Riccardo Massari y la argonaútica sonora
Entrevista

Riccardo Massari y la argonaútica sonora

El arte busca algo que no está ahí.
Pascal Quignard


El cielo viste a su epitafio septembrino de gris. El llanto de los dioses purépechas se precipita sobre el suelo de Morelia. En esta tierra, cuentan los pobladores, a María Kachacha (una niña tarasca), se le apareció un pájaro hace siglos. El ave, a través de su canto, le indicó el nacimiento del agua. Para las culturas antiguas el elemento acuoso es un ser capaz de unir al firmamento y a la tierra, al mundo de los divinidades y el de los humanos.

Durante el periodo micénico, narra el escritor francés Pascal Quignard, se hablaba en los pueblos de Grecia sobre una isla cabalística, en cuyas acantiladas orillas los marineros naufragaban atraídos por el cantar de los pájaros. Agua y cielo ya dialogaban hace milenios. El mar se volvía un cementerio, pero los cánticos verdugos no provenían de aves, sino de mujeres hermosas con alas y plumas (más adelante la mitología les dotaría de una cola de pez). Les llamaban sirenas.

Fue precisamente a estos seres, los que tuvieron que enfrentar los tripulantes del barco Argos. Los héroes griegos eran conocidos como los argonautas, a la cabeza iba Jasón (mítico héroe griego). El músico Orfeo se vio obligado a tocar su lira para enmudecer el canto de las sirenas y salvaguardar a sus compañeros de un fatal destino. Sólo un argonauta, de nombre Butes, cedió y se arrojó al agua a los brazos del son mortuorio.

El canto es sonido y el sonido son vibraciones, movimientos en el aire. “Las olas son hijas pródigas del viento”, escribió alguna vez el navegante Mauricio Obregón. Son fruto del 'coito' entre la energía de la atmósfera y el empuje del mar. El sonido también viaja en el agua, pero allí su propagación es distinta. Butes rechazó la música de Orfeo para inventar la propia.

Butes es también el nombre de la pieza con la que el compositor italiano Riccardo Massari Spiritini llegó a tierras michoacanas. Viajó desde el Mediterráneo, como los argonautas lo hicieron después de obtener el vellocino de oro, más allá del occidente, donde se presumía que existía la Atlántida.

Massari se plantó en la decimocuarta edición del Festival Visiones Sonoras, organizado por el Centro Mexicano para la Música y las Artes Sonoras (CMMAS), un evento de exploradores que se adentran en lo desconocido de la música, del ruido, del sonido. La mayoría no se conforman con la perspectiva órfica del arte, aquella que ya se sabe y se rige por reglas; sino que se aventuran. Así se descubrieron los mundos.

Es en el auditorio CSAM del Campus de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en Morelia, donde Massari aparece poco después de las ocho de las noche del 29 de septiembre. Frente a él se encuentra el tarcordium, un instrumento musical electroacústico fabricado con sus propias manos, tal como el ingeniero Argus construyó su bajel hace siglos. El autor toma un par de arcos de viola, con ellos acaricia las cuerdas de su aparato sónico. Zarpa, y así comienza la navegación.



Foto: Cortesía de CMMAS

El instrumento es su Argos, sus arcos son sus remos. El sonido que de ellos emana es el canto del mar. Massari es aquel Butes que se zambulle en las aguas de lo inexplorado. A cada vibración de las cuerdas se adentra hacia el fondo de su océano. Se entrega, bucea, va sin inmutarse. No teme como Orfeo, aunque Poseidón jamás perdone errores en sus dominios.

Tras 15 minutos, Massari emerge de su mar sonoro. Su cuerpo es rescatado por los dioses purépechas, al igual que Butes lo fue por Afrodita. Lo colocan en el Cerro del Quinceo, como el hijo de Teleonte descansó en el Cabo Lilibeo. Parece que yace en silencio (uirucumani le nombraban a la muerte los tarascos), pero su espíritu artístico está incólume. Las luces del teatro se encienden: ha regresado de lo desconocido.


