricia sensual y rebelde. En cada una de las piezas, se escuchan momentos largos sin el aroma de la trompeta de Davis. Pero los largos silencios no abruman, se detienen en la mente y poco a poco sacuden las ideas. De momento no dan ganas de bailar, pero al escuchar una a una las canciones, el alma vibra en ese viaje espiritual que fue formado con base en la improvisación y la complejidad del jazz.

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