Joselo y su inventiva
Entrevista

Joselo y su inventiva

En los años setenta, Joselo, un niño que exploraba en Minatitlán sobre caminos llenos de vegetación, descubría el mundo entre juegos y escaladas a árboles frutales. Le llamaban a casa. Regresaba con una sonrisa escrita en su rostro. Muros viejos de ladrillos rojizos resguardaban su descanso en una colonia petrolera, cerca de la refinería donde laboraba su padre.

En 1976, ese niño tuvo que dejar su terruño. Papá había sido transferido del trabajo y la familia aparcó sus deseos de progreso en una acera de Naucalpan. Allí la timidez del pequeño se acentuó como una nota desafinada que sobresale en una escala musical.

José Alfredo Rangel Arroyo, nombre con el que fue recibido el 1 de septiembre de 1967, se encontró con un mundo extraño. Aquellos árboles habían cambiado su follaje por cemento y sus copas ostentaban luminarias, ya no podía treparlos. Sus compañeros de recreo habían mudado el rostro y parecieron desconocerlo. Quique, su hermano, se disponía más a la metamorfosis. Joselo se resistía. Desconcertado, se resguardó en su hogar. Su familia siempre fue armonía presbiteriana.

Allí prendió la televisión, hojeó cómics, conoció la ciencia ficción y redactó una amistad con ella. En los primeros párrafos, su nueva amiga lo indujo a lo insólito, lo invitó a salir de la realidad, a deambular por la imaginación mientras llegaba a él otra compañera vestida en atuendo de rock: la música.

Joselo anotaba todo lo que le interesaba de sus aventuras: personajes, referencias, historias, detalles. Era pintor de mundos con pinceles empapados de tinta, cuentista musical dispuesto a escribir canciones.

Hoy el veracruzano tiene 51 años, porta anteojos y ropa oscura. Está en el comedor de un hotel de Torreón, sonríe y rechaza con cortesía el servicio del mesero, ya que carga su propio té. La noche anterior presentó junto a Carlos Velázquez su reciente novela Los Desesperados, una historia sobre una banda de rock y abducciones extraterrestres; ciencia ficción pura. Horas más tarde tendrá una concierto con Café Tacvba, agrupación de la que sobra decir que es compositor y guitarrista.

El músico se cuestiona con ironía por qué las personas le preguntan tanto sobre su pasión por escribir. Dice que, al igual que la música, aquello fue tan natural como un acorde de sol mayor. Simplemente se dio así, a secas, porque tuvo “ganas”.

Foto: Jorge Ramírez-Posada/maximmexico.com

Nace como un sueño, como un ‘quiero crear algo como los libros que leo y que me hacen sentir tantas cosas’. No sé de dónde viene. A veces me gustaría no sentirlo, leer un libro y sentirme satisfecho con sólo la lectura, pero no. Termino el libro y digo: ‘Yo quiero escribir eso’. ¿De dónde viene? No sé. Yo creo que de estar vivo”.

Joselo tiene en Philip K. Dick a su autor preferido. El tacvbo ha explorado las páginas de El hombre del castillo, Ubik, ¿Sueñan los asteroides con ovejas eléctricas? y Tiempo desarticulado, aunque considera que algunas novelas del estadounidense son malas como literatura pero “buenísimas como idea”.

En 1974, Philip K. Dick, bajo los remanentes efectos anestésicos de una consulta dental, tuvo un suceso alucinógeno luego de que le impactara una luz reflejada en el pez dorado del collar de una chica. En Exégesis, su obra póstuma, se menciona que aquellas visiones le hicieron dudar de la realidad.

Las interrogantes sobre lo real también se han incrustado en las historias que Joselo compasea sobre papel. Allí se tensan como cuerdas de guitarra en un cuadrilátero donde libra su lucha con las palabras y en el que surge su inventiva.

¿Cómo emerge tu interés por analizar historias?