¿Cuál es el origen de su nexo con el personaje mitológico de Butes?

El primer contacto fue conocer la obra de Pascal Quignard e impactarme con su libro Butes, en el cual te interpreta este mito a lo largo de la historia y lo relaciona con la música. Su argumento, como músico, me interesa muchísimo. Conocía la historia de los argonautas y la de Ulises, pero la anécdota de Butes, que se lanza al agua, no la conocía. Esto fue a principios de 2018.


Musicalmente, ¿de qué manera percibe esta historia?

Tengo que mencionar algo de esta pieza que se titula Butes. Digamos que a principios de año, un compositor italiano llamado Marco Lucci propuso en Internet un archivo de audio que se llamaba Tides, es decir Mareas. Y era un archivo que tenía la misma duración de mi pieza, muy minimalista, solamente con unos crescendos en algunos acordes. A partir de ahí, él propuso que quien quisiera podría hacer una variación de su obra. Para ese tiempo yo estaba leyendo el Butes de Quignard, que está basado en esta cosa marina, que se tira al mar. El tema de Marco con el libro de Butes creó una explosión en mi cabeza e improvisadamente me puse a tocar mi instrumento sobre su pieza, para hacer mis variaciones. No pude evitar pensar que yo era como Butes, que me lanzaba al mar, a las olas que él había representado en Tides.

Entonces, la relación que hay entre mi pieza y el libro, es una relación bastante libre, pero metafórica también. Es sencillamente una cosa muy esencial. La base sobre la cual toco, es una representación de este mar desconocido, al cual Butes se lanza para escuchar el canto de las sirenas. Y lo que hago con mi instrumento, el tarcordium, es una acción ambigua, que parece sonar un poco como la cítara de Orfeo, pero luego se transforma en la acción de nadar de Butes que intenta llegar a la orilla de la isla de las sirenas. Por lo cual, la visión del intérprete (que soy yo) es una personificación de Butes. Pero bueno, a veces somos un poco intelectuales en explicar una pieza y eso tampoco me gusta. La pieza tiene que hablar por sí sola, por el sonido en sí y la vibración.



Foto: Cortesía de CMMAS

¿Cómo relacionaría este mito con la vida contemporánea del ser humano? Hablando del conformista contra el aventurero.

Podemos interpretar el mito de varios modos, pero la primera cosa que me sale a la cabeza es esta: Orfeo con su cítara, la cítara en sí, representa la tecnología; mientras que el mar, el canto de las sirenas, representan lo desconocido que el conformismo intenta alejar, anular […] porque es más fácil quedarte seguro con tu conocimiento afirmado, tradicional o indiscutible. En cambio, las sirenas son como el canto de la discusión, de las dudas, del error. El error es fundamental. El error es lo que te puede abrir puertas que tú no habías abierto y que te llevarán a soluciones diferentes. Muchos científicos han llegado a sus descubrimientos gracias al error. Una fórmula da un resultado inesperado que puede llegar a ser un elemento fundamental para la humanidad. ¿Qué significaría para las personas conformistas? No lo sé, podría ser un estímulo. Intentar mirar las cosas desde otra perspectiva.


¿Y con su aventura hacia lo desconocido?

