Casa Mudéjar y Casa Faya
Nuestro mundo

Casa Mudéjar y Casa Faya

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La Casa Mudejar y la Casa Faya, edificaciones de años iniciales de Torreón y Gómez Palacio, han sido ahora erigidas presencias emblemáticas (sic). No me queda claro el porqué, aunque me permito conjeturarlo: porque ostentan en sus fachadas bullentes formas, líneas, planos, volúmenes y colores. Por otra parte, contemporáneas, se encuentran construcciones con otro tipo de belleza, la belleza de la mesura y la expresión estética austera. Estas no atraen.

La fachada de la Casa Faya cautiva por la monumentalidad de sus dos plantas, porque la remata una balaustrada con copones en las placas que se alzan desde el suelo, porque una diadema cubre el balcón central de dos puertas, porque sus planos de ladrillo han sido pintados con un rojo que contrasta con el color de cantera de los placas verticales y los arcos de tres centros que coronan las ventanas, a su vez adornados con motivos florales y vegetales un tanto art nouveau. (Los colores son una vaga reminiscencia de la combinación de tezontle rojo y cantera a la vista en rumbos coloniales.) Esta brevísima y tosca descripción puede dar idea de los atractivos visuales abigarrados y coruscantes que anclan la mirada.

La Casa Mudéjar es definida por la publicidad oficial que pondera sus arcos polilobulados. Aparte de admirar ese que supongo barroquismo árabe, se puede aventurar la vista por sus columnillas de capiteles ajenos a los órdenes que nos heredó la cultura griega clásica y los vitrales de coloridos rombos ensamblados para ser cofias de ventanas y puertas. Igual que sucede al mirar la Casa Faya, las ornamentaciones coruscantes y abigarradas capturan la vista e igual que aquella, la Casa Mudéjar no sugiere mayor significación histórica.

De esto último en Torreón tenemos un gran ejemplo pero como esa significación de contenido social e histórico no se asocia a una estética repostera no se ha querido tener en cuenta. Yo he tratado de resaltar el espécimen desde hace tiempo y desde hace tiempo tengo temor que un día desaparezca para que en su lugar brote un oxxo de amplio estacionamiento. No atrae la vista de transeúntes y organizaciones porque su estilo es de sobriedad, su presencia, austera; porque es de una sola planta, no posee mezcolanza repostera. Por lo demás, estilo muy respetable; lo sé admirar en el edificio Arocena, el Hotel Galicia y una ruinosa edificación de La Flor de Jimulco.

El ejemplo al que me refiero es, como dije, edificación de una planta. Está en Galeana y Ocampo. Su estilo es neoclásico, propio de la ominosa época porfiriana y hay que recordar que Torreón nació durante el porfiriato. De allí la significación histórica del edificio. Sus líneas y planos, entonces, son de claridad y mesura. Su belleza no es estridente. Sus estrechas puertas y ventanas exteriores fueron unidas por arcos escarzanos apenas adornados con cuadritos en relieve alternados con otros al plano. El ondulante ritmo de los arcos se sostiene con su precisión a lo largo de dieciocho puertas y ventanas por la Galeana; por la Ocampo, el ritmo de lo que fueron ocho constreñidas puertas y ventanas es interrumpido por un portón de arco de tres centros y luego continuado por otras tantas puertas y ventanas. Unas y otras dejan caer cortas bambalinas de los arcos. No tiene el edificio una ostentosa balaustrada sino una medida red de salientes ángulos de ladrillo.

Por su estilo que remite al nacimiento de Torreón, por la racionalidad de su género neoclásico, por su función social (ya que, parece, fue vecindad popular de cuartos redondos), esa construcción austera pero muy significativa merece ser rescatada como patrimonio histórico. La atención urbana no sólo debe ser atraída por la monumentalidad repostera. La severidad de líneas y planos tiene la belleza de la claridad del raciocinio.

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