Para mí sí es importante hablar de que viví en Veracruz y luego me fui a Ciudad de México porque fue un shock muy fuerte. Mi papá trabajaba en Pemex. Era otro México, donde los niños podían salir a jugar. Era distinto. El caso es que, cuando a mi papá lo cambian de trabajo, dejé de salir a jugar aunque había muchos niños con los que podía hacer amigos en la calle. La forma en que reaccioné fue ver mucha televisión, empezar a leer muchísimo ciencia ficción, cómics; encerrarme. Fue cuando me di cuenta de que me interesaban mucho las historias.

Ahora, desde la distancia, lo veo así. Todo lo anotaba. Siempre tuve una libreta conmigo donde iba anotando, haciendo dibujos, esquemas. Anoto cualquier idea que me llega a la cabeza, nunca dejo pasar algo que se me ocurre. Más que pensar en que estoy analizando algo, es sólo poner atención a las cosas que me gustan. En un principio me entusiasmaron mucho los cómics. Luego me interesó la ciencia ficción. Todo lo iba anotando: los libros que leía, de qué se trataban. Hacía reseñas muy primitivas. Anotaba las ideas que me volaban la cabeza.

Cuando llegó el rock actué de la misma manera obsesiva. Si una banda mencionaba como influencia a otra banda, iba y escuchaba a esa otra agrupación. Así he ido por mi vida, ahora tengo 51 años y sigo exactamente igual. Me doy cuenta de que tu niñez y tu juventud marcan, de alguna manera, hacia dónde vas. He seguido ese camino, tanto del lado de la música como de los libros. 

De estas historias, ¿recuerdas los primeros personajes por los que te interesaste?

Creo que los superhéroes. Ahora tal vez se ve muy obvio, pero nunca me imaginé que el presente que estamos viviendo fuera posible, donde toda la gente estuviera pendiente de los superhéroes de Marvel y de DC. Eso era cosa de ñoños. Era algo que no le interesaba ni siquiera a todos los niños. Recuerdo que no a todos mis amigos les gustaban los cómics, era algo como de cierto tipo de personalidad.

A mí me encantaban, junto con mi hermano Quique, con el que he hecho muchas cosas en toda mi vida. Él es parte de Café Tacvba y dibuja increíble. Siempre quise también dibujar, pero me di cuenta que no era lo mío, aunque me gusta hacerlo. Siempre me interesaron los superhéroes: inventarlos, ponerlos a hacer situaciones, historias distintas o crear personajes. Nos gustaban los cómics franceses: Astérix y Obélix, Lucky Luke, Valerian. En México había dónde encontrarlos en español. Después llegaron las novelas gráficas y todo eso de Alan Moore y Frank Miller. Cuando viene el rock (la figura del rockstar también es una especie de personaje), me doy cuenta de que cada uno de los rockstars asume una personalidad: la crean, la construyen y casi son como superhéroes. De alguna manera escogemos nuestro traje; esa idea del individuo que sale y hace algo extraordinario. Creo que la figura del superhéroe estuvo en mi infancia todo el tiempo.

¿Cómo te encontraste con la ciencia ficción? ¿Qué la distingue de otros géneros?

Llegué a Ciudad de México en 1976 y en 1977 se estrenó Star Wars. Para todos los que vivimos eso fue muy fuerte. He platicado con gente de mi generación y cada uno ha reaccionado de manera distinta. Conozco directores de cine que cuando vieron Star Wars dijeron: “quiero hacer películas”. Otros se dedicaron a dibujar, inspirados por esa cinta. Yo lo que hice fue buscar todo lo que tuviera que ver con el espacio. Hubo muchos libros y ciencia ficción por todos lados. Ibas al supermercado y había una sección muy grande de libros y gran parte era de ciencia ficción. Mi padre leía mucho de ese género. A finales de los setenta y principios de los ochenta, se puso muy de moda lo paranormal, los ovnis. Había revistas que trataban estos temas. Era una literatura que me llamaba la atención. Tenía 10 años y para mí eran como todas estas ideas de fantasía, más cercanas a la ciencia, que me abrían la mente; la posibilidad de pensar de manera distinta, de que el mundo no es tal cual lo vemos. Creo que es con lo que más me quedo de la ciencia ficción: un abanico de posibilidades que te sirven para darte cuenta de que puedes cambiar las cosas.