Lo desconocido en la pieza se materializa en la fragilidad. Es decir, en la idea de que yo he escrito y trabajado música electroacústica del tipo que tienes una cinta, un cronómetro; el ejecutante tiene pauta de cronómetro en la partitura y se repiten exactamente siempre las mismas cosas. Entonces, la pieza se vuelve igual que una pieza de música clásica de hace 200 años, como una pieza de Mozart, que tal vez puedas interpretar a tu manera, pero la pieza está bien codificada. Con Butes he tratado de alejarme de esta manera de trabajar, con su discurso de arrojar los remos y lanzarte al agua. Es el coraje de jugar con la estructura de la cinta que tiene el sonido fijo, de relacionarse con ello de modo fluido, no de modo pautado, y tener alternativas de ejecución. Como yo vengo también de la improvisación, (como ejecutante soy más improvisador en el piano que en otros instrumentos), pues claro, hay opciones. No siempre se quiere tocar tradicional. En Butes puedes utilizar en un momento el arco u otra articulación, pero no sigues una partitura. Eso es una fragilidad, porque hay un riesgo muy alto al no tener que repetir algo que estás seguro que es bueno, que has decidido que sea así porque crees que funcionará. Es más aleatorio. Esto es un poco como relacionarse con las sirenas, con lo desconocido, porque hasta que has acabado no sabes exactamente lo que has hecho, con todo los riesgos que supone.


¿Estos riesgos le provoca algún tipo de miedo, como a Orfeo en el mito de los Argonautas?

Sí, crean un suspenso, una fragilidad e inseguridad que te relacionan con la vida de otro modo, porque tiene una parte de entrenamiento a lo inesperado. Siempre pensamos que todo va de una forma, pero no es así, siempre hay algo inesperado. En la improvisación esto está más vivo que en la música escrita; no sabes lo que tocará otra persona y te tienes que relacionar con él. Si un intérprete está tocando la flauta o haciendo unas cosas que ha cambiado, pues intentaré relacionarme con él, no depende sólo de mí.



Foto: Cortesía de CMMAS

Butes se aventura más allá de lo establecido. En su conferencia habló sobre que la música es un fenómeno del paisaje sonoro y no lo contrario, como tradicionalmente se piensa.

Eso fue algo que dije de improvisto. Es parte de esto. Como soy improvisador también mi cabeza va trabajando en tiempo real. No tenía planificado decir eso en la conferencia. Lo que me empujó a decirlo fue el contexto de estar en medio de gente que crea música, un público específico. Mi afirmación es provocativa, evidentemente, pero creo en ella por el siguiente motivo: afirmar esto significa empezar a desmontar el antropocentrismo que todavía sobrevive en todas nuestras acciones. Pensar que la música que contenemos dentro de discos compactos, una sala de concierto u otro soporte, el hecho de contener sonidos, es extraño al fenómeno natural que en forma continua los crea. Pensamos que nos apropiamos de las cosas, igual cuando las fotografiamos. Pero si tú lo ves desde un punto de vista como Butes, en el que te lanzas a la naturaleza y te transformas en algo que es parte de ella, una entidad superior, verás que los humanos con sus actos son bastante ridículos. Se unen en un espacio cerrado y una de las cosas más clásicas que explica Murray Schafer es que representamos un espacio acústico en una sala de concierto. Porque no es real, es fruto de nuestra tecnología. Nos apropiamos de la naturaleza, la colocamos aquí dentro, pero este acto es parte de un acto natural mucho más grande, que es el sonido en la ciudad. Mientras tú estás aquí haciendo un concierto, la ciudad hace su ruido. Eres parte de un paisaje sonoro. Aún piensas que estás aislado, más si tú tocas en un bar, con la gente que habla. La música es una parte del fenómeno sonoro. No es que el sonido del bar haga parte de la música. O sea, yo creo hay una contradicción al pensar tan antropomórficamente.


Sócrates alguna vez dijo: “Sólo sé que no sé nada”. ¿Considera que la música sigue esta máxima al ser un fenómeno inestable que, símil a Butes, a través de los siglos se ha sumergido en lo inexplorado?

