Hojas y libros de otoño
Nuestro mundo

Hojas y libros de otoño

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Las hojas secas se volvieron símbolo del otoño. El cambio inexorable que resienten los árboles en otoño los obliga a despojarse de las hojas muertas, atiriciadas, agonizantes. La savia fluxible al empezar la nueva estación carece de fuerza para alzarse al sol, a las ramas, a las hojas y las hojas y algunas ramas perecen. Las hojas muertas dan lugar a pensamientos románticos y al enojo de las escobas.

El otoño con sus hojas muertas ha sucedido al verano ardiente. Si el otoño cumple despojando de hojas a los árboles, el verano de plenitud las mantuvo membrudas, aunque no radiantes en la región de pocas lluvias y mucho mucho polvo. De la tierra magnánima y del sol espléndido el árbol recibió vida para sus hojas y, con la nueva estación, la orden de deshacerse de sus cadáveres.

De ese modo allí están los suelos de otoño poblados de hojas muertas. Pero hay otras hojas que perecen no por el otoño, sino por el verano. Son las de los libros que fieles habitan donde el sol veraniego parece querer calcinar los techos y las paredes. La potencia solar se filtra como por cribas abiertas a la entrega incondicional y enciende la atmósfera doméstica si algún recurso refrescante no combate el invisible incendio.

Muchos veranos así se han sucedido en mi casa. Muchos soles calcinantes han trasminado su potencia y han creado atmósferas abrasadoras que en la planta alta de la casa resecaron, desecaron, deshidrataron, volvieron cadáveres las hojas de muchos de mis libros. Durante largo tiempo no fui afortunado poseedor de aparatos de aire lavado; la “refrigeración central” no llegué a conocerla ni en lecturas; tampoco pude comprar artefactos de piso para refrescar el aire ni minisplit para la cima de las paredes. Los veranos mataron las hojas de mis libros.

Podría decir que no es de lamentar mucho el deterioro (debo admitir que exageré) casi mortal pero no mortal de las hojas de mis libros. Aún con ese detrimento entregan su riqueza; aún puedo seguir sus letras y recibir de su munificencia conocimiento y placer. Las hojas de papel revolución o de peor calidad (aunque también de más calidad), se han cristalizado y se quiebran como tortilla tostada. Los volúmenes antiguos, los cosidos en pliegos, han sido heridos por el hilo.

Hojas y libros durante años rebasaron el verano y disfrutaron los días fríos y los de heladera en otoño e invierno. Sufrieron los de caliente primavera en el mayo florido y los ardientes del frutal verano. Y me acompañan ahora con sus gozos y sus saberes alineados en la hoja tostada y craquelada.

Los veranos sin minisplit ni aire lavado envejecieron a muchos libros, a muchos que leí, a muchos que releí y a muchos que no alcancé a veces ni a hojear porque los compré para alinearlos en los entrepaños de la espera. Cuando los veo ahora esperándome me entristece no haberlos disfrutado y no tener ya tiempo para recibir de ellos gozo y conocimiento.

También nuestro verano me ha dejado hojas y libros tostados y casi vírgenes porque los adquirí para enriquecer las publicaciones en que trabajaba. Su destino inicial era aportar uno o varios poemas, o cuentos, o fragmentos de novelas transcritos en páginas de periódicos o revistas que pasaron una temporada a mi cargo; o bien una o varias gráficas ilustrativas.

Algunos de ellos tuvieron el doble triste destino de esperarme y de haber sido ultrajados para pasar su riqueza mediante copiadoras como las de oficina o mediante maquinotas del taller de fotomecánica durante los procesos de edición. Quedaron deformados, deshojados, con el pegamento de su lomo primero tajado y después hecho lascas por el verano. Sus hojas acabaron como hojas de otoño. El tiempo convertido en verano transformó las hojas de mis libros en hojas de otoño. Este es otro motivo para alimentar la melancolía.

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