Alguna vez leí que antes en China, la ciencia ficción no era bien vista, porque de alguna manera era como escaparse de la realidad y eso en un régimen socialista no estaba bien. Después, el gobierno chino empezó a preguntarse cómo es que había tanta gente en Silicon Valley que estaban generando software. Investigaron y resulta que muchos de estos desarrolladores leían ciencia ficción. Entonces, de repente China dijo: “Ah, pues hay que empezar a sacar ciencia ficción, que los jóvenes lean para ver si aparecen estas personas que les interese hacer algo nuevo”. Lo que me dice esta pequeña historia es que la ciencia ficción te abre la mente y te hace pensar en que puede haber un modo distinto de hacer las cosas.

Joselo Rangel en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara 2019. Foto: siete24.mx/udg.mx

Philip K. Dick escribió que: “El mundo es una prisión de la que hay que escapar”. ¿Por qué tomarlo de estandarte?

Lo que más me identifica con Philip K. Dick es saber que esta realidad no es la única que existe. Ese juego de realidades es lo que más me llama la atención. No creo que todos seamos lo mismo. ¿Cómo saber que el color rojo que tú ves es igual que el color rojo que yo veo? O esta conversación o el estar en esta mesa. No sabemos si estamos viviendo exactamente lo mismo. Para mí es importante tenerlo claro. Es como empezar a pensar en el otro y decir: “Yo estoy viviendo algo, pero a lo mejor lo que está viviendo el otro no lo percibe igual”. Y eso no es ciencia ficción, es la vida misma. Esto es dudar de todo.

En las historias de Philip K. Dick siempre estaban todos viviendo en una realidad y de repente se daban cuenta que eran parte de un experimento. Es más fácil explicarlo con la película The Truman Show (1999), que no está basada en una historia de Philip K. Dick, pero tiene todas sus características. Está el personaje de Truman que vive en un mundo perfecto y todos menos él saben que es un programa de televisión. Darte cuenta de que el mundo te percibe de una distinta manera a la que tú te percibes. Eso se me hace como una historia de terror. Me gusta esa idea de dudar de todas las cosas que están pasando. A lo mejor es muy paranoico y angustiante, pero a veces estaría bien pensar así y ahora más con todas estas fake news y la manipulación de datos que hay en Internet. Hay que pensarlo dos veces y decir: “¿Por qué estoy haciendo esto que veo muy normal? A lo mejor no es tan normal como yo pensaría”.

Si tuvieras que hacer un análisis de tu carrera artística ¿Cuál sería el resultado?

Me falta mucho como creador. No es modestia ni nada. Me he ido desarrollando. Muchas de las canciones de Café Tacvba son mías, tanto música como letra. Tendría que ser alguien y no yo quien empezara a revisar mis canciones, cuáles son mis temas, qué es lo que se repite en mi obra. Pero siendo de una banda, a lo mejor es difícil para la gente percibirme como un individuo. Es de lo que me doy cuenta, de que es tan fuerte lo que significa Café Tacvba que nos ven como un ser de cuatro cabezas y tal vez es difícil separarnos uno a uno. A veces hay gente que nos ve como una sola cosa. Hay canciones mías que definen muy bien lo que soy como creador y hasta mi personalidad. Ahora con los libros… pues los libros sí son míos; mis compañeros no están involucrados y es algo por lo que respondo tal cual.