Absolutamente. Creo que el error más grande es pensar que los géneros musicales se desarrollan sin tomar en cuenta que lo que da vitalidad a esta transformación es la idea de lo híbrido. Creo en la idea de hibridar entre géneros y entre disciplinas. No creo en el hecho que tú, desde la música jazz, generarás un jazz más nuevo si no híbridas este acto con otras realidades acústicas y sociales, un tipo de baile o un tipo de contexto. Así como tampoco creo que la música acusmática se desarrolle por sí sola. Tenemos que mirar, igual que Butes, afuera de ella. A veces una pieza de pop o de música ambient, de alguien que no ha estudiado acusmática, puede influenciarme de manera muy interesante para hacer algo diferente. Puede llevarme más lejos. En cambio hay un esnobismo, siempre se consideran las artes altas y bajas, hasta llegar el arte más vulgar. Es verdad que hay niveles, pero no debemos olvidarnos de mirar a través de todos ellos continuamente, porque siempre hay una realidad interesante en alguien que posee otra experiencia.



Foto: Cortesía de CMMAS

¿La construcción del tarcordium es parte de esta búsqueda de la argonáutica sonora?

Sí. El tarcordium nació como una necesidad muy sencilla. Me gustan mucho las cuerdas, los sonidos electroacústicos, a veces más que los electrónicos puros. He trabajado también con sintetizadores, con música sintética, digamos, creada artificialmente. Pero los sonidos acústicos y microfónicos me han interesado porque tienen una imprecisión, una inconstancia, que en el sonido electrónico puro no tienes. Una señal analógica responde siempre igual, plano. Una cuerda frotada depende de la posición del arco y muchos parámetros más que no posee el sintetizador. Pero no quería usar un sampleador para tocar unas notas de cuerdas. Quise construir algo sencillo donde no tenga que llamar a un violnista o contrabajista. Fue el principio. A partir de ahí desarrollé mi instrumento empíricamente, con un sólo micrófono y tres cuerdas, una cosa muy barata y primitiva. Pero, al final, lo interesante es encontrarse en un proceso que desde un objeto sonoro más experimentalista, se va otra vez a un instrumento, en verdad un instrumento ejecutado con técnica instrumental. Eso fue lo más sorprendente. Yo que pensaba ser radical, en hacer algo más tipo John Cage y hacer ruido, al final vi que me interesaba hacer música realmente. Se afinó el instrumento y al final se ha transformado en un híbrido entre un intrumento experimental y un instrumento tradicional. No considero que sea algo genial, pero es una herramienta muy útil.


Hippolyte Taine decía que la obra de arte está sumamente ligada al entorno y espíritu del artista. ¿Cuál considera que es el estado de su espíritu durante la ejecución de Butes?

Ensayé la pieza en el CMMAS con unas condiciones muy afortunadas, ya que cuentan con un sistema de amplificación espectacular, por el cual me parecía tornar yo mismo dentro de Butes. Creo firmemente en la parte espiritual de la música. Con lo cual, en esta pieza en concreto, abandono el mundo instrumental aprendido en las academias de música contemporánea, para, como Butes, lanzarme en un mundo sensible, procurando olvidar lo aprendido e intentando que dicha música me eleve. Es muy fácil hacer música cínica, fría, conceptual, muy intelectual como diría Dane Rudhyar, quien escribió un libro llamado The Magic of Tone. Yo creo que el objetivo de la música es llegar a un tono que, de manera pobre podrías pensar el Om de los budistas o a este tipo de experiencias, esta hipnosis que te lleva en algún sitio; pero puede ser desarrollado a tal punto, con nuestras técnicas de armónicos, modulaciones y espacialización, que puede elevarte. Con este tipo de piezas creo que me estoy acercando a un estatus espiritual más profundo que no tiene nada que ver con lo que había hecho hasta ahora. A veces mis obras tienen contenido de crítica política o de crítica musical, sobretodo por lo que hacen otras personas con la música. Es hacer como una broma sobre esto. He hecho muchas cosas diferentes en mi vida, pero Butes es una pieza que va para acá; gente que tiene y no tiene estudios musicales me viene sorprendida. Y realmente es una música muy sencilla, no es que su estructura sea complicada.


Twitter: @BeatsoulRdz

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