En realidad, tengo dos libros de ficción: el libro de cuentos de One hit wonder y esta novela de Los Desesperados. Todavía me falta. Tengo muchas ideas y quiero escribir muchos libros. Seguramente en algún momento se podrá percibir más esto que soy, lo que realmente ni siquiera yo sé. Es lo que me gusta de la ficción, que empiezas a escribir sobre algo y dices: “¡Ah, claro! Quiero escribir sobre esta banda ficticia que se llama Los Desesperados, voy a contar su historia y tal”. Pero luego la gente la lee o yo mismo la leo y digo: “No, estoy hablando de algo muy distinto a lo que quería plasmar aquí”. Tal vez son mis miedos, mis obsesiones, ciertas cosas que no he resuelto; es el subconsciente hablando. En la ficción hay un papel muy fuerte que juega el subconsciente, que ni siquiera sabes qué es lo que estás diciendo y, cuando tomas distancia, te das cuenta.

Café Tacvba. Foto: culto.latercera.com

¿Hay similitud entre la música y la escritura?

Creo que hay un ritmo tanto en las palabras cantadas como en las escritas. Yo no leía mucho en voz alta hasta que empecé a leerle a mis hijas y me di cuenta de la maravilla que es hacerlo. Había leído a algunos escritores que decían que la forma de probar que un texto está bien es leerlo en voz alta. En verdad te das cuenta de si un texto fluye y de cómo tiene ritmo, silencios, pausas. Para eso sirve la puntuación: te da ese ritmo, esa cadencia, ese groove. Las páginas que quedan en blanco te ayudan a respirar. La ficción que empecé a escribir fueron los cuentos porque en mi mente se parecen mucho a las canciones. Me encantan las canciones de tres minutos que tienen un inicio, coro, estructura y desarrollo. Hay cuentos que son así, y creo que por eso fue mi acercamiento al género de manera natural. En Los Desesperados, los capítulos pueden ser leídos como cuentos. No está muy desligada mi creación hacia la música como hacia la escritura.

Y por eso pasaste a la música, porque querías componer canciones.

Exactamente. Aprendí a tocar la guitarra porque lo que quería era hacer canciones. Nunca fue mi idea (y creo que se nota por cómo toco) ser un virtuoso de la guitarra, hacer grandes solos o tocar muy rápido. Lo que me gusta es crear canciones, letra y música, con unos cuantos acordes, y que esas canciones tan simples puedan conectar con la gente. Luego las llevo al grupo y a veces mis compañeros suman partes musicales. Es increíble poder estar en un grupo en el que todos colaboran y el resultado siempre es más grande que las partes individuales.

¿La literatura puede mitigar la violencia?

Tanizaki tiene un cuento donde habla antes de la unificación de Japón. Es impresionante, lees eso y parece que habla del narco en México, de las alianzas que existen entre ciertos grupos, emperadores o dirigentes... las traiciones. Eso sucedió hace siglos, pero si lees la historia de la humanidad siempre está llena de violencia. Parece ser que así somos como seres humanos. Veo por todos lados que somos muy violentos. Veo las series de televisión y todas son violencia. Es como el ser humano se comporta. Todo el tiempo está en guerra o todo el tiempo se está peleando. He conocido gente que dice que está en contra de la guerra y quiere la paz, pero están peleados con sus hermanos o no le hablan a sus papás. Es rarísima esta idea que tenemos de la violencia o no violencia, de la paz o no paz. Por ese lado creo que así somos. Tal vez no sea necesario cambiar nada respecto a esto. Tal vez debamos aceptarnos como somos, lidiar con eso y ver qué podemos hacer para convivir. Trato de convivir con la gente que tengo cercana y vivir bien, sin violencia. Hay gente que parece que no puede, que siempre está violentando alrededor. No sé si la literatura pueda solucionar este tipo de problemas. A lo mejor leer nos ayude a darnos cuenta de lo que somos y tal vez pueda hacer consciencia de cosas que sí queremos cambiar, pero nadie lee. A mí la literatura me ha servido para conocerme a mí mismo, ser más empático con los demás, poderme poner en los zapatos del otro y vivir cosas que de otra manera no hubiera vivido.

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